Veguero recolectando tabaco rubio.
Los saltos de agua son un regalo de los ríos de la provincia.
Valle de Viñales, Paisaje Cultural de la Humanidad.
Aquí se encuentran las mayores cavernas del país.
La arquitectura vernácula y clásica tropicalizada distingue a la ciudad de Pinar del Río.

El verde de la Vueltabajo no tiene igual en Cuba; una cadena montañosa atraviesa su territorio, dividido en mosaicos paisajísticos, su biodiversidad lo torna en sitio ideal para conocer una naturaleza prodigiosa. Variedad, fragancias, colores, permiten distinguir ecosistemas únicos. Entorno digno de visitar, donde se tiene la sensación de ser descubridor de lo real maravilloso.

A lo largo de la historia, el pinareño se caracteriza por su bondad, sobre todo, la hospitalidad. Su vida es natural, laboriosa, alejada del bullicio, sosegada, sin contaminación, dedicado a la existencia rural sencilla, premisas socio económicas y culturales que justifican, en gran medida, la longevidad de nuestros campesinos.

El fotógrafo disfruta una placentera estancia, todos los días trata el ojo escudriñador mecánico de atrapar la exclusividad de las imágenes en el destello del obturador, al final… Es un deleite que no puede rechazar quien desee vivir o ir de vacaciones, en un ambiente bendecido por la naturaleza pródiga.

El amor del veguero al cultivar la planta que ha hecho de Pinar del Río la “Meca” del mejor tabaco, tiene sus raíces mucho antes del descubrimiento de América. Experiencia y sabiduría logran esa mezcla de arte heredado de los padres donde la erudición de laborar rebasa lo puramente técnico, para transformarse en oficio del artista forjado al sol y la lluvia.

En esta provincia de solo 10 931 km2, los valores naturales y socio-culturales la distinguen. Ante tanta singularidad, la UNESCO aprobó varias categorías de manejo: dos “Reservas de Biosfera” y un “Paisaje Cultural de la Humanidad”. El Estado Cubano a su vez ha declarado dos “Parques Nacionales”, varios monumentos de igual categoría e implementado un conjunto de áreas protegidas con diferentes niveles de manejo, condición difícil de repetirse para cualquier provincia, similar en superficie.

Es mágico estar rodeado de mares: al norte las aguas profundas del Golfo de México; por el sur, el cálido Mar Caribe; al oeste, el mar que nos separa de la Península de Yucatán y al este, las fértiles tierras rojas de la provincia de La Habana. Su posición geográfica la convierte en la punta de la llave de las Américas.

Agréguese la riqueza de su fauna, sus aguas minero-medicinales, las cavernas mayores del país, los famosos valles rodeados de mogotes, el alto endemismo en la flora y los saltos de agua. Todo embrujado en arraigada e interesante historia; en su espacio territorial dio cabida, a los aborígenes o los negros que huían de la esclavitud, quienes encontraron abrigo seguro en costas, montañas y cavernas, hoy sus vestigios, son expresión patrimonial primitiva; reflejados en restos humanos, alimenticios e instrumentos y en las manifestaciones del arte rupestre, enunciado creativo supremo, de su mundo mágico religioso.

El paso de familias aristocráticas que construyeron un mundo marcado por el aromático grano de café, arraigadas a sus costumbres y cultura, que al fenecer dejaron las huellas, en las ruinas agroindustriales y domésticas, de un entorno cafetalero con influencia francesa en la Sierra del Rosario. La presencia en cada localidad de arquitectura vernácula y clásica tropicalizada, son ejemplos de los elementos de refinamiento, modernidad, e ingenio del pueblo.

El clima es agradable, sin llegar a los calores extremos del oriente cubano ni a los fríos intensos de la llanura Habana-Matanzas, temperaturas promedios durante todo el año de 25 oC, hablan de la realidad de ser un eterno verano. Los meses de julio-agosto suelen ser los más calurosos, en sentido contrario enero-febrero se llevan las palmas. En las tardes veraniegas llueve, generalmente sobre las montañas, para refrescar y mantener el verdor que dignifica esta tierra del poniente.

Es por esto y por otras muchas razones la invitación a conocer el maravilloso mundo natural de la provincia más occidental de la Perla de las Antillas. El trinar del ruiseñor acompaña el arco naranja-rojizo que revela la llegada del sol, anunciando el advenimiento de un nuevo día. La bruma se extiende por la dilatada llanura meridional y acaricia a la Cordillera de Guaniguanico humedeciéndolo todo, se produce un majestuoso espectáculo, donde la sensación de flotabilidad sobre las nubes, incorpora nueva energía, revitaliza el espíritu. En la medida que el sol va intensificando su luminosidad, aparecen con claridad elementos de la naturaleza que hasta esos momentos eran siluetas aparentando las más diversas y extraordinarias figuras. La vista queda expuesta entonces, a una de las extraordinarias creaciones de la madre naturaleza. “La transición de la tierra llana a las sierras es casi repentina, particularmente desde los ingenios de Mendive hasta más allá de Candelaria por la parte sur, describiendo una curva cuyo extremo se introduce en Los Palacios; porque al salir de Guanajay, desde la punta de barlovento de Mariel, hasta la meseta o planicie en que remata Jabaco o loma de Zayas, se advierte que ha de bajarse a las montañas que se distinguen azules y majestuosas en lo profundo del valle”1 Así describió en su libro Excursión a Vuelta Abajo (1838-39), el célebre novelista cubano Cirilo Villaverde, su encuentro con la Sierra del Rosario. Esa misma impresión recibe todo viajero, cuando al transitar rumbo al poniente -dejando atrás las tierras habaneras- su vista tropieza con la silueta del extremo oriental de la Cordillera de Guaniguanico cual conjunto de pirámides en la vasta llanura, que marca el inicio de la provincia de Pinar del Río. Ha entrado en un mosaico de paisajes inolvidables.

La región está compuesta por secuencias de llanuras, alturas, valles y montañas, que han conformado su apariencia pintoresca. Al aproximarse se distinguen las primeras elevaciones ubicadas al noroeste, conocidas desde tiempos remotos como: El Taburete (453 m.) y El Salón2 (544 m.), la mayor altura en el área.

Para internarse dentro de la sierra, ha de hacerse a través de una abertura, donde las fuerzas naturales, auxiliadas por el arroyo Pedernales, facilitan el arribo al valle central. La exhuberancia, rodeada del verdor, contribuye a la policromía de los bosques, donde contrastan la piel roja del almácigo (Bursera simaruba, Lin.), el blanco de las esbeltas palmas reales (Roystonea regia, Cook.), las copas verde-blancas de las apuestas yagrumas (Cecropia peltata, Lin.), en combinación con las flores rojas-amarillas de la majagua (Hibiscus elatus, Sw.) y el verde olivo de los ocujes. (Calophyllum antillanum, Britton.); paisaje insuperable para la meditación.

La diversidad florística está representada por ochocientas ochenta y nueve plantas superiores, más doscientas ochenta y una inferiores, donde un 11 % son endémicas; en sitios específicos, como, Las Peladas, suelen alcanzar hasta un 34 %, pues conservan aún gran número de plantas primarias. Por su delicada belleza y abundancia, la candelaria (Bletia purpúrea), es el símbolo de la reserva, -diminuta orquídea terrestre-, cuyas flores moradas dan un toque de distinción a la vegetación. Las bondades del clima incluyen lluvias con valores cercanos a los 2300 mm anuales, humedad alta, entre un 80 y un 85 %, agregándole temperaturas promedio de 24 oC, que favorecen la existencia predominante del bosque tropical siempreverde.4

Por el valle central se deslizan las cantarinas aguas del río San Juan, escoltadas por las faldas de las lomas El Taburete y El Salón que dan paso a los atractivos de la región; conjunto de saltos pequeños y pozas naturales, cuyos orígenes están relacionados con la falla que delimita las montañas bajas de la llanura meridional.

La geología es un libro donde se puede leer la evolución del territorio, aún cuando sus páginas no están ordenadas. Constantes movimientos tectónicos crearon un gran caos que hoy se aprecia en los afloramientos rocosos. En la zona existen rocas cuyos orígenes tienen más de ciento cincuenta millones de años (jurásico); otras más recientes tan sólo presentan una formación de diez millones de años (mioceno). En particular, son identificables con relativa facilidad, rocas sedimentarias, metamórficas e ígneas, lo que permite observar una composición pétrea diversificada.

Avanzando por el valle central hacia el oeste, se penetra en la región El Cusco5 , asiento del zigzagueante río Bayate. Curso fluvial alimentado por una red de tributarios, con algunos manantiales permanentes, donde se destacan los minero-medicinales del cafetal Santa Catalina6 , con propiedades útiles para la salud y la belleza.

Hacia el norte de esta región, se levantan las imponentes cumbres del Mulo (422 m.). Desde su pináculo se ven las costas norte y sur, bañadas por las aguas del Golfo de México y el Mar Caribe, respectivamente, configuración visual impresionante. La vista se deleita con la contemplación de la ondulada llanura septentrional, en su conexión con el mar. Al girar la vista hacia la porción meridional, una soberbia muralla de elevaciones circunda el valle de acceso a este mirador, los cañones tectónicos-fluviales, son los que permiten observar el panorama de la llanura meridional. Tanto al este como al oeste, se visualizan los cerros vecinos. En la cúspide, existe uno de los bosques mejor conservados por su biodiversidad; se aprecian colonias de helechos arborescentes (Cyathea arborea, Smith.), flora vetusta, con alturas hasta diez metros, incluso más. La fauna bien representada: el vuelo alto del Gavilán colilargo (Accipiter gundlachi), se escucha el particular canto del Tocororo (Plioterus tennurus), símbolo nacional, el imbatible récord de alas del Zunzún (Cholorostilbon ricordii), la diminuta Cartacuba (Todus multicolor), bandas de bijiritas, el familiar Tomeguín del pinar (Tiaris canora), los laboriosos carpinteros, con su repiqueteo sobre los sonoros troncos de las palmeras, son fácilmente localizables. Es a su vez, el hábitat de mariposas coloridas.

En las áreas donde predomina la roca calcárea, es fácil encontrar las más diversas especies de moluscos con sus formas y gamas de colores; la Sachrysia rangelina, Emoda sagrariana, Helicinas sp., las vistosas Vianas sp., entre muchas otras… Abundan al norte del macizo: la Jutía conga (Capromys pilorides), dentro del área la carabalí (Capromys prehensilis); mamíferos hoy protegidos, pero que han sido un ancestral alimento para quienes han vivido en estos parajes. El reptil más importante de la zona es el Lagarto de agua (Anolis Vermiculatus), especie distintiva de los ríos entre montañas del oriente de Pinar del Río.

Al noroeste de loma El Mulo, se descubre una de las joyas hidrográficas desconocidas hasta hoy para la geografía cubana, la cascada del río San Claudio; arteria fluvial que vierte sus aguas en la costa septentrional. Al escurrirse entre la montaña, crea pocetas y remansos, tentación al baño en los meses veraniegos. Su curso regular se ve interrumpido bruscamente por un salto de veintiséis metros de altura, por varios desparramaderos hasta una poza natural. Toda la cortina de la cascada, corre sobre roca calcárea7 , formando pequeñas oquedades.

Centinela que vigila la costa norte, El Rubí8 (428 m.) es una de las célebres alturas de la región; limita la cuenca del río San Francisco que ha labrado el cañón pétreo, Las Carabelas, cuyas paredes verticales parecen haber sido cortadas por filoso instrumento; canal para sus aguas, en rápidos y saltos pequeños, precipitadas en pocetas transparentes que invitan a sumergirse.

El tributario del río San Francisco, que corre entre los antiguos cafetales San Carlos y La Ermita, forma una sucesión de cascadas, superiores en su conjunto, a los cincuenta metros de altura, bautizada en el siglo XIX como la Joven Niágara.9

Más al suroeste, se eleva el macizo Las Delicias10 . Sobre una de sus alturas, aparecen las instalaciones restauradas del cafetal Buenavista. Atalaya para diversas visuales del valle y bahía del Mariel, a lo lejos la llanura norte de La Habana, es coronada por la sierra del Esperón. Desde la plataforma, donde se halla la Tahona, se aprecia al sureste, la silla que dibuja la loma El Taburete, al otro extremo, se encuentran las elevaciones de Las Peladas. Ascendiendo hacia el noroeste y rebasando dicho cafetal, se puede divisar hacia el sur, el paisaje pintoresco matizado por la comunidad Las Terrazas, enclavada en pleno valle central, donde el diseño y policromía de sus construcciones, hacen un extraño pero armónico contraste con la naturaleza.