El Museo Napoleónico atesora una de las colecciones más importantes de objetos personales del gran político y estratega militar, así como mobiliario, obras de arte y libros, relacionados con esta figura.

Se dice que el propietario era un napolitano de curso político sinuoso en tiempos de su correligionario, el dictador Gerardo Machado, de la década de 1930. De este personaje se cuenta que no pudo disfrutar del palacio a pesar de haberlo soñado y construido con materiales costosos sustraídos de las obras del lujoso Capitolio. Pero la referida historia tampoco explica esta huella napoleónica en La Habana.

Las preguntas sobre tal enigma provocan interrogantes inmediatas de los turistas de afuera que lo recorren admirados y hasta de los cubanos conocedores del cuantioso valor de los objetos que el museo atesora. El Napoleónico conserva y muestra armas de la época, equipo militar, mobiliario, bronces trabajados artísticamente, porcelanas, pinturas, monedas y objetos diversos de significación bonapartista, de uso personal, y hasta cabellos del Emperador. A estas piezas se suman libros y grabados que en conjunto resultan invaluables en la actualidad.

Un detalle descollante es la propia mascarilla del estratega, tomada a dos días de su muerte por el doctor Francesco Antonmarchi, último médico que lo atendió en Santa Elena. Los tesoros de la Dolce dimora, como se llamó la residencia toscana desde los tiempos de su primer propietario, en realidad pertenecieron al opulento azucarero cubano Julio Lobo, quien en la primera mitad del siglo XX los adquirió poco a poco, antes de 1959. Se afirma que contrató compradores para adquirir estos objetos vinculados al Emperador y a su época, hasta conformar esta rara colección habanera de una primera figura europea.

Tampoco el cercano Museo de Artes Decorativas discute a sus dueños fallecidos la propiedad de lo que se conserva en la lujosa casa de la calle 17, en el Vedado habanero. Sus tesoros se iniciaron cuando la acaudalada familia encargó a la Casa Jansen, de París, su decoración al estilo francés del siglo XVIII, parte de cuyos lujos todavía se hace ver. Están a la vista en la mansión-museo objetos de arte europeo y oriental, con un inventario del siglo XVI hasta nuestros días. Conforman la gran colección muebles creados por maestros ebanistas como Boudin, Chevalier y Simoneau; maravillosas porcelanas antiguas de las manufacturas de Sevres y Meissen, e igualmente de China, con varias piezas de la dinastía Ming, y biombos de esa procedencia asiática. Aparecen también figuras confeccionadas con incrustaciones de piedras semipreciosas y otras en bronces y cobres de Clodin, Gouthiers, De Vries y Barys, entre otros. Parte de estos valores se descubrieron hace poco luego de estar decenas de años escondidos en una falsa pared, de manera que jamás fueran conocidos por los asiduos visitantes de esta casona habanera.