La ciudad a extramuros
Las viejas murallas de La Habana, que costaron un largo siglo de trabajo desde la décimoctava centuria, tuvieron una vida inútil y fueron casi completamente derribadas, de manera inadvertida, aún cuando pasaba a escasos diez metros del bodegón de La piña de plata, antecesor del elegante Floridita de nuestros días. Algunas garitas para centinelas trasnochados y un buen pedazo de muro por la calle Desamparados es lo único que ha quedado de ese artificio militar colonial que tampoco disparó un tiro, pero sirvió, eso sí, para enmarcar el bello centro de la ciudad que emergió con el gran Paseo del Prado. Nuevos grandes edificios y hoteles, y elegantes sitios, nacieron entre calles ya mucho más anchas y cuidadas, que los habaneros del siglo XIX identificaron como la ciudad a extramuros.
En los glacis que dejaron libres las murallas tumbadas se emplazaron el palacio del muy ilustre Centro Gallego de La Habana, obra de principios del siglo XX y bella mezcla de estilos arquitectónicos y artísticos que cobija aún en su interior al Gran Teatro García Lorca, sede del Ballet Nacional de Cuba y de su eximia bailarina y fundadora Alicia Alonso. En este mismo lugar se vio cine por primera vez en La Habana de 1897.
Al otro lado se encuentra el imponente y sobrio Palacio del Centro Asturiano, hoy sala internacional del Museo de Bellas Artes de La Habana. Entre ambos, el acogedor Parque Central, donde se halla un José Martí de barricada que señala el camino, y en su entorno grandes árboles de buena sombra y las cubanísimas y altas palmas reales. Desde tiempo inmemorial por estos jardines y sendas tan transitadas de peatones, se suelen reunir casi a diario y espontáneamente grupos numerosos de ciudadanos en curiosas tertulias de hablar y discutir.
Tan antiguas como la explanada, estas reuniones encuentran un probable origen en los antiguos mentideros de tiempos de la colonia, calificados así por las autoridades hispanas que les reconocían un solapado carácter insurreccional. Una afrenta se mantiene viva aquí desde la noche del 11 de marzo de 1949, cuando tuvo lugar el incalificable intento de varios marines estadounidenses, procedentes de barcos de guerra surtos en el puerto de La Habana, de orinarse en lo alto de la estatua del Apóstol. El acto no se cobró por los criollos que se hallaban allí a esa hora, como habría sido necesario, por la intervención de la policía represiva, que protegió a los agresores.
Más allá y más acá aparecieron los llamados hoteles de la belle epoque de mediados y finales del XIX, con el Inglaterra y su inmediata y desafiante Acera del Louvre, donde se retaba a duelo al integrismo. En la misma cuadra se encuentra el Telégrafo, alojamiento aún vivo y muy elegante; y enfrente, junto al teatro Payret restaurado y convertido en cine, lo que resta del neoclásico hotel Pasaje, en la actualidad casa de viviendas. Un gran hotel, con parte de la fachada de un viejo edificio ecléctico de principios del siglo XX y una arquitectura acorde con la de este sitio de extramuros, el nuevo Parque Central, se agrega al céntrico paisaje urbano que tiene a la vera el Prado y sus inmóviles leones.
Hacia adelante se levanta el Palacio Capitolio de 1928, sede del Congreso de la República de entonces, que la gran Plaza de la Fraternidad circunda todavía. Hoy sus exteriores frontales son un lujoso parador de ómnibus de turistas que llegan a verlo y a fotografiarse teniéndolo de fondo, como siempre hicieron los cubanos, asombrados de un edificio similar a su homólogo de Washington, pero con su cúpula a mayor altura. No hay reportes actuales del fantasma de la mujer sin cabeza, que se dejaba ver por el inmenso y suntuoso Salón de los Pasos Perdidos y de la que se sospechaba fuera un invento de mediados del siglo XX para distraer a la opinión pública de los tremebundos negocios sucios que se fraguaban en las oficinas y hemiciclos de las Cámara de Representantes y el Senado. Los Pasos Perdidos, que se dice es el recinto más bellamente ornamentado de Cuba, está dividido al centro por una rotonda que da entrada a la gran escalinata del Capitolio y que posee, a un lado, la estilizada y enorme Estatua de la República, de 17 metros de altura y 49 toneladas de peso, obra del escultor italiano Angello Zanelli.
En su centro se ubica la hermética urna donde se guarda y exhibe el diamante que marca el kilómetro cero de la Carretera Central, una larga vía terrestre que enlaza de cabo a rabo el país y que en la época del Capitolio resultaba el camino asfaltado más importante de la Isla. En tiempos de los avatares de la innoble politiquería, el atractivo gran diamante del capitolio fue robado… hasta que apareció en la mesa de despacho del Presidente de la República, de turno, para señalar a las claras el desparpajo de la imperante malversación del erario público. Ni el simbolismo de las grandes estatuas de la escalinata que lleva a la rotonda del Capitolio -La virtud tutelar del pueblo y El trabajo, ambas de Zanelli-, o la imagen, también en mármol de Carrara, de El ángel rebelde, o de otras muestras de la abrumadora estatuaria europea en el Capitolio de La Habana, pudieron frenar la frivolidad de aquel débil Congreso, con honrosas excepciones. En la actualidad en ese imponente inmueble tiene su sede el ministerio cubano de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente. En sus anfiteatros y salones opera un centro de convenciones, que renta sus salones para la celebración de congresos y ferias.
Los hoteles habaneros de la belle epoque Un detalle llegado con los tiempos, desde el siglo XIX, son los suntuosos hoteles de La Habana extramuros, remozados y modernizados en cuanto a confort, casi todos en el entorno del Parque Central de La Habana y el Paseo del Prado. Las amplias aceras de un antiguo café, de mediados de esa centuria, llamado Le Louvre y situado en la esquina de San Rafael, comenzaron a conocerse desde entonces como meca de la elegancia citadina. Ese tramo del Prado pronto fue nominado La acera del Louvre y el bello e inmediato hotel Inglaterra, frente por frente al Parque Central en los tiempos en que la estatua de Isabel II de España lo presidía, ganó y mantuvo la preferencia de muchos visitantes a la ciudad. Su armonía constructiva siguió los cauces del neoclasicismo decimonónico, pero en su rehabilitación de estos años la decoración no soslayó la raíz mudéjar. Desde Sevilla se importaron los vistosos azulejos de destellos metálicos ocre-verde-oro y se conformaron los techos a la manera de los alfarjes moriscos, todo lo cual lo convierte en un inusual hotel-museo. En una de las columnas de su salón café se mantiene hoy la inscripción original Solo Alá es vencedor, pero muy cerca, en su restaurante, aparece la frase cristiana antítesis de Tanto monta, que alude a la paridad de cada uno de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel.
De los tiempos de la última moda del siglo que vencía, se recuerda entre sus huéspedes a la actriz Sara Bernardt, al torero Luis Mazzantini y al músico Juventino Rosas, autor del vals Sobre las olas, entre otras primeras figuras universales. En tanto ya los Jóvenes de la acera del Louvre, como empezaron a ser identificados, se hacían sentir por sus ideas separatistas y por su preparación en esgrima para la guerra libertadora de Cuba. No se olvidan estos amplios portales del enardecido discurso de José Martí, la honrosa protesta del capitán español Nicolás de Estévanez por el brutal fusilamiento integrista de los inocentes ocho estudiantes cubanos de Medicina y la imponente presencia del guerrero Antonio Maceo, general de la caballería cubana, como huésped del Inglaterra. Historia viva en la zona, donde sigue abierto el colindante y viejo hotel Telégrafo, hecho hoy como nuevo, y el gran hotel Plaza, frente al Parque Central, pero en otro ángulo y con su propia historia de huéspedes distinguidos.
En la propia esquina se mantienen a la vista los disparos en la pared que se hicieron en los primeros años de la Revolución contra criminales de la dictadura refugiados en la llamada Manzana de Gómez (edificio comercial y de oficinas). Al otro lado, en Prado y Dragones, el rehecho nuevo y vistoso hotel Saratoga, con más y mayores habitaciones y suites que cuando abrió sus puertas a principios del siglo XX.