Su ubicación geográfica la acerca a todos los polos y es paso obligado para quienes se deciden a recorrer el Caimán desde la cabeza hasta la cola.

Su diversidad responde a una naturaleza de abruptas montañas, fértiles valles y virginales playas, con ciudades legendarias y un pueblo tesonero y hospitalario que siempre le invita a regresar. Con estos antecedentes le propongo conocerla.

SANTA CLARA. LOS PASOS DEL CHE POR SU CIUDAD. Ernesto Che Guevara, el médico argentino y el combatiente universal, desde los días de la Guerra Revolucionaria Cubana, en diciembre de 1958 estuvo muy unido a la ciudad de Santa Clara. Lazos espirituales lo ataron a partir del triunfo de la batalla que él dirigiera y que marcó el triunfo de la Gesta. Estos vínculos se fueron entrelazando con sentimientos familiares marcados por su unión matrimonial con la santaclareña Aleida March, una combatiente de su tropa, la madre de cuatro de sus hijos: Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto.

Su presencia en la ciudad fue habitual hasta la partida Después se conoció la dolorosa noticia de su muerte, pero su recuerdo estaba entre la gente del pueblo que decidió un 4 de abril de 1987 comenzar a levantarle un monumento que indicara por siempre que Santa Clara sería su ciudad en Cuba. Así en miles de horas de trabajo voluntario de hombres, mujeres y escolares se construyó a la entrada de la ciudad, por la Autopista Nacional, el Conjunto Escultórico que se inaugurara el 28 de Diciembre de 1988. La obra de los arquitectos Blanca Hernández y Jorge Cao y el escultor José Delarra consta de una estatua de bronce de 6,8 metros de altura y 20 toneladas de peso que muestra a un Che en posición de avance, con la mirada dirigida hacia las montañas del Escambray y Sudamérica, dándole la bienvenida al viajero que se acerca a Santa Clara.

En la base del Monumento, donde existe una Tribuna de 2000 metros cuadrados de extensión, están situadas jardineras como ofrendas florales permanentes con fragmentos de sus más importantes discursos y la Carta de Despedida que le dirigiera al Primer Ministro Cubano Fidel Castro y al pueblo de Cuba en su partida hacia otras tierras del mundo.

El Conjunto lo compone también un Museo que atesora una vasta documentación, fotos y recopilación de objetos personales utilizados por el Che. Frente se ubica el Memorial, donde reposan sus restos. Húmedo, sobrecogedor, representa el escenario agreste y duro en el que se desenvolvió la Guerrilla. Puede ser un refugio, un tramo de selva o una cueva llena de sobriedad y solemnidad este Memorial que ya ha recibido a más de medio millón de visitantes de 102 países.

En la parte exterior está la Plaza. Un parque urbano con capacidad para cien mil personas, rodeado de 60 palmas representativas de los años que cumplía el Che en el momento de su inauguración . Las figuras del pavimento son alegóricas a la unidad entre los hombres y los pueblos del mundo.. En los jardines que embellecen la fachada de la que fuera su Comandancia en los días insurreccionales, ubicada en los inicios de la Carretera turística de la capital provincial a la Cayería Noreste, está situada otra que los pobladores han llamado El Che de los Niños, porque la estatua forjada en bronce y de tamaño natural muestra al médico argentino con un niño en sus brazos, como emprendiendo con él un camino hacia el futuro.

Esta obra artística que concibe al cuerpo del Che contando su historia, es del escultor español Casto Solano, natural de la ciudad vasca de Vitoria, poseedor de una colección propia de incuestionable valor expuesta en varios salones de Europa. Diminutas figuras pueblan el uniforme de campaña del Guerrillero, en una de sus botas aparece en una moto con su amigo Alberto Granados, en un doblez de sus bolsillos aparece la figura del Quijote con la adarga al brazo y en el cinto toda su tropa formada. Llama la atención el guerrillero que pernocta en una hamaca colgada entre los cabellos de la estatua, el indio en una cabra que sostiene en su hombro, la joven que en su brazo mira desde una ventana, o el niño que rompe las cadenas en su mano. Alegórica, simbólica, así es esa estatua de un Che más noble, más humanizado, al que niños, adultos y novios en sus nupcias le regalan flores, Otros monumentos rememoran los días de su andar combatiente, frutos también del talento artístico de Delarra. Están en la zona de la Carretera de Camajuaní.. Uno de ellos es el que muestra la Acción contra el Tren Blindado, hecho trascendental de la última batalla revolucionaria y el otro el de la Loma del Capiro, un punto estratégico donde se situó la tropa y desde donde se divisa todo el centro urbano.

Por eso se dice que Santa Clara es hoy la ciudad cubana del Che y su nombre ha trascendido al Mundo porque en ella reposa un hombre de talla universal. "UNA TAZA DE ORO EN LA MONTAÑA"

Hanavanilla, una taza de oro en la montaña

Hanabanilla en lengua aborigen significa taza de oro y es realmente eso, todo un tesoro para el que quiera entrar en contacto con una naturaleza viva y muy cubana. Es el único lago intramontano de Cuba, ubicado en medio de la Cordillera del Escambray, un macizo montañoso que abarca la parte sur de las tres provincias centrales de la Isla: Villa Clara, Cienfuegos y Sancti Spíritus. En una topografía accidentada con valles y montañas abundan bosques maderables y montes naturales. También hay en el Escambray áreas protegidas para la fauna de especies inofensivas.

Entre esa exuberancia está enclavado el Lago Hanabanilla con 19 kilómetros de espejo de agua, donde el amante de la pesca deportiva puede encontrar los mayores y más antiguos ejemplares de la trucha, manosearlos, retratarse con ellos y lanzarlos al agua nuevamente para conservarlos. Al lado del embalse está situado el Hotel Hanabanilla de la Cadena Islazul, donde se atiende con familiaridad y esmero al visitante y además se le organizan excursiones por seis de los senderos interpretativos de la región que permiten explorar y adentrarse en los misterios y encantos de esa naturaleza.

"Un reto a la Loma Atalaya" es una de esas caminatas en la que se recorren extensiones abiertas con visuales exclusivas, a la vez que da la posibilidad de compartir con campesinos del área sus costumbres, sus tradiciones. Si el propósito es combinar la caminata con el paseo en barco "El Mirador" es otra ruta. Se realiza en una hora, después de un traslado de 25 minutos desde el Embarcadero hasta el inicio del sendero. El viaje concluye en el Restaurante Río Negro, con una exquisita cocina criolla y un café puro de la propia montaña. A este lugar se llega también a través de un atractivo paseo en barco desde el hotel, en el que el buen observador va descubriendo grutas, cascadas, intrincadas viviendas, los barcos escuelas que trasladan a los escolares y se van familiarizando con la vida de los pobladores. Otras dos caminatas están relacionadas con Río Negro. "La Colicambiada" se inicia en el Centro Turístico y debe su nombre a una de las elevaciones del trayecto Es una de las más completas, concibe el traslado en barco al inicio y al final del viaje, la visita a la casa de un campesino y el baño en La Cascada del Arroyo Trinitario, uno de los lugares más paradisíacos de todo ese entorno.

La otra es "La Ribera", que transcurre en un ambiente similar, pero en otra dirección y con sus particularidades porque en el Escambray cada rincón tiene su encanto. "La Montaña por dentro" sugiere descubrimiento, exploración. Permite adentrarse en elevadas pendientes, rutas abruptas y antiguos caminos empedrados hasta llegar al Nicho, uno de los poblados más intrincados de estos parajes, Es evidente que hay donde escoger en el Escambray Villaclareño cuando se quiere contemplar y conocer de cerca la naturaleza. Los aborígenes la bautizaron como "La Taza de Oro" y el decursar del tiempo la ha ido colmando de riquezas naturales y sociales que convierten al Hanabanilla en un verdadero tesoro de la geografía cubana.

LA CATEDRAL SUMERGIDA DEL HANABANILLA

Fueron muchas por la comarca las historias del valle que fue tragado por las aguas, pero ya hoy se van apagando. Y tal vez sean las propias aguas del lago en la montaña, aún más que los años transcurridos, las que vayan sepultando las historias verdaderas, sus decires, y acaso hasta sus fantasmas, como ayer en su subida sepultaron inexorablemente hasta a los muertos del Valle de la Siguanea.

Sin pretenderlo, al caminante detenido junto al lago le llegaron desde muy atrás recuerdos imprecisos, como desentierros acaso, y de entre esas brumas se le reveló la vieja imagen soñada de la Catedral de Is -historia o leyenda que fuera, en este momento no le importaba-, sumergida por impiedad, castigada, y que cada año un día, ese sólo y único día, dejaba escuchar sus lúgubres campanadas que brotaban desde allá abajo, desde lo profundo de las aguas insondables. Un tañer inequívoco, grave, cavernoso, para ser escuchado tan sólo por quienes conocieran de la historia. O leyenda, al caso lo mismo. Se asegura que cuando los últimos pervivientes finalmente desaparecieron, el extraño tañer continuó brotando ese solo día de cada año, pero ya en lo adelante como un tañer fantasma que nadie más fue capaz de poder escuchar; hay quienes dicen que tal vez sólo algunos poetas lo llegan a sentir, aunque no ya a escuchar: los pocos poetas que sean dados a conversar con fantasmas.

Los recuerdos brumosos del caminante se interrumpieron, desvanecidos ante el espectáculo que, para deslumbrarlo, se abría a sus ojos. Un espectáculo a la vez majestuoso y sereno, soberbio en su grandeza y hermosura, a la vez que reposado en una visión de equilibrio insuperable; el rejuego de los infinitos contrastes que sólo la naturaleza es capaz de hacer concurrir en un escenario semejante, donde su paleta maestra conjuga el lago imperturbable con la montaña empinada, el agua apacible con el monte feroz, y verde. El estremecedor impacto de advertirse frente a la belleza total, eso experimentaba; el contraste de sentirse como en éxtasis, a la par que bajo una simultánea sensación de aplastamiento.

Lago del Hanabanilla le llaman, y con parcialidad, ya que no sólo las aguas de este río lo formaron y lo alimentan, sino a la par con las del Jibacoa, con cauce en dirección opuesta; es por ello y para ese propósito que el gran embalse, el lago, tiene esas dos presas que domeñan sus aguas en ambos extremos. El Hanabanilla, pequeño Hanábana, del aruaco cesta de oro, le revelaba al caminante uno de sus primeros secretos, el de su nombre: pequeña cesta de oro. ¿Una anticipación?

Porque una pequeña cesta de oro fue ciertamente lo que sus pobladores encontraron al llegar al Valle de la Siguanea, por cuyo lecho serpenteaba a sus anchas el río Hanabanilla, le dijo con sus palabras irrepetibles el viejo montuno a su lado. Gallegos empecinados, duros como el monte mismo, se establecieron allá abajo, con la única fuerza, la mayor, de ser gallegos duros. El tabaco, tan dócil y de buena quema en la cercanía, en el Hoyo de Manicaragua, aquí no encontró vega apropiada, se volvió arisco y dio por no dejarse querer. Decidieron entonces por el café, agradecido que desde el principio resultó de la humedad del valle y la sombra, y por el ganado, que así de rápido aprendió a pastar por entre los altos riscos y los yerbazales frescos de los pequeños ramblazos.

Y armados sólo con esa fuerza mayor, fueron los gallegos duros construyendo su vida y su mundo en el Valle de la Siguanea, aguas arriba del hermoso salto donde sus muchachadas solían refrescar ardores, hasta entrar su poco por el río Negro que le llegaba al valle por su parte más alta. Enamorados de su terruño en el hondo bajío, no dieron por hacer migas con los canarios de Manicaragua, vegueros de tabaco fino, ni con los criollos de Jibacoa, ancho valle al Sur, amantes más bien de los frutos menores y los gallos finos. Ellos preferían su Siguanea, donde ya hasta habían dado en enterrar a sus muertos, para que por siempre los acompañaran allí en el valle junto al río, al pie de la Colicambiá, montaña alta de pico en roca grande y desnuda, y de la Atalaya, que le porfiaba a la otra en altura.

Fue así el caminante que supo, a golpe de brisa y del contar montuno, de aquella vida de entonces, escondida, que se escurría en el bajío de la ancha cañada, cual las aguas del río que la alimentaba, y que como aquellas lúgubres campanadas de Is, le pareció comenzar a entrever bajo las aguas del lago. Veía ahora a golpe de poesía, en esa otra dimensión inexplicable, la vida allá abajo, las casas y los cobertizos, los caminos, serventías y sobaos, las cercas y los animales, los árboles y la gente; y hasta una indiscreción: a la sombra de un tamarindo, un corpulento tamarindo, el árbol más orgulloso y antiguo de todo el valle, tenía lugar un momento de susurro y promesa entre dos lugareños, un momento de amor. Le sorprendió un ligero estremecimiento.

Todo fue así de vida y monte en el valle, hasta que un terremoto o un huracán traído por otros hombres, ellos nunca supieron, les plantó sobre el salto una gran presa, y atrás, sobre el río Jibacoa, otra, y las dos aguas opuestas se hicieron una sola contra ellos para inundarlo todo, para dejarlo todo bajo las aguas. Fue así de brutal, porque los empecinados gallegos duros nunca quisieron abandonar sus tierras y su valle, su vida y sus muertos, ni los del huracán o el terremoto fueron tampoco dados a tratar de convencerlos. Porfía entre sordos, el agua entre tanto subía y subía por sobre los caminos, los secaderos y las casas, hasta hacerlos desaparecer; no parecía ser posible que sucediera, pero sucedía. Unos pocos sacaron sus cosas; los más, sólo atinaron a desplazarse montaña arriba con su ropa y sus animales, empujados por las aguas. Poco después, sólo la copa del robusto y centenario tamarindo del amor sobresalía por encima de lo que ya era una laguna, y con un hálito de esperanza los gallegos duros pensaron que ni los dos ríos juntos tendrían caudal suficiente para sobrepasar la alta fronda del formidable árbol. Pero hasta aquella fugaz esperanza resultaría también, como el viejo coloso, sumergida.

El contar montuno, y la brisa ya fresca de la tarde, le hicieron ver al caminante todo aquello bajo el lago. Aquella implacable subida de las aguas por el valle, a la par que la atroz frustración y desesperanza de quienes veían sus vidas así de pronto desaparecidas. Y sus muertos.

Las aguas subieron hasta el nivel predestinado por los hacedores de terremotos, o de huracanes, que muchos no creyeron posible. El hermoso y sonoro salto por sobre las rocas ya desde antes había desaparecido, el anchuroso y sereno lago se enseñoreó por todo aquel hondo bajío que desde los tiempos inmemoriales fuera un valle, y las montañas finalmente les dieron la bienvenida a las aguas; el monte alto se refrescó de sorpresivas humedades, y en los lugareños desplazados sólo quedaron ya en lo adelante sus nostalgias por el Valle de la Siguanea para siempre ido. Todos los años, el mismo día en que mucho atrás las aguas comenzaron a subir, hacen procesión o encienden velas por sus muertos que quedaron en el fondo del valle sumergido; muertos que de seguro, allá abajo, nunca pudieron tampoco explicarse aquel terremoto, o huracán, ni comprender nada de lo que había ocurrido. Pero cada nuevo año los viejos lugareños de la nostalgia van siendo menos, cada vez menos, y con ellos se van apagando también los decires de esta historia sumergida.

El caminante sintió que habían sido las propias aguas, acaso un poco apenadas, las que le habían contado todo aquello; lo que ellas, seguramente a su pesar, habían provocado. Todo estaba ahora claro para él bajo las aguas; dejó de mirar el hermoso paisaje que tan celosamente guardaba tal pasado, y le dio por observar al viejo montuno que estaba a su lado. Su rostro curtido, hasta ese momento imperturbable, deslizó a su pesar un ligero temblor al terminar de hablar:

-De haber milagros -dijo con voz apagada, un susurro apenas-, yo sólo pediría uno: que se vaciara el lago por unos minutos, que para mí son suficientes unos pocos minutos, para ver desde aquí el tamarindo donde yo me encontraba con la mujer de mis sueños... Ese tamarindo era muy grande, el árbol más grande de todo el valle, y tiene que estar allá abajo todavía, pero aunque miro y miro, ¡el agua a mí no me deja verlo!

El caminante se sobrecogió, y la brisa, persistía.