Son cerca de trescientos kilómetros la distancia entre Quito, la capital de la República de Ecuador, y la ciudad del Puyo, en el corazón de la Amazonía, un paraíso natural perdido entre la naturaleza, descubrimiento casual de los conquistadores españoles en pleno siglo xvi, mientras andaban tras la leyenda del Dorado del imperio Inca, o en pos de hallar, al menos, el país de la canela.
Con el nombre inicial y oficial de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya del Puyo, es la ciudad cabecera del cantón Pastaza y capital de la provincia de igual nombre, en el centro-occidente de la región amazónica de Ecuador, a una altitud de novecientos treinta metros sobre el nivel del mar y con un clima lluvioso tropical de veinte grados centígrados como promedio.
Su denominación original proviene de la lengua quichua, de la palabra puyu, que significa neblina. Fue fundada oficialmente el 12 de mayo de 1899 por el misionero dominico fray Álvaro Valladares y nueve indígenas canelos, entre otras distinguidas personalidades de la época.
El Puyo es dueño de una cultura singular y autóctona, con la presencia de siete nacionalidades indígenas: los quichuas, los andoas, los záparas, los huoranis, los achuar, los shiwiar y los shuar, y de ahí su destino turístico, ecológico, paisajístico, donde hay más selvas y ríos en la región que edificaciones, dentro de la Amazonía, una de las siete maravillas naturales del mundo moderno.
Y es que los españoles, tanto por el oro, como por la canela, esa especie silvestre que los indígenas de esta zona llamaban ishpingo, descubrieron así el río Amazonas en febrero de 1542 y siguen todavía algunos aventureros tras la leyenda del Dorado, historia que arrancó por Colombia y se fue extendiendo por toda Sudamérica.
Quizás no apareció nunca ese lago donde los reyes se quitaban el polvo de oro y arrojaron sus tesoros, y la canela no sea más ahora que un ingrediente de un postre cualquiera, pero lo cierto es que la verdadera joya está todavía en pie, y es el arraigo histórico y ancestral de esta zona, intrincada, como una suerte de paraíso.
Muchas son las opciones turísticas que posee el Puyo, desde criaderos de animales exóticos, centros de conservación de plantas medicinales, además de visitas a las comunidades indígenas, donde el tiempo parece que se detuvo antes de la llegada de los europeos. Allí se va por rutas con guías nativos, sobrevolando en avionetas, o haciendo ciclismo por las intrincadas carreteras atravesando ríos y montañas.
Por otro lado, están los atractivos propios de la ciudad, como museos, parques temáticos, puentes colgantes, miradores, piscinas de olas artificiales y el desarrollo del denominado turismo de aventura y la práctica del kayaking, rafting, canoeing, aviturismo (birdwatching), fototurismo y hasta pesca deportiva en ríos de la región amazónica.
Pero es que también, dentro de los límites de la urbe, hay novedades como el Parque Morete, con toboganes, piscinas con olas de última tecnología, saunas, hidromasajes, además del paseo turístico del río Puyo, con su malecón, considerado el balneario popular más conocido en el cantón Pastaza, y otras atracciones como el Parque Etno-Botánico Omaere, el primero de su tipo en Sudamérica, y la cascada Hola Vida, la cual es una reserva privada a treinta minutos del centro poblacional.
Y para los admiradores de la historia, está el Museo Étnico y Arqueológico, donde se conservan muestras de la cultura de las nacionalidades indígenas de región. A toda esta información pueden acceder por internet, y con cualquier turoperador especializado, o por el propio portal independiente de turismo en Pastaza: www.pastaza.com.

Platos y costumbres
Pastaza es la provincia más extensa del país, con alrededor de 29 800 kilómetros cuadrados. Es considerada referente etnográfico, por tener siete de las diez nacionalidades indígenas de la amazonia ecuatoriana, escenario de autóctona identidad cultural y dueña de una deliciosa gastronomía sostenible.
Entre los platos más reconocidos de la región se encuentran los maitos de pescado y pollo, manjar típico que consiste en sazonar las carnes con sal, palmito, helechos de la zona y envolverlas en hojas de bijao (llaki panga), que le dan un aroma muy peculiar. Son amarradas con fibras de paja toquilla y expuestas directamente al fuego. Luego se sirven acompañadas con yuca y plátano verde.
Otro comestible distinguido son los pinchos de moyón o chontacuro (larvas de escarabajos, coleóptero oriundo de Sudamérica), que tiene un alto contenido de grasa natural, y los diferentes caldos de armadillo, guanta (roedor de la familia curriculidae), de guatusa (también roedor, pero de la especie Dasyproctidae), de carachama y de tilapias, ambos pescados de agua dulce.
Pero quizás la principal delicia y distinción esté en el ceviche volquetero, invención del puyense Homero Escobar hace ya más de cuarenta años, que consiste en la mezcla de productos de tres regiones ecuatorianas: de la costa el atún, el chocho (vegetal del género Lupinus) y el maíz tostado; de la región interandina la cebolla y el tomate; y de la Amazonía el chifle (lonjas de plátano verde sazonadas con sal al gusto y fritas en aceite).
Son diversas las tradiciones y fiestas ancestrales, entre ellas la celebración de la Chonta, en el mes de agosto, dedicada a la prosperidad de las siembras y al ciclo de vida de las personas; el rito de la Cascada Sagrada, de pueblo Shuar, donde solicitan poder y energías para la supervivencia; el Culto de la Culebra, para cuando hay mordidas de estos ofidios; y el Carnaval Turístico y Cultural de Pastaza, que se desarrolla en los meses de febrero o marzo con cuatro días de duración, celebración llena de colorido, desfiles, danza, música y, sobre todo, respeto mutuo entre los habitantes, donde se hacen exposiciones de pinturas, artesanías, festivales gastronómicos y la elección de la reina del carnaval.
Y entre la magia de estos habitantes se cuenta con el poder de sus brebajes naturales, que, por tradición oral, se han trasmitido de generación en generación muchos de los secretos de plantas de la selva que usan por las propiedades de curación. Además se puede apreciar la confección de cerbatanas de caza, de canoas con materiales naturales y artesanías.
Pero no crean que se toparán con una atemorizadora y nómada incivilización, pues aun cuando estos pueblos originarios conservan sus formas de vestirse y la construcción de sus viviendas y creencias en armonía con la naturaleza, también muestran orgullo de sus costumbres a los visitantes, a quienes reciben con los brazos abiertos, con sus fiestas, tradiciones y legendaria sabiduría.
Y aunque sé que usarán cámaras y móviles para dejar constancia gráfica e histórica de que estuvieron aquí, pasarán momentos en que se olvidarán un poquito de la modernidad para rencontrarse con los orígenes y misterios de la madre tierra.