Bolivia es un deporte extremo
Aterrizamos en El Alto y siento las venas de mi cuello ahorcándome, una nube espesa y transparente en los ojos y una leve cefalea. Es el sorojchi, el mal de altura castigando al hijo pródigo. Bolivia me está cobrando los años de ausencia. Me confunde un poco lo que veo. Se perciben cambios, pero aún impera el caos ordenado donde los bolivianos encuentran sentido y lugar. De El Alto nos sumergimos por un serpenteante camino en la olla que es La Paz. La ciudad, como siempre, está convulsa. Protestas en las calles, comerciantes, turistas, trancones, olor a comida y smok, colores infinitos, Mamani Mamani, cerveza y singani.
Hay un abismo mayor aún en la conciencia de la gente que en los acantilados que miramos al lado de la carretera. Bolivia es un deporte extremo cuando de viajar se trata. Su majestuosidad natural tiene un costo tan alto como sus cumbres, el de entregar la vida a los designios de la pacha mama y de sus hijos al volante. La destreza de los conductores es innegable, tanto como su temeridad, hasta el punto de la inconsciencia total. Sin cinturón de seguridad, sin respetar señales, sin control, es un milagro llegar a destino.
Pero buscamos aventura y nos vamos a la Carretera de la Muerte a recorrerla en bicicleta. Muy recomendable: emoción, peligro mínimo (a pesar de lo que se cree) e increíbles paisajes. Lo que no imaginamos fue que esa sería la primera carretera de la muerte de muchas más que vinieron después, incluso más peligrosas que esta. A Coroico fuimos en un auto que trepaba por las montañas. A Rurrenabaque por una carretera en construcción que nos envolvió en una nube de polvo con visibilidad casi nula para el conductor, lo que no le impedía conducir como si estuviera en el Dakar, dando frenazos a centímetros de los autos que aparecían en la polvareda.
Luego volver a La Paz para seguir a Cochabamba, Toro Toro, Santa Cruz, Samaipata, Potosí, Tarija, hasta llegar al Salar de Uyuni, nuestro destino final antes de salir de Bolivia. En todos los sitios estuvimos en un continuo sobresalto, recorriendo miles de kilómetros en carreteras de pesadilla y con conductores de terror. Por todo esto creemos que sobrevivimos a Bolivia entera.
Volver me hizo pensar en lo necesario que es ahora mismo educar a un país entero, incluidas sus autoridades, para mejorar la seguridad y el bienestar de los pasajeros y los visitantes en este rincón de Latinoamérica lleno de maravillas, de gente hermosa y de culturas milenarias y sabias. Que el progreso venga, es lo que esperamos, pero con sentido común y amor por nuestras tierras, valorando la vida por encima de todo y brindando mejores experiencias para el viajero. ¿Uyuni?, ¡increíble!, pero esa es otra historia.