La Habana
Fundada definitivamente en 1519, a la sombra de un frondoso árbol, una Ceiba, La Habana devino de repente una ciudad muy cosmopolita, cargada de viajeros de todas partes del mundo deseosos por conocerla en profundidad.
Un ambiente delicioso, al mejor estilo de la Torre de Babel, se respira en sus callejuelas por donde pasea gente llegada desde cualquiera de los cinco continentes, hablando su idioma; pero compenetrándose con los capitalinos de la única manera posible: mediante la cordialidad. Precisamente, en la capital cubana se puede observar perfectamente las bondades principales que ofrece el turismo, como elemento de unificación y comprensiones recíprocas entre diferentes culturas y pueblos.
Cuba, y La Habana como esencia de esencias, representa a un pueblo muy mezclado, cuyas principales procedencias las constituyen lo español y lo africano, pero también confluyen lo chino, haitiano, alemán, francés, hebreo, inglés y representantes de otras muchas nacionalidades. La Villa de San Cristóbal de La Habana, como realmente es su nombre se fundó un 16 de noviembre a orillas del Puerto Carenas, luego de que en 1515 tuviera un asentamiento inicial en la costa sur del país.
Esta primera ciudad, en la zona occidental insular, la definen los expertos como un lugar de grandeza debido a sus monumentos y por una escala humana relacionada mediante sus valores patrimoniales únicos donde se asientan casi cinco siglos de historia cargada de riqueza y originalidad.
La bahía fue punto de reunión de toda la flota española en su viaje hacía la metrópoli y llevaba las riquezas de todo el hemisferio occidental, custodiadas estas flotas por barcos de guerra, bajo el constante asedio de piratas y gente de toda clase. Visto este atractivo particular de una ciudad invadida en 1555 por piratas y en 1792 por la flota inglesa, con sus murallas y refugios, de los cuales aún se conservan pedazos y piedras, podemos decir que es una urbe de gran atractivo turístico.
Es la capital de la República, localizada en los 23 grados y nueve minutos de latitud norte y los 82 grados y nueve minutos de longitud oeste, en la costa septentrional de la parte occidental de la Isla. Limita al norte con el Estrecho de la Florida y sus otros límites están constituidos por la parte rural que, según la nueva división administrativa, corresponde a provincia Habana.
Abarca 732 kilómetros cuadrados y posee 15 municipios de los cuales nueve son totalmente urbanos, de ellos 4,5 kilómetros cuadrados forman la parte vieja, la más interesante propiamente.
La economía del territorio responde a la industria, el comercio los servicios y el turismo, con el 47 por ciento de todos los hoteles del país instalados en su espacio. Se puede hablar de una Habana antigua y una moderna, delineando sus costuras entre calles anchas y estrechas, cada una con una vivacidad muy particular.
En sus calles se respira la algarabía de la salsa, pero también la suavidad del son y el danzón, dos géneros que se arrastran desde hace mucho y representan la forma de bailar “en un solo ladrillo”, contra el desparrame de movimientos de “La Timba”, por ejemplo.
El cubano lleva en su sangre la música, por ello todo posee ritmo en La Habana, el bullicio de los barrios, el paso de los ómnibus, hasta un simple grupo de escolares conversando a la salida de clases. Entonces los colores también vibran de alguna manera y los contrastes de claros y oscuros en las esquinas, haciendo juego con las edificaciones de antaño, forman una guirnalda que constituye inspiración para pintores y escultores, sobre todo para fotógrafos. En su conjunto, la capital se convierte en un polo turístico de vitalidad absoluta, por donde pasa el 90 por ciento de todos los vacacionistas que llegan a la Isla, ya por año, más de un millón 770 mil personas.
Posee atractivos y valores históricos, monumentales, culturales y paisajes marinos con su bahía y castillos que en su tiempo defendían a la ciudad de los ataques extraños. También ofrece intereses arqueológicos, naturales, deportivos, de salud y una gran parte de zonas turísticas y enlaces con otros sitios de áreas y regiones cercanas, o lejanas. Voceros de la Oficina de Turismo de La Habana, comentan constantemente que “determinaron seis polos turísticos que constituyen la oferta inmediata y con mayores posibilidades de desarrollo a mediano plazo. Esos sitios se localizan casi en su totalidad en una franja paralela a la costa, vinculada con el paisaje marino que es el atractivo dominante de la ciudad”.
Estos puntos de importancia o polos son: Playas del Este, Centro Tradicional o histórico, Monte Barreto (en desarrollo), Marina Hemingway (en la porción oeste), el barrio de El Vedado y el poblado marinero de Cojímar, hacia la porción este.
Ayudan en su recorrido a los turistas, una serie de oficinas o Red de Centros de Información (INFOTUR), ubicados en los puntos de mayor afluencia de público; dos en el centro histórico, en la terminal de cruceros, en 5ta Avenida y 112, municipio Playa, con extensión en el Palacio de las Convenciones y PABEXPO, uno de los más importantes centros de reuniones y recinto ferial.
También se encuentran estas oficinas en las Playas del Este, un lugar marinero en las afueras; pero conectado directamente con la ciudad, en el Aeropuerto Internacional José Martí y en cada hotele propiamente en los Buróes de Turismo, donde se complementa este trabajo de información. En estos sitios, los viajeros encuentran plegables, detalles de los lugares a visitar, dónde localizar algún foco cultural, una representación teatral; en fin, pueden organizar sus excursiones individuales a partir de contactos con los INFOTUR.
Vitalidad, cromatismos, lenguaje campechano y maravillas al andar, ese es el panorama ideal que ofrece una Habana que todos desean conocer y un lugar del cual es bueno siempre recomendar por dónde comenzar.
Pasear por La Habana implica visitar La Plaza de la Catedral, un espacio adoquinado y virtuoso, cargado de bellezas y sentidos, lugar donde tradicionalmente se preparan cenas y encuentros auspiciados por la gastronomía del Restaurante El Patio, muy visitado por el difunto escritor cubano José Lezama Lima.
Conocida originalmente como Plaza de la Ciénaga, después nombrada “de la Catedral”, es un lugar que tiene mucho que ver con los orígenes de la Ciudad-Capital, asentada definitivamente el 16 de noviembre de 1519 en las márgenes del Puerto Carenas, o Bahía de La Habana. Su nombre se debe a la imponente Catedral construida en un principio como oratorio de los Hijos de San Ignacio, de la Orden de los Jesuitas, cuya primera piedra fue colocada en 1748. Luego de tres décadas se reconstruyó el oratorio, funcionando ya la Catedral, y entre 1802 y 1832 se le aplicaron importantes reformas. Decorada bellamente, con importantes obras y reproducciones realizadas por el francés Juan Bautista Vermay, es un lugar ineludible a visitar.
Allí se encuentra la capilla de Nuestra Señora de Loreto, consagrada por el Obispo Morell de Santa Cruz en 1755 e infinidad de atractivos, tanto para devotos como para amantes del arte y la cultura. Pero desde 1994, a iniciativa de la compañía turística Habaguanex S.A., se organizan allí cenas y encuentros de carácter recreativo y oficiales, concebidos por importantes empresas y agencias. Y como sorpresas: la vista maravillosa de una arquitectura bien conservada, la riqueza cultural del cubano y la inmejorable gastronomía preparada por los restaurantes de su alrededor.
El restaurante más famoso de Cuba está en La Habana La Bodeguita del Medio, fundada hace 59 años, ratifica su condición hoy en día de la casa de comidas cubana más conocida del mundo y se encuentra en La Habana. Ese restaurante es uno de los más emblemáticos de la Isla, con las paredes atestadas por unos dos millones de firmas de comensales de diferentes épocas, y fotografías dejadas allí por celebridades, entre estas Ernest Hemingway, Mario Benedetti, Pablo Neruda o Errol Flyn.
La lista de personajes importantes es grande, incluidos artistas de cine, pintores, políticos, bailarines y músicos, tanto extranjeros como cubanos: allí tuvo su espacio particular el poeta nacional de este país, Nicolás Guillén (fallecido).
Es un sitio muy particular para degustar lo más típico de la comida cubana como el cerdo asado en su jugo, picadillo a la habanera, arroz moros y cristianos, frijoles negros dormidos o cerveza bien fría, sin despreciar la piel de cerdo frita, conocida como chicharrones. Muchos son los turistas que simplemente se acodan en el bar, a la entrada, y piden un Mojito, el trago por excelencia de esta Isla, a base de ron blanco, azúcar, limón, hierba buena y angostura.
Muchas personas pasan tiempo conversando en el sitio que siempre está animado por guitarristas y cantantes, tal y como ocurre desde hace 59 años, cuando su fundador Angel Martínez (también fallecido), personalmente se encargaba de complacer el gusto de sus clientes. Así de interesante y mágica es La Habana, con ejemplos a montones de lugares donde pasarla bien, donde informarse sobre cultura e historia y, sobre todo, donde hacer nuevos e inmejorables amigos.
El Parque Morro – Cabaña: una aventura histórica a las puertas de la ciudad. Al viajero que vislumbre por primera vez, desde la lejanía, la entrada a la bahía de La Habana, podrá parecerle que las fortalezas que la circundan emergieron del mar junto con la Isla, porque fueron construidas en total concordancia con el relieve costero, aprovechando cada una de sus irregularidades – elevaciones y declives, salientes y entrantes – con un fin específico; ellas atesoran toda la historia y la leyenda acumuladas en los siglos de existencia de la capital cubana. El Castillo de la Tres Reyes del Morro.
Al peñasco que abría la bahía de La Habana se le llamaba El Morro; en una Real Orden del año 1556 dirigida al gobernador de la Isla, se lee que por ser este puerto la principal escala de los buques que van a Nueva España y otras tierras, interesa que se fortifique El Morro. Así comenzaba la historia de esta centenaria fortaleza militar, cuya construcción se inició alrededor de 1589 y concluía en 1630, bajo la dirección del ingeniero militar italiano Bautista Antonelli. Los años, las aguas caribeñas que acarician o golpean su superficie, la historia, el amor del pueblo que lo sintió siempre como fiel guardián y vigía, han convertido al Castillo de los Tres Reyes del Morro en símbolo de identidad.
La única y gran batalla que libró El Morro. En 1762 los ingleses le declararon la guerra a España, el golpe que proyectaron asestarle fue apoderarse de “la llave de las Indias”, o sea, tomar La Habana. A pesar de la superioridad militar de las fuerzas inglesas, El Morro resistió durante cuarenta y cuatro días el asedio invasor, bajo las órdenes de su valeroso alcaide, don Luis de Velasco, que murió heroicamente durante la toma por los ingleses, en una plazoleta que hoy día se muestra al visitante. Después de aquella honrosa página de su historia, no volvió a blandir sus armas en acción guerrera, pero ha devenido escenario de grandes acontecimientos políticos y símbolo de la nación. Cuando le fue concedido, por Real Cédula, un escudo de armas a la ciudad de La Habana, uno de los tres torreones que lo conformarían representa al Morro, como reconocimiento a la importancia de esta obra que ha llenado de orgullo a hombres y mujeres de diferentes generaciones.
La belleza arquitectónica de El Morro. La obra, de estilo renacentista, como era de esperar al ser su constructor un italiano, a finales del siglo XVI, está trazada “conformando una poligonal quebrada y un sistema de terrazas degradantes hacia el mar con el fin de crear las sucesivas cortinas de fuego defensivo hasta ras de agua”. Es notoria la forma perfecta en que se acomoda al relieve del peñón, en el cual están labrados muchos de sus muros. En el extremo norte de la construcción existió un torreón que sirvió de atalaya y campanario, sustituido en 1844, por el actual Faro de La Habana, cuyos destellos de luz blanca, emitidos cada 15 segundos, con un alcance de 33 millas náuticas, son guía para la navegación y anuncio del cercano encuentro con la capital cubana para los visitantes.
La fortaleza de San Carlos de la Cabaña. Según cuenta la tradición, alrededor de 1590, el famoso ingeniero militar Juan Bautista Antonelli, constructor de La Punta y El Morro, subió un día al cerro llamado de La Cabaña (por unas cabañas o bohíos que allí existían) y dijo: “El que fuere dueño de esta loma, lo será de La Habana”. La historia se encargó de confirmar sus palabras casi dos siglos después; en 1762 la escuadra inglesa que atacó a La Habana se apoderó de la loma de La Cabaña y desde allí dirigió sus fuerzas a la playa y el puerto, con lo que lograría la rendición de la ciudad. En 1763, después de la retirada de los ingleses, llegaba a Cuba el ingeniero militar Silvestre Abarca, con un nuevo y complejo plano para la construcción de una fortaleza en La Cabaña. Entre 1763 y 1774 quedaría edificada la fortaleza de San Carlos de la Cabaña – al nombre inicial del lugar se le añadía el de Carlos en honor al rey – que llegaría a convertirse en la mayor de cuantas España construyera de este lado del Atlántico. Forma una sólida barrera vertical de unos 700 metros, mientras que los baluartes por tierra son protegidos por fosos y se comunican de forma soterrada con su vecino, El Morro. Desde su posición se domina la ciudad, la bahía y el canal de entrada por un lado, y el mar del norte por el otro. Está rodeada por un foso muy profundo, abierto en la roca viva. Historia y tradición de San Carlos de la Cabaña. La nueva fortaleza construida, que según algunos cálculos era tan amplia como para albergar a un verdadero pueblo militar, contaba en su artillería con 120 cañones, obuses de bronce y todo calibre en baterías, y que además había representado un costo de unos 14 millones de pesos; cuenta la tradición que hizo al rey pedir unos prismáticos para poder admirarla, porque semejante obra, según se la describían, debía ser apreciada desde Madrid. Testigo de penosos acontecimientos fue también La Cabaña, especialmente el lugar conocido como Foso de los Laureles, donde muchas figuras amantes de la justicia y la soberanía patria fueron privados de la vida.
El Ché en La Cabaña. El 3 de enero de 1959, en medio de una avalancha ensordecedora de pueblo, llegaba a La Habana, como parte de la avanzada del ya glorioso Ejército Rebelde, el comandante Ernesto Ché Guevara, para asumir la jefatura de esta fortaleza, nueva página en las ya legendarias historias del guerrillero y de La Cabaña.
El cañonazo de la nueve en La Habana. En pasados tiempos se hacía necesario avisar a la población del momento en que se abrían o cerraban las puertas de las murallas que rodeaban la ciudad, para ello se utilizaba un disparo de cañón; primero desde una nave de la armada surta en el puerto y luego desde La Cabaña, con horarios que variaron a través de los años. En esta plaza tiene lugar diariamente uno de los más arraigados y atractivos rituales de La Habana: “el cañonazo de las nueve”. Cada noche, una dotación de soldados vestidos a la usanza del siglo XVIII, en solemne y sencilla formación militar, hace que los habaneros se detengan ante el habitual trueno de una de las viejas piezas españolas y consulten su reloj para fijarlo en las 9:00 p.m.
Patrimonio de la Humanidad. El Castillo de Los Tres Reyes del Morro y la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, fueron declarados por la UNESCO, en 1982, como Patrimonio de la Humanidad. Desde 1991 constituyen una instalación multipropósito que ofrece servicios de naturaleza cultural, histórica, natural y recreativa.
Servicios de El Parque Morro – Cabaña. Las que en otro tiempo fueron inexpugnables fortalezas militares, símbolos del poderío de la Metrópoli, se han convertido hoy en baluartes de otro poder: el de la cultura. En lo que hoy se denomina Parque Morro – Cabaña, constituido por las dos importantes fortalezas que se comunican entre sí, fue inaugurado, en febrero de 2001, un conjunto de áreas restauradas para la realización de eventos; abarcan 6000 metros cuadrados y están divididas en 7 pabellones y 66 salas, 26 de ellas climatizadas. Ha representado una inversión compleja, por la necesidad de respetar la integridad del patrimonio, armonizándolo con la utilidad de un área para eventos.
Entre los variados nuevos servicios que se ofrecen están el montaje de exposiciones, realizaciones de eventos y ferias, filmaciones y todo tipo de acciones culturales. Para estos servicios, la nueva área cuenta con una sala de prensa, sala de presentación de productos, sala de conferencias, oficinas de negociaciones, oficinas ejecutivas, servicio de organización de ferias, sistema de montaje y panelería modernos, audio video, datashow, video beam, filmaciones en áreas exteriores y un mobiliario adecuado a cada una de las instalaciones.
El Parque Morro – Cabaña ofrece la posibilidad para desarrollar diversas esferas de trabajo inherentes a la cultura, la naturaleza, la historia y la recreación, en un entorno que es enriquecedor por su arquitectura centenaria, por su historia y tradición y por el confort que se ha logrado fusionar con las legendarias construcciones.
Palacete del siglo XVIII que acoge la Fundación Havana Club De un tirón, el primer trago. Después vendrá el segundo, sin apuros, en deleite de sabor y aroma, conjugando una unión atávica y casi mítica. Es el ron cubano. El uno para el convite a la rumba. El primero para darse valor y enamorar. El abridor de caminos a la risa. El rey de la fiesta, retador y cumbanchero. Aún los más sobrios, le afirman como un clásico nacional.No hay cubano que le irrespete.
Y justo es que tuviera casa propia quien por siglos ha sido uno de los identificadores de la isla. En ese empeño de parto seducido estuvo la empresa mixta Havana Club Internacional y nació entonces, hace apenas un año, la Fundación Destilera Havana Club, en la Casa del Conde de la Mortera, un hermoso y bien recuperado palacete del siglo XVIII, casi abrazado al puerto habanero y su confluyente trasiego de gentes venidas de cualquier parte del mundo. Complejo industrial, cultural y turístico, la Fundación, más conocida como Museo del Ron Cubano, va en busca de la promoción de la marca insignia Habana Club, en unión natural con la cultura cubana, cual binomio de identidad.
“Del cañaveral al paladar” podría ser un buen eslogan para definir al Museo del Ron Cubano, una de las áreas más novedosas de la Fundación Destilera Havana Club. En compañía de los guías de la instalación, vendrá el develamiento de los misterios a partir del taller de tonelería, donde los maestros artesanos reparan y activan en las industrias esos recipientes que antes preservaron al notable whisky bourbon. Después, seis minutos en la quietud de una sala de video para aprehender resumida la importancia del ron y del azúcar en la vida, historia, cultura y economía cubanas. Nuevamente en la luz, habrá una galería con el itinerario de la dulce gramínea aparecida en los lares americanos de la mano de Cristóbal Colón, y seguirá la muestra de viejos trapiches sacadores de azúcar y mieles en la colonia.
Al final de la sala, una locomotora en miniatura recuerda que Cuba fue el primer país de Latinoamérica donde se conoció el ferrocarril, incluso antes que en España y entre los primeros cinco del mundo. A partir de la introducción de la máquina de vapor quedó revolucionado el panorama azucarero, se formaron redes de comunicación en los ya ingenios y la producción se elevó a niveles tales que convirtió al verde caimán en el “almacén de azúcar de Europa”. Tan decisiva fue su aparición y contribución al fomento de la industria, que hoy las dos terceras partes del ferrocarril en Cuba están destinados a la transportación de caña. Una mirada desde las alturas
Subiendo unos pocos escalones se puede disfrutar de la vista panorámica de un central azucarero llevado a escala de maqueta. En esa representación se observan desde las plantaciones, las fábricas y la estación de ferrocarril, hasta el poblado con su iglesia y viviendas. Lázaro García Grigs, el creador, ganó el reconocimiento denominado Clavo de Oro, en una competencia europea. Siguiendo los derroteros del olor, se llega a los tanques de fermentación en los cuales la melaza diluida con agua forma una mezcla nombrada batición, a las mieles preparadas para ser destiladas, al proceso de filtración por gravedad –el más lento del mundo-, a los barriles de roble blanco con lechos de carbón vegetal activado, al tanque madre con los aguardientes purificados, y así, paso tras paso, hasta obtener primero el producto más joven, el Silver Dry, y luego continuar las combinaciones para lograr los añejos de tres, cinco y siete años, según las marcas. Finalmente, una representación del maestro ronero, quien haciendo gala de sabiduría acumulada por más de 15 años, decidirá qué hacer para obtener el producto perfecto: raras y delicadas mezclas, aromas inspiradores, tal es ese líquido brillante, paseante del mundo en botellas estilizadas en cuyo vientre va estampada La Giraldilla, símbolo habanero.
Trascender el museo Terminado el recorrido por la muestra, el bar de degustación recibirá al viajero con un trago de Havana Club, añejo 7 años. El recinto es una réplica del Sloopy Joe´s, que tanta fama tuviera en la primera mitad del pasado siglo. Es de destacar el rescate de objetos tradicionales como una máquina embotelladora y piedras litográficas utilizadas antaño para estampar etiquetas. Otro sitio para visitar es la tienda especializada en la gama de rones y artículos vinculados al Havana Club, excelente sitio para adquirir un souvenir que rememore la estancia cubana. Y después, el bar Havana Club, con su recreo del ambiente típico de las bodegas capitalinas en la década de los años 30.
Y una sorpresa para el final: quienes visiten el museo tienen derecho a participar en el Gran Sorteo, con frecuencia mensual, y cuyo premio es una botella de Solera San Cristóbal que será enviada al ganador sin importar distancias. Prueba de ello son las remitidas a Francia, Estados Unidos, Bélgica, Alemania, Suecia, Italia, además de dos a Cuba, llevadas a la propia casa. Integrada armónicamente a todas las actividades que genera la Fundación, también la casona tiene espacio para una galería de arte en la que destacados autores muestran sus creaciones y los más jóvenes son promovidos. Allí han tenido plaza exposiciones de Mariano, Diago, Choco, Mendive y Michel Basquiat. Y una nueva: para el primer concurso de pintura convocado por la institución, hasta septiembre se aceptarán los trabajos de artistas menores de 40 años, residentes en Cuba.
Havana Club, la excelente marca de ron cubano, nacida en 1878 y mantenida ininterrumpidamente en el mercado, se viste de gala con la Fundación Destilera, un espacio cumplidor en el empeño de preservar el crédito de la más emblemática bebida de la isla.