Matanzas, la legendaria y hermosa Ciudad de los Puentes, dueña de una riqueza espiritual que la hiciera acreedora en el pasado siglo XIX del sobrenombre de “Atenas de Cuba”, atesora innumerables bellezas naturales y una cultura que es expresión de todo el caudal de pensamiento y poesía que han arrastrado las aguas de sus ríos a través de la historia. Matanzas, con su mítico Pon Pon, su Cueva de Bellamar, su Valle del Yumurí; la del majestuoso teatro Sauto, la de Milanés y Carilda, despierta a un nuevo día abriendo las puertas de lo que constituye uno de los grandes símbolos que la distinguen: la Botica Francesa del Dr. Triolet. Un grupo de turistas, bajo la dirección de un guía, esperan el momento para descubrir esta joya de la que tantas referencias poseen. No imaginan que éstas nunca serán suficientes comparadas con la realidad que les depara este establecimiento que ha trascendido las fronteras del tiempo, y que hoy es motivo de visita obligada para todo aquel que desee conocer esta ciudad, o que simplemente esté de paso por ella. Como en otras ocasiones, no he podido resistir el impulso de participar, junto a los visitantes, en el recorrido por cada una de las estancias del Museo y oír de boca del guía esas descripciones y relatos que siempre me han fascinado; pero que ahora escucho como si fuera ésta la primera vez, ya con la conciencia de su riqueza y sorpresas que encierran para el conocimiento humano. Así, imbuida del espíritu de sus fundadores, me apresto a recorrer sus salas y escuchar la historia de la Botica Francesa del Dr. Triolet, única de su tipo en el mundo y hoy convertida en el Museo Farmacéutico más preciado mundialmente. El 1ro. de enero de 1882 fue fundada, en la antigua Plaza de Armas de la Ciudad de Matanzas y por los Doctores en Farmacia Juan Fermín Figueroa y Ernesto Triolet Teliebre. Dos poderosos sentimientos constituyeron los pilares sobre los que se erigió esta instalación: la amistad y el amor, pues fue la primera la que unió a sus fundadores hasta la muerte, y fue el segundo quien se encargó de engrandecer y conservar esta gran obra para la posteridad. Las familias Figueroa y Triolet no sólo estaban unidas por lazos de amistad, por cuanto la hermana del primero, María Justa de Figueroa –fallecida tempranamente- contrajo matrimonio con el Dr. Ernesto Triolet, quien había llegado de Francia invitado por su amigo para establecerse en esta ciudad; luego de la muerte de ésta, Triolet contrae segundas nupcias con la hija de Figueroa, Doña María de los Dolores, primera mujer cubana que se recibiera como Doctora en Farmacia en 1886, en Nueva York; con esta última, quien sobrevivió al esposo 44 años, el francés fundó una familia de artistas y científicos, además de consolidar y engrandecer una obra de connotados valores culturales y científicos: la Botica Francesa, lugar en que el tiempo se ha detenido y en el que se palpa aún la presencia de quienes la crearon, presencia inmanente de la que dan testimonio las muchas narraciones, relatos, historias o leyendas que remiten a fenómenos de carácter parasicológico o poltergeist ( término alemán que alude a la existencia de duendecillos) los que, según cuentan, tienen expresión concreta en el Museo. Triolet, como auténtico hombre de ciencia, era un incansable trabajador; su talento, cuidado y amor; su atención a cada detalle, hicieron que la Botica se convirtiera en una de las más prestigiosas del país, en especial por la calidad y originalidad de los productos preparados en ella. Además de un ejemplar padre de familia, pues al decir de María de los Dolores y sus hijos “él consideraba cada detalle de sus existencias como cosas trascendentales”, también fue un denodado investigador que estaba al tanto de los acontecimientos científicos más relevantes de la época, lo cual aún hoy se evidencia en su magnífica y conservada biblioteca. Por otra parte, elaboró productos propios, varios patentados por él, llevando una muestra de ellos a la exposición universal de París de 1900, exposición en que obtuvo medalla de bronce. Entre esos productos figuraban: jarabe Café Compuesto, elixir Tridigestivo, píldoras Febrífugas Vegetales, vino Ferroquinoso, entre otros. Triolet no regresa del viaje; muere en París como consecuencia de una fuerte pulmonía, el 19 de diciembre de 1900. Una bella anécdota relacionada con una carta escrita por su esposa –que lo acompañó en el viaje- y hecha a petición del propio Triolet a su hijo Ernesto, en la que se le anuncia la muerte del padre, concluye con estas palabras: “No lo olvides nunca. Sé bueno como él, imítalo” y con la firma del moribundo emborronada por sus propias lágrimas. La Botica se abre como Museo un 1ro. de mayo de 1964 y fue el encargado de su cuidado y atención hasta que muere, en enero de 1975, el hijo menor del matrimonio, Ernesto Triolet Figueroa. Gracias a su dedicación y también anteriormente a la de su madre, encargados ambos de preservar las conquistas de su fundador, la farmacia fue entregada a los que a lo largo de los años, la han conservado con el mismo amor y conciencia de sus reales valores patrimoniales. En el Museo Farmacéutico, otrora Botica Francesa del Dr. Triolet, no se elaboran medicamentos; pero constituye, por la inmensa cantidad de información científica que atesora, un centro de referencia para quienes sistemáticamente se dedican al estudio de las terapias naturales. Aquí se puede consultar bibliografía científica del siglo XIX y de la primera mitad del XX, además de los libros de asentamiento de recetas, que guardan todo el quehacer de la Botica en 55 tomos que contienen millón y medio de fórmulas, hechas todas en el establecimiento, y prescritas por prestigiosos médicos matanceros como Madam, Cuní, Font y Carnot, entre otros, quienes, reitero, enviaban a sus pacientes a que les prepararan aquí sus medicamentos; esto durante 82 años y 16 días, ya que la Botica cierra el 16 de enero de 1964, día en que se prepararon cuatro fórmulas; había abierto el 1ro. de enero de 1882. Valga aclarar que estos formularios constituyen la base de muchos productos medicinales que fabrican actualmente prestigiosos laboratorios cubanos como los de Labiofam, por ejemplo, y otros de medicina natural.

Donde el tiempo se ha detenido Ahora, en realidad, es que comienza el recorrido por las diferentes estancias del Museo; pero antes, me detengo en la fachada y, en especial, mi mirada se posa en ese farol de la guardia que, desde la fecha en que se abre la Botica, está colocado en el mismo lugar y que hoy forma parte de ese caudal de leyendas o ¿realidades? que giran en torno al establecimiento, como aquella que afirma que dicho farol, en ocasiones, se enciende los lunes, como para recordar el día de guardia de la farmacia. Ya desde el zaguán, percibo esa atmósfera peculiar que me traslada en el tiempo hacia la época de fundación. Aquí se hallan una cabina telefónica, los bancos para los mensajeros y un etiquetero de 150 gavetas en las que se han conservado más de un millón de etiquetas empleadas para rotular los productos aquí elaborados. Todo parece estar impregnado del espíritu de sus creadores; cada objeto, cada recipiente, en magnífico estado de conservación, parece tener vida propia ¿ Serán las repetidas historias de fantasmas y duendes que merodean por el lugar, las causantes de estas sensaciones que siempre experimento cuando lo visito? No especularé al respecto; es mejor dejarse llevar por ellas sin buscarles explicación y poder disfrutarlas libremente. Nos detenemos en la llamada propiamente “botica”, primera sala. En época del funcionamiento de la farmacia era el área de ventas al público; en ella sobresale la majestuosa estantería hacha de cedro por el catalán Don Juan Flores. Está presidida por los bustos de Galeno e Hipócrates y posee en el centro, esculpida en mármol de Carrara, la imagen de la Purísima Concepción, colocada ahí, sin dudas, con el propósito de que el lugar estuviera bendecido por la virgen. La colección de albarelos (potes de porcelana) fue manufacturada en Francia y encargada especialmente para este establecimiento, al igual que los “Ojos del Boticario”, bellísimos recipientes que contienen agua destilada en diversidad de colores, para los que se compró la exclusividad de diseño en Checoslovaquia. En el mostrador central se aprecian una bella balanza de mármol y bronce para el pesaje del menudeo, escoltada por la “copa fundacional”, elaborada en porcelana de Sevres, con las fotografías de sus primeros dueños impresas en el mismo material ( la del Dr Ernesto Triolet y la de su primera esposa, Doña María Justa de Figueroa); al otro lado, una bella copa guardaconservas de cristal, regalada por el propio Triolet a su segunda esposa, y en cuya parte superior guarda un vino elaborado por él especialmente para ella, completa este conjunto admirablemente conservado como el primer día. Los visitantes se afanan por curiosear lo que contiene cada estante, cada gaveta; algunos hacen anotaciones; otros se asombran ante lo que descubren; pero todos parecen haber olvidado el tiempo, para sólo recrearse en lo que observan, en estas únicas y nuevas vivencias que han tenido la oportunidad de incorporarse. Llegamos a la denominada “rebotica”, la segunda sala; en su centro se halla la extraordinaria mesa dispensarial de una sola pieza, hecha de jocuma amarilla, diseñada por el propio dueño. Sobre ella encontramos verdaderas joyas que el tiempo ha hecho más apreciadas: pildoleros de loza o de bronce, copas graduadas, morteros de porcelana y cristal, prensa-colcho, moldes para óvulos, supositorios y obleas, además de un etiquetero y portafrascos giratorio. La mesa está rodeada de gavetas en las que se encuentran colchos, tapas, medidores y frascos de la época en que la botica se hallaba funcionando. La estantería también exhibe albarelos franceses de más de un siglo, medicamentos, tinturas, extractos, balanzas, morteros de cobre, bronce o hierro. Al final, el herbario, con plantas importadas para la obtención de sus principios activos y una biblioteca de farmacia, medicina y botánica, con textos de alto valor científico y lo más notable de la farmacopea española, francesa y norteamericana del siglo XIX, se integran a estas reliquias tan altamente valoradas por los amantes de la cultura y los hombres de ciencia que visitan el lugar. Posee el Museo tres áreas de almacenaje, un balconcillo en la rebotica y un almacén para guardar productos importados como jeringuillas, sueros y la llamada patentería de prestigiosos laboratorios franceses, españoles, alemanes y cubanos; también, la colección de libros de asentamiento de recetas que recogen todo lo hecho en la Botica, conformada, como se había señalado, por 55 tomos. Otros productos obtenidos aquí como polvos, ungüentos, pomadas, tinturas, extractos fluidos, esencias y jarabes, además de instrumentos que se vendían a médicos, clínicas u hospitales, como generador de oxígeno, electrocardiógrafo, autoclave y una bella colección de biberones franceses, muestran también sus peculiaridades y originalidad. El laboratorio era el alma de la botica, según nos aclara el guía; siempre funcionó con leña y todo un instrumental manufacturado en cobre y bronce que aquí se encuentra hoy en perfecto estado de conservación: alambiques, percoradores, lixidiadores, cazuelas, jarras y embudos. También se observan morteros confeccionados con diferentes materiales y de gran tamaño, y una colección de garrafas con vinos, jarabes y extractos. El patio central posee en sus paredes estantes que atesoran frascos de diferentes colores, pues se envasaban los medicamentos según su fotosensibilidad; muchos tienen, al relieve, el nombre del producto a envasar, el de la farmacia y su dirección; eran todos de factura norteamericana. Un detalle curioso sin dudas lo es el tipo de construcción del edificio, lo cual ha hecho posible que a pesar de lluvias y ciclones, la estantería del patio no haya sufrido daño alguno, cosa que verdaderamente parece inexplicable. En realidad, después de poseer esta aproximación a un fenómeno, considerado único por su singularidad y estado de conservación, nuestra sed de conocimientos y conciencia de todo lo que aún nos depara la vida por descubrir se acrecienta; entonces, ardemos de curiosidad por conocer las llamémosles “historias de fantasmas y duendes de la Botica”, las que contribuyen a mantener esa aureola de misterio en torno a ella. Con este fin me encamino a la casa del Dr. Ercilio Vento Canosa, afamado médico matancero, investigador, escritor y presidente de la Sociedad Espeleológica de Cuba, además de mi amigo, sé que él satisfará mis expectativas.En la entrevista realizada al Dr. Vento, éste expresa criterios y nos relata historias tan interesantes como las siguientes: “Pienso que de todas las instituciones museables de la ciudad, la que se conserva en mayor grado de integridad estructural es ésta; también se conserva el real ambiente de lo que fue, pues las personas que han trabajado en ella a lo largo de los años, han luchado denodadamente porque todo se mantenga tal y como fue desde los orígenes, porque también se conserve el espíritu de las cosas, el que sin lugar a dudas, se identifica con el de las personas que fueron capaces de crear una institución que ha sido perdurable en el tiempo, más allá de los cambios externos que el fluir de la vida trae consigo; de ahí que, si vamos a hablar en un lenguaje esotérico, todos estos son argumentos ideales para las expresiones fantasmagóricas o para aquellas que tienen relación con los llamados fenómenos poltergeist. Así, a lo largo de su historia, la Botica Francesa, al parecer, ha sido escenario de apariciones y misteriosos fenómenos de los que han dado testimonio no pocas personas y trabajadores del establecimiento: los golpes del bastón de Triolet que se escuchan en el piso superior, aquel que sirviera de vivienda a la familia; el ruido de unos pasos que suben las escaleras; el jarrón de porcelana con las fotografías de Triolet y su esposa - una en la cara posterior y la otra en la anterior- y que gira de una a otra posición; en ocasiones con la fotografía del fundador de la farmacia hacia el frente; en otras con la de la esposa y viceversa; una niña que corre de un lado a otro, la que según cuentan murió joven y era parte de la familia; los pomos, cuyas etiquetas se colocan en una posición y sistemáticamente aparecen en otra; las campanadas de un reloj que ha permanecido parado durante largos años; la magistral descripción de la farmacia realizada por un trabajador nuevo que no estaba impuesto de información alguna, durante el transcurso de una visita y que al concluir, él mismo no sabía en realidad lo que había pasado, entre tantas otras; pero ninguna historia más sobrecogedora que aquella de la que la propia Directora del Museo y otros trabajadores declaran haber sido testigos: La imagen de la Purísima Concepción fue colocada en su urna desde la fundación de la Botica y ahí permaneció por años sin ser tocada. Con motivo de una reparación que se estaba realizando en el local, los trabajadores sacaron la imagen y la lavaron; después de haber sido limpiada y cuando se iba a situar en su lugar, todos los allí presentes, incluyendo a la Directora, persona de pensamiento materialista y, por tanto no precondicionada para estos fenómenos ni influida previamente, vieron surgir de la virgen una luz azul que se expandió brevemente para luego desaparecer. Esta visión, según se cuenta, hizo que un albañil que se encontraba allí ocasionalmente exclamara: ¡Yo aquí no pongo más los pies! La Directora se dirigió a un sacerdote de la religión católica y le preguntó si tenía alguna explicación para ese fenómeno, a lo que éste le respondió que esto solía ocurrir cuando la virgen quería demostrar su agradecimiento por cualquier acto hecho a su favor”. ¿Realidad, leyenda, fenómenos debidos a la sugestión? En realidad, poco importa su naturaleza, cuando en la esencia de todo está la gran obra del hombre, inspiradora de hallazgos ya sean de carácter esotérico o enriquecedores del espíritu y el intelecto. Son estos hombres, los creadores, “los que no dejan que las cosas pasen, sino que hacen que las cosas pasen”, los que verdaderamente escriben la historia.