Fue un cura católico, sin querer, quien dio origen a las parrandas en el viejo poblado de Remedios, en la región central de la Isla. Cuentan que el párroco para convocar a sus feligreses a las misas de aguinaldo –entre el 16 y el 24 de diciembre-,  no halló modo mejor que despertarlos, de madrugada, a fuerza del ruido infernal de latas llenas de piedras, cacharros de cocina y otros instrumentos, nada armónicos, de manera que, imposibilitados de dormir, concurriesen a la iglesia. 

En Remedios, la iniciativa del cura agradó a la muchachada y poco después cada uno de los dos barrios en que se dividía la ciudad contaba con su cuadrilla de músicos infernales, quienes poco a poco cambiaron su instrumentación y perfeccionaron su ritmo para convertirlo en el actual «repique» de gangarrias, rejas, botijuelas, cencerros y tamboras que identifican a las parrandas remedianas.

En cada Navidad, los moradores de un barrio acudían a despertar a los del barrio vecino mientras que el suyo era a su vez invadido por estos. 

Así se arribó al año de 1871 y a partir de ahí las parrandas cobraron la estructura que en lo esencial mantienen todavía. Hoy, junto a los carnavales de La Habana y Santiago, y las charangas de Bejucal, son las fiestas populares más genuinas y cubanas. En ellas, el cubano se divierte y disfruta a plenitud. Se trata de una fiesta que se prepara a lo largo de todo el año, y exige esfuerzos y recursos como ninguna, y dura menos de doce horas.

El baile no es lo fuerte en ella, y la sabrosa música cubana cede el lugar protagónico a la polka europea. No hay mascaradas ni disfraces ni congas detrás de las cuales la gente baile por las calles. No es un carnaval ni un espectáculo, sino una celebración en la que todo Remedios se vuelca y participa de alguna manera, primero en la construcción de las carrozas y los trabajos de plaza –verdaderas obras decorativas monumentales- y luego en la festividad misma.

Una línea que se traza sobre el asfalto divide en dos el centro de la ciudad. De un lado estarán los habitantes del barrio de San Salvador; del otro, los de El Carmen. Ambas barriadas esperan que las campanas de la Parroquial Mayor indiquen que son las nueve de la noche del 24 de diciembre para empezar las hostilidades. Porque las parrandas son una «guerra» en la que cada barrio en un frenesí de pirotecnia, derrocha sus fuerzas para superar  al rival en ruidoso alarde de estallidos de cohetes, voladores, cascadas de luces y fuegos de artificio.

Cada barrio hace sus «presentaciones» por separado. Hay, para cada contendiente, una presentación inicial, que se llama saludo, seis salidas más de treinta minutos cada una y una presentación final en la que se intenta «echar el resto» y demostrar quién se es, a estrépito limpio. 

Porque la gracia de las parrandas remedianas, lo que las hace singulares, es la cantidad y el lucimiento de los cohetes, voladores, cascadas de luces que cada bando gasta en ellas. Una guerra simulada que termina sin vencedor ni vencido porque ya en la mañana los dos barrios se proclaman victoriosos y «corren» el triunfo con su música.