Vive con buena salud el tabaco cubano, Santiago de Cuba da fe de ello y brinda su escenario urbano, sus paisajes culturales, sus plazas, miradores, galerías y corredores para disfrutarlo

Las crónicas coloniales de América, y en especial de la Isla de Cuba, recogen la tradición aborigen de cultivo de la planta aromática del tabaco (cohoba o cojiba) y su uso como parte esencial de la vida, en acción consciente de relajamiento y ocio transmitida por el Behíque en busca de la paz y la salud necesarias. Y fue precisamente este hábito arauco singular, una de esas experiencias en las que el conquistador terminó siendo conquistado, de tal forma que hoy día se identifica el placer de disfrutar un Habano o un puro con un producto de alta calidad, cultivado sobre todo en Vuelta Abajo, y diseminado por todo el mundo.
Sin embargo, en honor a la verdad histórica, el tabaco fue plantado en varias zonas de Cuba, manteniéndose aún la tradición en buena parte del centro y también en Vuelta Arriba. Fue por ello que derivó en algo frecuente del ambiente rural y urbano, no solo en el marco de lo productivo y económico, sino también formando parte del universo doméstico e íntimo de la familia cubana. Su impronta no tardó en inundar los salones del Viejo Mundo como símbolo de sensualidad y elegancia. Las disímiles petacas y pipas llegaron a caracterizar a personajes de ficción como Sherlock Holmes o tan reales como Wiston Churchill, mientras el planeta se inundó de encendedores o fosforeras, anillas y cajas decoradas con etiquetas litografiadas a todo color y con diversas temáticas afines o de moda desde el siglo XIX. Estas, por su singularidad y amplia gama, se constituyeron desde entonces en pasión y argumento de entusiastas coleccionistas.
Esta cultura del tabaco, como expresión genuina de lo cubano, se evidencia en la manera tradicional de lograr la inmensa gama de productos, un saber hacer conservado en el tiempo, una historia de siglos de cultivo y de apego a la industria tabacalera, la existencia de costumbres ancestrales como la del laboreo con las hojas de dicha planta para la selección de capas, o la del lector de tabaquería, capaz de despertar las emociones a todo aquel que se permita visitar una fábrica en plena faena y vea con sus propios ojos a cientos de trabajadores torciendo tabacos con agilidad extrema, mientras recibe toda la información posible sobre la situación mundial, el estado del tiempo o los resultados del deporte nacional, entre otros tantos temas. Asombra a todos cuando los instrumentos manuales de corte (chavetas) al golpear cadenciosamente sobre la mesa de trabajo, se transforman en manos que aplauden ante un reconocimiento, evento o acontecimiento al regalar un sonido metálico, símbolo expresivo de los tabaqueros.
Más allá del alcance nacional o internacional del interés por el tabaco, prefiero hacer referencia a la trascendencia del mismo en la intimidad familiar, en la cultura del hogar, y lo haré desempolvando una imagen ganada en la infancia y que causó un gran impacto en mí. Recuerdo que siempre llamó mi atención la felicidad del abuelo, cuando después de comida, se disponía al ritual con su tabaco. Tomaba un buchito de café sentado en el sillón del corredor de la casa familiar y perdía su vista en la infinitud del paisaje campestre de las serranías de Hongolosongo, muy cerca del Poblado del Cobre. Yo, a cierta distancia, observaba del modo como se aprecia a un artista en plena función dentro del bello escenario de la vida. Él extraía un tabaco de una petaca de cinco piezas, las miraba y escogía una, con suavidad comenzaba a palparla (eran caricias suaves), la apretaba a veces con las yemas de los dedos a modo de masaje corporal, luego la olfateaba cuidadosamente y volvía al masaje. Repetía tales acciones con otro ejemplar y luego, ya complacido, seleccionaba aquel que estaba a punto para ser disfrutado.
Terminada esa fase se reacomodaba en el sillón, colocaba en su boca el tabaco y saboreaba su sabor, mientras eliminaba con cierta ternura la zona de contacto con sus labios, conocedor de que con ese gesto garantizaba la acción futura de intercambio con el puro seleccionado. Tomada la fosforera, siempre presente, se iniciaba la etapa del éxtasis, el tabaco se prendía y el alma también. Inhalar el humo y enviarlo al mundo interior, respirando su aroma, le producían un placer intenso e inmenso. Yo crecí y el ritual siempre lo acompañó.  Mi abuelo llegó al final de sus días con la misma pasión por sus dos grandes amores: mi abuela y el tabaco.
Envuelto en estas historias he conocido a muchos que ven en el tabaco al necesario compañero de los buenos y malos momentos, al acompañante fiel de las noches de insomnio tratando de poner fin a un proyecto inacabado, al amigo fraterno que nos apoya en la conquista de cada sueño. Así crecí, entre el aroma del café y del tabaco, en un maridaje mágico y misterioso que resultó mi cómplice preferente, como también lo fue y sigue siendo para muchos amigos y conocidos.
Vive con buena salud el tabaco cubano, Santiago de Cuba da fe de ello y brinda su escenario urbano, sus paisajes culturales, sus plazas, miradores, galerías y corredores para disfrutarlo, para junto al café, el ron y el son, que completan el encanto.
El amplio mundo material e inmaterial relacionado con el tabaco no solo es patrimonio nacional incuestionable, sino además cultura viva que vibra en cada cubano. La historia se entrelaza con ella de manera indisoluble en la forja de la nación, y nos llega hoy como producto líder capaz de presentarse con orgullo. El humo aromático del tabaco se expande, porque sus alas baten enérgicas al futuro.

 

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