Junto al cacao y el café, el coco figura entre los principales rubros productivos de Baracoa, donde existe una ancestral experiencia en su procesamiento industrial y doméstico

Para el viajero que descubre a la primera ciudad cubana, Baracoa, la profusión de cocoteros se graba de tal forma en su retina que al recordar estos paisajes evocará necesariamente al llamado árbol de la vida o de los cien usos.

En una vegetación ya de por sí exuberante y hermosa, reconocida como una de las mejor conservadas en la Isla, esas plantas se enseñorean junto al cacao y el café como los principales rubros productivos de la comarca, donde sus hombres y mujeres atesoran una ancestral experiencia en su procesamiento doméstico e industrial.

En la geografía de este municipio, segundo en importancia de la más oriental provincia, Guantánamo, están las mayores extensiones de esa fruta en la Isla, con más de 9 450 ha que rebasan el 30 por ciento de su tierra cultivable. De esa notoriedad se deriva que posea las únicas industrias cubanas de aceite de coco y carbón activado.

Por un momento de buenas expectativas transita hoy la producción cocotera en la región, que ha sufrido sus altas y bajas por razones múltiples que van desde dificultades en las atenciones agrotécnicas hasta el embate de fenómenos meteorológicos diversos. Desde hace alrededor de diez años se impulsa la renovación de estos campos con la siembra de unas 50 caballerías anuales, que completarán más de 500 para el 2010.

MASA ALMIBARADA Haciéndole honor a su condición de árbol multipropósito, el cocotero se entrega hasta las últimas consecuencias al hombre que lo cultiva, además de no resultar excesivamente exigente en cuidados y aplicaciones químicas. Su amplio aprovechamiento va desde alimento en muy variadas formas, hasta la industria de perfumería y cosméticos, o como materia prima para artesanías y elemento ornamental.

Para los lugareños, el reverdecimiento de ese patrimonio natural deviene asunto de identidad y autoestima, pues no puede concebirse a Baracoa sin el cucurucho, ese dulce elaborado manualmente con la blanquísima masa de la fruta, o sin el agua medicinal y refrescante contenida en ella. Tan es así, que antes de llegar a la villa, en pleno ascenso por La Farola, la portentosa carretera que la enlaza con el resto del territorio nacional, pueden degustarse ya los famosos conos alargados, donde la masa almibarada está protegida por un envase confeccionado con yaguas de palma. Precisamente uno de los encantos de esa golosina tan apreciada por los baracoenses y visitantes es su valor ecológico y natural, sin añadidos industriales o químicos.

Más que una nota pintoresca del paisaje, los cocoteros identifican a la ciudad y sus contornos, al igual que lo hacen en otras muchísimas islas tropicales y latitudes que incluyen a naciones asiáticas, africanas y de Centroamérica.

En Cuba, aunque el emporio del coco está en estos parajes orientales, lo cierto es que sus matas pueden encontrarse en cualquier patio de vecino, de un extremo a otro de la Isla. El total estimado en el país asciende a más de 18 700 ha y en los centros turísticos devienen importante componente decorativo.

UN FILÓN PRODUCTIVO Por su ecuménico origen, que lo sitúa en muy diversos puntos del planeta, y la nobleza de su comportamiento agrícola, son variopintos los enclaves geográficos donde el coco está presente como filón productivo.

Según registros, alrededor de 1830 se realizó la primera exportación de aceite de coco de Sri Lanka a Inglaterra para su empleo en la industria jabonera. En el desarrollo de esa agroindustria, la isla asiática ha acumulado una valiosa experiencia que está dispuesta a compartir con los cubanos.

En una reciente visita a Baracoa, el doctor Salinda Dissanayake, ministro para el Desarrollo del Coco en esa nación, evaluó las perspectivas de colaboración tras recorrer plantaciones y departir con trabajadores y directivos.

Esa posibilidad de intercambio abre una nueva etapa en las potencialidades del coco y se suma a las acciones emprendidas en Cuba para elevar el aporte de ese renglón como rubro exportable y para el consumo nacional.

Se hace justicia así a un producto recibido en estos lares como un don de la naturaleza. Acostumbrados a su presencia virtualmente silvestre en campos y ciudades, no viene mal poner más de cuidado y amor con esas plantas, algunas empinadas como para tocar al cielo y otras cargadas con sus frutos casi a ras de suelo.