Una sugerencia imprescindible para el caminante es conocer las maravillosas fortalezas que conformaron el sistema defensivo de la ciudad en la época colonial.

Hasta quince fortificaciones coloniales, incluidas seis grandes fortalezas, protegieron a la ciudad en cinco siglos. Estas sólidas edificaciones militares, virtualmente tan antiguas como la original Villa de San Cristóbal de La Habana, se han conservado casi intactas al paso del tiempo, salvo con algunos rasguños del ataque inglés de 1762. Hoy las principales son asaltadas por turistas y por la población habanera, y cuesta trabajo reconocer que estas formidables defensas, actualmente dedicadas a pacíficas exposiciones, ferias y museos, fueran el temible valladar que hizo desistir a no pocos piratas y merodeadores de sitiar la capital de Cuba.

Salvo en el asalto británico, que fue el hecho bélico más relevante de ese medio milenio, y antes el ataque y saqueo del filibustero francés Jacques de Sores en 1555, cualquier otro intento se diluyó en agua de borrajas. No obstante, La Habana mantuvo un atento vigía permanente en el emblemático Castillo de los Tres Reyes del Morro para advertir la presencia de velas sospechosas en el horizonte. Y esta angustia prolongada fue convirtiéndose preventivamente en posiciones artilladas y fortalezas que no pelearon jamás.

De sus tiempos primitivos la ciudad no ha logrado hallar los restos de una primera construcción defensiva, pero conserva como el primer día al Castillo de La Fuerza, una construcción renacentista de 1577, ubicada dentro del área del caserío original, hoy en plena Habana Vieja. En lo alto de su torre se exhibe una réplica de la estatuilla y veleta de La Giraldilla, creada hacia 1630 para rememorar, según la leyenda, las nostalgias de Isabel de Bobadilla por la espera del regreso de su marido, el conquistador Hernando de Soto, quien no volvió nunca jamás de la Florida, a donde había partido para hallar la mítica fuente de la juventud. El original, que señaló por siglos los vientos predominantes para la salida de los galeones de las Flotas del Nuevo Mundo hacia España, se atesora en el vecino Museo de la Ciudad, convertido en símbolo de La Habana.

Casi tan antigua como el Morro fortificado se mantiene La Punta, fuertemente artillada del lado oeste del canal de entrada a la bahía y que resultó dañada en los embates del asedio de la flota inglesa. Hoy es museo donde pueden verse los hallazgos subacuáticos de viejos naufragios en los mares cercanos, entre otros del crucero español hundido en 1897 y cuyo casco permanece a pocos metros, debajo de la boya de enfilación de la rada habanera.

Como cosa curiosa, también inmediato al castillo de La Punta, se encuentra uno de los enganches -tres cañones bocabajo juntos- de la gran cadena de madera, de eslabones flotantes, que cerró el acceso al puerto de los veleros enemigos, siglos atrás. En la ribera opuesta se yergue el lomón de La Cabaña, del que -cuando no existía allí fortificación defensiva alguna- se había advertido podría ser tomado y servir de emplazamiento a la artillería enemiga para bombardear la población. Y así sucedió con la toma de los ingleses en 1762. Luego de aquella derrota, el gobierno español emprendió y terminó la construcción de la fortaleza de San Carlos de La Cabaña (honrándola con el nombre del rey Carlos III). Llegó a ser uno de los mayores enclaves artilleros en el orbe, pero no disparó un solo tiro, salvo las salvas nocturnas que servían de aviso para cerrar las puertas de la vieja muralla de La Habana.

Hoy ese cañonazo es una curiosa ceremonia en la que participan soldados de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, ataviados con los uniformes de tiempos del aludido monarca y con cañones de una antigua batería, emplazada sobre la muralla frontal de La Cabaña. Ahora los disparos advierten la llegada de las nueve de la noche en una operación que atrae a visitantes y moradores de la ciudad. El vasto espacio de esta ciudad militar, con sus plazas, pabellones y baluartes dedicados a ferias y eventos, y a varios museos militares, también recibe a turistas de todas latitudes.

Más de cien años antes de La Cabaña, a principios del siglo XVII, se fomentaron al este y oeste de la vieja villa los llamados torreones, en realidad reductos de La Chorrera, San Lázaro, Cojímar y Bacuranao, con cañones que, a pesar de su combatividad no pudieron impedir en esos lugares el desembarco inglés sobre La Habana. Es decir que el ataque de la pérfida Albión únicamente pudo completarse en varias semanas, cuando buena parte de los hidalgos defensores del Morro de La Habana murieron a heridas de combate y fue minada su muralla sobre la costa, lo que facilitó la entrada de la infantería británica. Por esa banda existen hoy varias placas conmemorativas que recuerdan el pertinaz asalto inglés y la heroica resistencia hispana.

La ciudad de La Habana mantiene actualmente, también en proceso restaurativo, los viejos castillos de Atarés, al sur; y El Príncipe, dentro de la ciudad, y las baterías costeras de La Habana del Este, de finales del siglo XIX. El conjunto representa un formidable despliegue militar que no cuenta con otras viejas defensas, ya aniquiladas, en su entorno, todo lo cual hizo desistir de su embestida a casi cualquier atacante... sin disparar un tiro.