Vuelta Abajo. Pinar del Río, Cuba
La deslumbrante tierra del Habano
Para la elaboración de los Habanos, se utilizan esencialmente, hojas procedentes de esta región –donde crece el mejor tabaco negro del mundo y la única que produce todos sus tipos de hojas para la tripa, el capote y la capa, gracias a un suelo de propiedades excepcionales para este cultivo, un clima especial y la arraigada tradición tabacalera de sus pobladores, transmitida de generación en generación.
Si ha sido una verdad incontestable a lo largo de siglos que en ningún otro sitio del planeta se cosecha un tabaco negro que supere al de Cuba, pues lo es también, que sólo en zonas muy específicas y vegas muy escogidas de Vuelta Abajo, se logra cosechar las hojas más selectas que se requieren para elaborar los mejores Habanos. Y esto es concretamente en los alrededores de San Luis y San Juan y Martínez, pequeños pueblos del suroeste de Pinar del Río, la provincia más occidental de la Isla, famosa por su naturaleza hermosa e histórica vinculación con el tabaco. Como hay dos formas diferentes de cultivarlo, según el destino final de las hojas en la confección del Habano, en el paisaje se alternan las vegas de tabaco al sol, de un intenso color verde, y otras que crecen medio a escondidas, cubiertas por una fina tela blanca para proteger la plantación de las inclemencias del tiempo y la radiación solar directa, lo que permite un mayor crecimiento y menor grosor de las hojas. Los campos al aire libre abarcan las mayores superficies y proveen las cuatro diferentes hojas que pueden llegar a componer la tripa de un Habano –volado, seco, ligero y mediotiempo. De ellos se obtiene, además, el capote, usado para envolver a ese conjunto preliminar –cuerpo básico de la ligada–, que caso por caso responde a una antigua formulación que distingue y diferencia a cada marca de Habanos y sus vitolas. De las vegas tapadas se extrae la capa, hojas muy delicadas, finas y de suave textura, utilizadas en el torcido manual para la terminación y elegante apariencia final de estos centenarios reyes del buen gusto y el glamour, que son obra de la paciente dedicación y la experiencia de los tabaqueros cubanos desde el campo hasta la industria. San Luis Algunas de las vegas de primera de Vuelta Abajo, se encuentran precisamente en las cercanías de este apacible poblado. Sus moradores han vivido del tabaco a lo largo de siglos, y esa tradición los define aún hoy, como parte esencial del epicentro tabacalero de Cuba. Un sitio muy especial allí es Cuchillas de Barbacoa, donde vivió y trabajó el mítico veguero Alejandro Robaina, Premio Habano y hombre de una sencillez extraordinaria, campesino de sangre y veguero de raza pura, cuya fuerza y espíritu parecen unirse cada vez más al mito de la resurrección y a quien se le continúa respetando como sólo logra merecer, gente de su categoría y talla. Todo San Luis transmite una sensación profunda de vigor natural, de tradición invulnerable a la modernidad; tiene la apariencia de un paraíso dormido, como una pintura sellada por numerosos toques de verde y donde el tabaco, como poderoso monarca, reina a sus anchas. Por eso, aunque puedan adorarse a Cristos ascendentes y vírgenes muy castas, para estos hombres o mujeres dedicados a las faenas de la vega, no habrá más que campo y trabajo de sol a sol durante los 90 días que se prolonga la campaña; ni nada en el corazón o la mente que rompa la constante secuencia de atenciones que requiere cada planta en el campo, desde que se siembra la primera postura, hasta que se recolecta la última de sus hojas. A la altura de un paraje llamado La Esperanza encontramos a Luis Barceló Briche, quien ha fomentado una excelente vega de tabaco tapado con 42 mil plantas. «Esto aquí es de campana a campana a partir de que entramos en la finca, pase lo que pase», dice. Fue presidente de la cooperativa Eusebio González durante 10 años, pero desde 1996 se reactivó como productor de tabaco, lo que confiesa que es «su vida y el período más feliz de su biografía». Ahora es líder de un pequeño grupo de trabajadores y funge como su maestro. Se mueve activo entre las plantas surco arriba y conversa sin detenerse, desgranando recuerdos de la infancia y secretos: algunas «mañas» de un cultivo, que además de tradición, es una forma de cultura. «Metido en esto una vez más, siento que la vida ha vuelto a ser muy semejante a cuando era niño –hace ya mucho–, cuando venía al campo con mi padre, quien como yo, era veguero», concluye mientras avanza y se pierde en un mar de hojas verdes. Como la naturaleza es la madre de todo lo bueno en San Luis, pero puede jugar malas pasadas, o ser vulnerable a ciertos «espíritus malignos»: plagas, neblinas, lluvias, una vega hermosa en El Corojo exhibe a la entrada una cinta roja reciamente atada a uno de los troncos que sostienen la tela del tapado. Al frente tiene a Adelaida García García, madre de dos hijos, esposa, veguera, hija de Orestes Tarancón, destacado veguero de la zona y mucho tiempo Jefe de Sanidad Vegetal en el municipio –toda una autoridad en el tema, con gran experiencia en materia del manejo de las plantaciones. «Para mí está claro que aquí no valen supersticiones ni espíritus, sino el esfuerzo y el trabajo, hacer lo que corresponde en cada momento, sin detenerse, desde el primer día hasta el último», dice sonriente, guataca al hombro, a propósito de que hemos estado mirando con curiosidad el aludido «resguardo». Se acerca el mediodía. El sol ya brilla intensamente en la superficie de todas las cosas y otra comarca muy tabacalera, también nos espera. San Juan y Martínez Camino a San Juan las vegas lucen deslumbrantes desde la carretera hasta el fondo del horizonte. Allí donde no existen, la naturaleza germina en medio de una paz que solo rompe el zumbido de los insectos, el trote de un caballo, la algarabía de unos niños que juegan y sonríen al borde del camino. Si todo esto fue obra de unos comerciantes lúcidos que a falta de especias encontraron tabaco y salieron a venderlo por el mundo, los siglos han pasado sin que, por fortuna, haya cambiado esta atmósfera de libertad, de vida sencilla y alejada de las preocupaciones y urgencias del mundo moderno. Pero, ¿puede ser de otra forma cuando como antes, la cuna del Habano sigue siendo esta región de excepcional naturaleza; y sus asistentes, el amor por la tierra y el sentido de la perseverancia y de la voluntad del veguero, lección aprendida y transmitida como actitud de generación en generación, a través de todos los tiempos? El valle hermoso situado a la derecha de la entrada a San Juan y Martínez aparece cubierto por más de cien mil plantas de tabaco. Ésta es la famosa vega Hoyo de Monterrey –muy fotografiada, un ícono visual de Vuelta Abajo y referente de la historia centenaria del Habano y sus marcas–, que desde hace varios años está a cargo de Félix Osorio, joven y destacado veguero local, de apenas 28 años. «Lo que aprendí con mi abuelo siempre me ha servido en el tabaco y gustosamente acepto sus reglas de constancia y esfuerzo, como una religión», nos dice. Estos noveles cosecheros llevan replicado el ADN de sus ancestros y es una suerte que se les pueda hallar en los campos de San Juan y Martínez, hasta embestidos con el más honorable título del gremio tabacalero cubano, el galardón Premio Habano. Héctor Luis Prieto, es un caso. Vive en Obeso al borde de un río en un sitio bellísimo llamado Quemado de Rubí y obtuvo el alto reconocimiento en 2008. De sus 39 años, ha pasado 15 completamente inmerso en este mundo y además de la vega, atiende el proyecto cultural Encantos de mi conuco, espacio de fomento de las tradiciones campesinas locales, cultura y medioambiente alrededor del tabaco, «algo que hay que proteger, pues no hay dudas de que es un privilegio concedido por la naturaleza a los vueltabajeros». Leyendas vivas como los también Premios Habano, Gerardo Medina o Antonio María Paz Valladares –vegueros grandes de Monterrey y Las Maravillas, respectivamente–; y el conocido rey de La Ceniza, Francisco Milián Díaz –alias Pancho Cuba–, aportan una idea común: «más precioso se hace el tabaco, mientras más se conviva con él y más atenciones se le prodiguen»; lo que resume Antonio María en una frase muy campesina y sencilla: «ser pitirrero», que significa ser constante. Otra cosa no encaja en este paisaje. Nos detenemos en El Palmarito. Yosvany Concepción Alonso, de 37 años, vocea a un buey azabache que tira de un arado y como telón de fondo, la imagen deslumbrante de un mundo decidido a perpetuarse. Es otro ángulo de Vuelta Abajo y otro de sus vegueros jóvenes… Enhorabuena