JOYASEl encanto de las piedras exóticas
El afán del ser humano por realzar su figura y belleza llega de tiempos remotos y nunca ha dejado de acompañarlo. Desde las épocas más primitivas, en las que el hombre buscó sólo abrigo para la supervivencia, comenzó ese especial interés. Y así, a lo largo de la historia, han ido apareciendo (y también desapareciendo, ¿por qué no?) todo tipo de afeites. Sin embargo, las joyas han permanecido, y quizás lo más sorprendente es que han logrado librarse de la tiranía que la moda impone a las prendas de vestir o al calzado. Pequeñas gargantillas, collares enormes, anillos para todos los dedos de las manos y hasta de los pies, pulseras de todo tipo a colocarse en cualquier parte del brazo... Las piezas pueden ser largas, brillantes, gruesas, ligeras, delicadas, cortas, opacas, finas o grotescas... todo es válido y todo es moda, pues están hechas de los más variados y finos elementos, por lo cual tocarlas es una delicia y verlas, una especie de recreación visual. No es de extrañar, por eso, que joyeros y orfebres tengan la absoluta libertad de dar rienda suelta a su imaginación para “jugar” con los recursos que a ese fin ha dado a los hombres la Madre Naturaleza. Porque las obras pueden ser elaboradas a partir de preciados metales como el oro y la plata, y adornadas con piedras preciosas o semipreciosas y, hasta incluso, rocas fósiles, cristales, cuero o hilos... No existen límites si la imaginación vuela alto.
UN POCO DE HISTORIA Los objetos para adornar el cuerpo no necesariamente deben contener materiales preciosos. De hecho, la alhaja aparece muy temprano en la historia, mucho antes de que la Humanidad aprendiera a identificar cuáles metales o piedras pueden ser ubicados en tal categoría. Se han encontrado sartas de cuentas realizadas con un claro propósito ornamental por humanoides anteriores al Homo Sapiens. Pocos o ningún pueblo –sin temor a lo absoluto del término- han dejado de adornarse, aún cuando fuera con discos de madera o semillas ensartadas. Precisamente, al aumentar el conocimiento y riqueza de las naciones, se agregaron a las joyas el oro, la plata y los cristales preciosos. Luego aparecieron nuevos materiales, cuya belleza, valor y cualidades hicieron que se les incorporara al trabajo de orfebres, con el único fin de resaltar el sentido último de esta prenda: dar placer estético y sensual al usuario y a quien la mira. Desde tiempos remotos, en América se trabajó el oro y la plata que simbolizaban deidades primigenias en las culturas que poblaron este territorio mucho antes de la Colonización. Ello explica el sinnúmero de leyendas acerca de una ciudad de metales preciosos que, con la llegada de los europeos, se extendió por todo el continente en la utópica búsqueda de El Dorado. Mas lo cierto es la existencia real de importantes yacimientos de esos minerales preciosos, que permitió un desarrollo de la orfebrería en toda Latinoamérica a partir de las características propias de cada región, sus raíces precolombinas y el aporte que colonizadores e inmigrantes dieron a esa cultura. Por esa historia nadie duda que ésta es tierra de artesanos, y resulta muy importante la platería que elaboran países como México, Ecuador, Colombia, Perú y Argentina... y más aún, las caprichosas combinaciones que se imponen en la actualidad, para las cuales esta parte del planeta cuenta con materiales de especial belleza. Diseñadores y orfebres redescubrieron la vistosidad de las antiguas piedras: el topacio, la aguamarina, la amatista, el cristal de roca, la turquesa y la turmalina recuperaron su viejo fulgor y centellearon en pulseras, brazaletes y relojes. El ónix, el coral, el nácar y el jade crearon efectos decorativos exóticos para los joyeros que, además, aprovecharon el contraste de piedras transparentes y reflectoras de luz con otras mates y opacas. Así, mezclaron esmeraldas con turquesas, ónix con diamantes, cristal de roca con corales rojos o zafiros con esmeraldas y rubíes, con lo cual elementos claves de la historia autóctona de América recuperaron su significación.
LEYENDAS Y MAGIA En la antigua sociedad Maya, que ocupó México y Centroamérica, el jade fue más apreciado que el oro y su valor, antes que material, era de índole mágico-religioso, por lo cual la piedra se utilizó para la elaboración de objetos sacros y artísticos. La posesión de jade denotaba alta jerarquía y la aristocracia se embellecía con orejeras, pendientes, collares, máscaras, pectorales y muñequeras donde lucía la piedra y hasta los gobernantes usaban diminutas de estas piezas para decorar sus dientes. Al jade se le asociaba con la fertilidad, con los granos de maíz tierno, el agua y la vida. Los “chalchihuites” (cuentas redondas hechas de jade) se colocaban en la boca del difunto, junto con el maíz, para que no pasara hambre y no tuviera carencias espirituales durante su vida futura. Los gobernantes y nobles eran sepultados con máscaras mortuorias de jade para que los Señores del Inframundo los identificaran y pudieran recibir un trato especial, de acuerdo con su jerarquía. Se encuentra en varios colores: los Mayas utilizaban el negro en sus ceremonias de magia oculta; el verde claro era el indicado para abrir las puertas del más allá después de la muerte y es el tono hallado en las tumbas en forma de collares, vasijas y otros utensilios. Una tonalidad muy apreciada era el jaguar, verde oscuro con vetas negras, utilizado en amuletos de buena suerte, y el azul, verdaderamente exótico. El ámbar, en tanto, es una resina vegetal fosilizada, dura, quebradiza y aromática, producto de árboles prehistóricos. Se trata de un fluido viscoso que, al contacto con el aire, se endureció y con el paso del tiempo se transformó en lo que es hoy esta gema semipreciosa. No resulta extraño encontrar en su interior diminutos fragmentos de origen animal o pequeños insectos que, atrapados en su proceso de formación, quedaron preservados hasta hoy. Se encuentra en la zona mexicana de Chiapas, Nicaragua y República Dominicana, y su origen proviene de una leguminosa, el algarrobo, correspondiente al período geológico Terciario. Al ámbar se le atribuían propiedades sobrenaturales y se le asociaba con diferentes cultos y prácticas religiosas. Antes de la conquista española, en el siglo XVI, algunos pueblos de México y Centroamérica lo utilizaron para distinguir a los grandes soldados que no temían ni a la guerra ni a la muerte. Un ejemplo de ello es que los chiapanecas (pueblo de origen maya que ocupó el centro del hoy estado mexicano de Chiapas) usaban cristales de ámbar encajados en las telas nasales, que les hacían lucir la nariz “como trompa grande”, según descripciones de la época. En esos tiempos eran las regiones de Simojovel y Totolapa las que proveían de la resina fósil a los pueblos de Mesoamérica (territorio ocupado por importantes culturas del continente y que abarca del centro de México al sur de Honduras). Hoy, aunque en Totolapa continúa la extracción de ámbar, es en Simojovel donde existe una arraigada tradición artesanal y una próspera economía basada en su explotación y comercio. El ámbar posee una gran variedad de colores: claro, casi transparente, amarillo claro y rojizo, amarillo-verde y morado, amarillo-azul en todos sus tonos, verde-amarillo muy claro, verde esmeralda, rojo claro, rojo rubí u oscuro casi negro, tono pardo muy claro, diferentes tonalidades de negro (rojizo, verde, morado y negro puro), variedades fluorescentes de azul, color hueso, nacarados y veteados. Para elaborar las obras con esta gema, los artesanos utilizan lijas de agua, cuchillos, herramientas de joyería y hasta cortadoras, pulidoras de motor e instrumentos propios de odontólogos. Y el resultado es una gran variedad de figuras. Las más comunes son gotas, corazones, cruces, triángulos, colmillos o estrellas. Los verdaderos artistas pueden hacer cualquier figura zoomorfa o antropomorfa, real o mitológica, en dependencia de su creatividad y del tamaño de la pieza en bruto. Solo o combinado con plata y oro, el ámbar puede lucirse en cualquier tipo de alhaja o joyería. Otro encanto para los diseñadores, pero esta vez obtenido de la profundidad del mar, es el coral, organismo que encuentra un hábitat propicio en las partes profundas de los arrecifes. Algunas especies se explotan comercialmente para fabricar artesanía y joyería, pues el esqueleto adquiere un aspecto de porcelana negra cuando está pulido. Sin embargo, el mayor valor del coral negro es místico, debido a la rareza de estos organismos y al peligro asociado con el buceo para colectarlos. Cuentan las leyendas que a la variedad de color negro se le atribuía cualidades medicinales y afrodisíacas; algunos pueblos lo usaban como amuleto para evitar el “mal de ojo” por creer que poseía propiedades mágicas. Al margen de tales creencias, lo cierto es que ofrece un distinguido toque en aretes, anillos, gargantillas, pulsos, dijes o broches, en combinación con plata u oro. EXCLUSIVIDADES DEL NUEVO MUNDO El larimar se ha convertido, sin dudas, en un símbolo de identidad para República Dominicana. Su atractivo color azul cielo, así como su dureza, aptitud al pulido y brillo peculiar, hacen de esta piedra un excelente material de joyería. Solo se encuentra en la región suroeste de ese país, en la Sierra de Bahoruco. Descubierta en la primera mitad del siglo pasado, no fue hasta la década del 70 en que, tras algunos años de pruebas en un taller artesanal, la también conocida como turquesa dominicana fue bautizada con el nombre de larimar y a partir de entonces ha sido favorita en la elaboración de prendas distintivas de esa nación caribeña. Y si de rarezas hablamos, no puede pasarse por alto la bolivianita, conocida antes por ametrino (fusión de amatista y citrino), una gema que recién da sus primeros pasos en el mercado internacional por su sutil combinación de tonos violeta, lila y miel. Se trata de una piedra de la familia del cuarzo, cuyo único yacimiento conocido está en Bolivia, departamento de Santa Cruz, donde hace millones de años ocurrieron recristalizaciones que mezclaron armoniosamente la amatista y el citrino para dar paso a esta maravilla geológica. Sin embargo, nadie duda que las piedras más importantes y variadas halladas en Sudamérica se encuentran en el escudo brasileño. El Estado de Minas Gerais es justamente famoso por su abundancia y variedad en gemas pues en él aparecen diamantes, topacios, esmeraldas, aguamarinas, morganitas y otros berilos, espinelas, granates, kunzitas, turmalinas y cuarzos de todas las variedades. Otros estados de Brasil famosos en este sentido son Bahía (turmalinas y esmeraldas) y Río Grande do Sul (amatistas y ágatas). Fuera de este gigante sudamericano, resulta indispensable mencionar las esmeraldas colombianas de los yacimientos de Muzo y Chivor, sin duda las de mejor calidad, el lapislázuli de Chile, la odocrosita de Argentina, los diamantes de Venezuela y Guayana, las perlas de Isla Margarita (Venezuela) o la criscola de Perú. En realidad, toda una variedad capaz de satisfacer el más exigente gusto del más exigente de los mortales...
Por Livia Agacino Fotos: RomerO
Pies de fotos:
Los objetos para adornar el cuerpo no necesariamente deben contener matariales preciosos. Aparecen mucho antes de que la Humanidad aprendiera a identificar cuáles pueden ser ubicados en tal categoría. Se han encontrado sartas de cuentas realizadas con propósitos hornamentales por humanoides anteriores al Homo Sapiens.
Muchas piedras preciosas o semipreciosas tuvieron un elevado significado mágico-religioso en las civilizaciones americanas.
América Latina y el Caribe exhiben un amplio catálogo de joyas, a partir de piedras autóctonas del continente sudamericano
Las joyas han permanecido a lo largo de la Historia y han logrado librarse de la tiranía que la moda impone
En América se trabajó el oro y la plata que simbolizaban deidades primigenias en las culturas que poblaron este territorio mucho antes de la Colonización.