Aunque el vino ha formado parte de la cultura humana desde hace unos 6 000 años, el estudio consciente de sus propiedades comenzó en fecha muy reciente+

Fue hace apenas pocos años, en 1992, cuando los franceses Renaud de Lorgeril y el norteamericano Ellison relacionaron la menor mortalidad cardiovascular de los franceses con el consumo regular de vino. A partir de ahí, la atención en muchas investigaciones se ha dirigido a los componentes no alcohólicos del vino tinto, lo cual permitió descubrir que la piel de las uvas tintas contiene un amplio rango de compuestos fenólicos, concretamente ácidos fenólicos, flavonoides y resveratrol, que tienen una gran capacidad de proteger a las lipoproteínas. Esto permitió explicar la “paradoja francesa”, como se le llamó al estudio, pues en vez de ser dañino el consumo cotidiano de vino, una copa de tinto en las comidas contribuye a evitar que las plaquetas sanguíneas se aglutinen La composición del vino es compleja, la mayoría de sus componentes provienen de la uva y del proceso de fermentación. El tipo de polifenoles que contenga y su concentración determinará su capacidad antioxidante del vino, dependiendo de numerosos factores como la variedad de vid. Los vinos tintos elaborados a partir de las variedades Cabernet Sauvignon, Syrah, Tannat, Malbec, Grenache, Nebbiolo, Tempranillo y Merlot muestran altos contenidos en polifenoles. El consumo moderado de vino no sólo es beneficioso para prevenir enfermedades de tipo coronario, sino cancerígenas, la diabetes e incluso geriátricas como el Alzheimer. Lo más importante es combinar una dieta equilibrada con el consumo moderado de tinto o blanco (30 gramos de alcohol por día o su equivalente habitual en volumen de dos a tres copas al día). Estas dosis moderadas pueden ofrecer inconmensurables estados de bienestar e incluso actuar como tranquilizantes, contribuyendo a la disolución del estrés, el cual afecta tan negativamente a la salud, debilitando los sistemas inmunitarios y haciéndonos más vulnerables a las enfermedades. Los vinos son considerados un alimento completo y fuente de energía fácil de asimilar, pues contienen vitaminas como la A, C y varias del complejo B. Contiene una fuerte concentración de sales minerales que son perfectamente asimilables. Entre ellas, se deben citar el calcio, potasio, magnesio, silicio y también zinc, flúor, cobre, manganeso, cromo y el anión mineral sulfúrico. Además incluyen pequeñas cantidades de hierro, por lo que se deben ingerir vinos generosos en caso de anemia o después de un esfuerzo físico. El tinto, sobre todo si es viejo, es indicado en períodos de convalecencia o en el transcurso de enfermedades infecciosas. También es muy recomendado para controlar las anomalías alimenticias, pues ingerir una o dos copas al día ayuda a nivelar el apetito. Los cavas y blancos, particularmente los ácidos, son ricos en tartratos y en sulfatos de potasio, que actúan sobre los riñones, asegurando así una mejor eliminación de toxinas. Mientras más viejo es el caldo, más propiedades antisépticas tiene, y se ha descubierto que los tintos pueden atacar ciertos virus, entre ellos los de la poliomielitis y del herpes, mientras que pacientes sometidos a tratamientos con penicilina y estreptomicina pueden consumir vino blanco sin ningún problema. La riqueza de manganeso y de vitamina B hacen del vino un gran antialérgico, pues se opone al exceso de formación de histaminas, que es el elemento responsable de los fenómenos alérgicos. Igualmente es un gran digestivo, al ser muy rico en vitamina B2, la cual permite eliminar las toxinas y la regeneración del hígado, y participar de manera activa en el metabolismo de las proteínas y de los glúcidos, estimulando la segregación de los jugos gástricos. El consumo de vino tinto, fuente de taninos, actúa sobre las fibras lisas de la musculatura intestinal y aumenta así las propiedades peristálticas, siendo un medio suplementario para evitar el riesgo de constipación. A su vez acelera la depuración del colesterol, pues facilita y refuerza la acción de la vitamina C, estabiliza las fibras de colágeno que sirven de sostén a diversas arterias y reduce el riego de los accidentes cerebrovasculares isquémicos (obstrucción de una arteria del cerebro). Por si todo lo anterior fuera poco, el consumo moderado de vino reduce el riesgo de contraer cáncer, al proteger contra los efectos patológicos de los radicales libres; disminuye las molestias de la artritis, bloquea la progresión de las cataratas y la degeneración macular, evita las tufaradas de calor en la menopausia, y actúa sobre la salud bucal reduciendo la periodontitis: una enfermedad infecciosa progresiva que afecta a las encías y a los huesos que rodean y dan soporte a los dientes. Las bondades del vino ya las prescribió Hipócrates, padre de la medicina, quien afirmaba que “el vino es cosa admirablemente apropiada al hombre, tanto en el estado de salud como en el de enfermedad, si se le administra oportunamente y con justa medida, según la constitución individual”. Recientemente se ha descubierto que los humanos que beben vino moderadamente pueden vivir cinco años más que los abstemios, y que el consumo responsable de alcohol reduce los niveles de disfunción sexual e incluso la quercetina, sustancia presente en sus polifenoles, reduce la susceptibilidad a la influenza. Apartándonos del hecho social de que “el vino de más, ni guarda secreto, ni cumple palabra”, como decretó Miguel de Cervantes, se ha estudiado que los efectos del alcohol siguen una curva en forma de “J”, dado que entre las 6 y las 14 copas de vino semanales es cuando el riesgo de desarrollar enfermedades de disimiles índoles es más bajo. No obstante, este peligro se incrementa a medida que aumenta su consumo, pues cuando se toma en exceso es nocivo como toda bebida alcohólica para la salud. Solo consumido con moderación el vino produce efectos que favorecen una mejor calidad de vida, y es que el beber inteligentemente, en la justa y necesaria medida, diferencia a un veneno de un remedio.