La búsqueda del hombre y la mujer ideal es tan infinita como la Humanidad misma, aunque los cánones estéticos varían de acuerdo a la época, las tradiciones, costumbres e incluso la posición social

Dime espejo mágico ¿quién es la más bella entre las bellas?” Esa pregunta, hecha por la madrastra de Blancanieves, un cuento infantil de los hermanos Grimm que quizás esté entre los más famosos de los prolíferos autores, ha perseguido desde la eternidad a la Humanidad, aunque ser bello, en cada época e incluso región del planeta, tenga un concepto diferente. Hoy en día una joven escultural (medidas 60-90-60) se asombraría mucho al saber que la Venus de Willendorf, estatuilla del Paleolítico, reflejaba el ideal de belleza femenino en la Edad de Piedra: pechos muy abundantes, cinturas anchas y poderosas o el vientre abultado, eran sinónimo de la fertilidad y la fortaleza tan requerida en la mujer, que ante todo era valorada por su capacidad para procrear. Y aunque las féminas que se torturan con dietas y hacen ejercicios constantemente –no solo por cuestión de salud, sino por estética- suspiren con un poco de alivio al ver la Venus de Milo, el ideal griego del siglo II Antes de Nuestra Era, sépase que según los estudiosos de la estética existen desde tiempos inmemoriales tres prototipos de belleza femenina que se alternan de acuerdo a las circunstancias históricas: la mujer de caderas anchas y pechos grandes; el cuerpo con unas dimensiones de 90-60-90, generalmente de cabellos rubios y aspecto deportivo, con curvas marcadas pero no prominentes, e incluso el de mujeres muy delgadas, de aspecto casi infantil, y prácticamente sin curvas. En los hombres, aunque un poco más estable, estos tres fenotipos anteriores también se han alternado en la historia, desde el Discóbolo griego, pasando por el David de Miguel Ángel o los “superhéroes” musculosos, tipos Charles Atlas, iconografiados por el cine. En cada caso, la época, el nivel de desarrollo de la sociedad, las costumbres, tradiciones e incluso la posición social influyen mucho en los ideales estéticos, los cuales también están determinados por el papel que juegan los intereses que estén en el poder. Así, por ejemplo, en la Edad Media mostrar la gordura en momentos de hambruna o crisis equivalía a evidenciar la posición privilegiada, mientras que una imagen más atlética en nuestros tiempos indica personas bien posicionadas en la sociedad, pues se sobreentienden que tienen recursos y tiempo libre para cuidarse físicamente; o un cuerpo más musculoso y una tez más curtida siempre han sido evidencias de personas sometidas a trabajos que requieren mostrar dinamismo y fortaleza física. No obstante, en los tres patrones existen elementos en común, para las mujeres es la figura esbelta, una altura superior a la media, apariencia deportiva sin incurrir en lo atlético ni excesivamente musculoso, piel tersa, ojos grandes, nariz pequeña, boca grande y labios gruesos, senos firmes, simétricos y sólidos, vientre más o menos liso, pelo largo, piernas largas y torneadas. En los hombres, salvo algunas variaciones actuales de ídolos más delgados, el ideal de belleza destaca la importancia del ejercicio físico, una estatura superior a la media, el cabello abundante, la frente ancha, los pómulos prominentes, la mandíbula marcada, las extremidades y el tronco levemente musculosos, la espalda ancha y las piernas largas, constantes casi desde la antigüedad, salvo por detalles como los pómulos y mandíbulas más cuadrados, lo que algunos sugieren pudiera estar determinado por la influencia de los adelantos en la robótica y la cibernética. En algo sí no hay dudas: la belleza en ambos sexos debe tener menos de treinta años, pues el concepto de la eterna juventud se ha impuesto en la estética. Estos cánones de belleza fueron reflejados por los hombres primitivos en pinturas rupestres, en esculturas y paredes de templos y pirámides por los egipcios, en la abundante escultórica romana y griega, y hasta en la propia Biblia, que recoge la descripción de la reina de Saba en su visita al rey Salomón. El gran pionero de la teoría griega sobre el ideal de belleza fue Policleto, un filósofo al cual se atribuye el célebre tratado El canon, lamentablemente desaparecido, aunque otros pensadores de su tiempo, como Platón y Aristóteles, se preocuparon también por el tema. La Edad Media y la larga influencia de la Iglesia Católica determinaron que la desnudez y la exaltación del cuerpo humano preconizada por los antiguos era pecado, y por ello estigmatizaron la belleza con ropajes y lutos, la cual vendría a ser rescatada por el Renacimiento, que retomó la perfección de las curvas y dio origen a variadas representaciones, consideradas todavía hoy como íconos estéticos. El Barroco que le siguió, con su profusión de pelucas y maquillajes, tanto en hombres como en mujeres, daría paso a la modernidad y con ella a los medios masivos de comunicación, que comenzaron a imponer el ideal de belleza occidental, en ambos sexos, hasta llevar al paroxismo el culto desmedido al cuerpo humano, y desatar fenómenos dañinos como la anorexia y la bulimia.

Los antiguos egipcios creían que el cuerpo humano debía estar armónicamente proporcionado. Por ello utilizaban el puño como unidad de medida y así codificaron la estatura perfecta de las personas en 18 puños: 2 para el rostro, 10 desde los hombros hasta las rodillas y los 6 restantes en las piernas y los pies. En consecuencia, una mujer o un hombre eran “bellos” si medían 18 veces su propio puño y estaban debidamente proporcionados

DE AFEITES, CREMAS Y MAQUILLAJES Capítulo aparte en esta historia merecerían los innumerables artilugios concebidos por los seres humanos para “perfeccionar” su cuerpo, desde que los egipcios sustituyeran las esencias florales y peinados primitivos por estilizados perfumes, cremas y maquillajes diversos, como la costumbre de pintarse los ojos las mujeres, colorearse el pelo y las uñas o untarse cremas y coloretes para variar el color de las mejillas, entre otros. Desde Egipto, pasando por la India, China o Japón, hasta la propia Grecia, los perfumes y sustancias aromáticas han tenido tanta importancia en la historia humana, que por ellos se han desatado guerras y expediciones de conquista, y han abierto las puertas a la comunicación entre los pueblos. No obstante, le cabe a la Italia renacentista el haber sido la madre de la cosmética moderna, desde que en el siglo XVI los monjes de Santa María Novella, crearon el primer gran laboratorio de productos cosméticos y medicinales. Desde este país se extendieron las buenas nuevas al resto de Europa, aunque callaron muy bien que muchos de sus “descubrimientos” venían en realidad de la cultura árabe y otras civilizaciones asiáticas, que los utilizaban hace mucho. Los primeros tratados de cosmética y belleza aparecieron en Francia e Italia durante los siglos XV y XVI, y en 1573 se publica en París el libro Instrucciones para las damas jóvenes y en Roma el libro de Catalina de Sforza Experimentos, que incluye toda clase de recetas de perfumería, consejos sobre maquillaje, para corregir defectos del cuerpo e incluso reconciliar matrimonios. La mismísima Catalina de Médicis, interesada en todo lo referente a la estética, dedicó parte de su tiempo al estudio de ungüentos y combinaciones de cremas, y ya convertida en reina de Francia, llevó consigo a los mejores especialistas en perfumes de Florencia, quienes impulsaron esta industria en el país galo, hoy una de las más famosas del mundo.

La época, el nivel de desarrollo de la sociedad, las costumbres, tradiciones e incluso la posición social influyen mucho en los ideales estéticos, los cuales también están determinados por el papel que juegan los intereses que estén en el poder.

¿HEDONISTAS O GOURMET? No solo es la belleza física lo que ha preocupado y ocupado al hombre, sino también las formas de conseguirla e incluso asegurarse con ellas un disfrute espiritual y una larga vida en todos los sentidos. Desde ese punto de vista, los primeros en teorizar al respecto fueron los hedonistas griegos, para quienes la búsqueda del placer y la supresión del dolor eran el principal objetivo o razón de ser de la vida. De ellos salieron dos escuelas diversas, los epicúreos y los cirenaicos, diferenciados en que si bien estos últimos preconizaban que el hombre debía satisfacer sus instintos naturales cuando quisiera y sin importarle nada, los primeros, encabezados por Epicúreo de Salmos (341 al 270 A.N.E.), preferían un equilibrio perfecto entre la mente y el cuerpo que proporcionara la serenidad o ataraxia. Diversas filosofías han bebido de estas fuentes, desde el existencialismo al pragmatismo, aunque sin ser no más que una tendencia del pensamiento, son los llamados “gourmet” o “gourmand” los abanderados actuales del buen gusto, independientemente de su credo político, religioso, condición social e incluso edad. Para el amante de lo gourmet, la belleza va mucho más allá, y se encuentra en la perfecta armonía del cuerpo y el espíritu, en la búsqueda del placer físico y espiritual hasta en los detalles más mínimos, respetando las diferencias, más allá de fronteras marítimas, terrestres o mentales.

Un importante indicador de la belleza física es la “medianía”, teoría que plantea que cuando las imágenes de rostros humanos se promedian para formar un rostro compuesto, ésta se acerca progresivamente cada vez más al “ideal” de belleza masculino o femenino y se percibe como el más atractivo.