Caracoles Cofres de maravillas
Diminutas gotas saladas mojan sorpresivamente los pies; los ojos tropiezan con un objeto semi enterrado, que al reposar después en la mano, seduce con destellos de luz. Recoger conchas o caracoles es motivo recurrente y de referencia cuando se quiere ilustrar una estancia feliz junto al mar. Y, aunque parezca manido, casi siempre suele ser verdad. Extender los brazos y hurgar sin querer por entre la arena fina, es ya un acto mecánico de relajamiento, como lo es también andar desenfadadamente kilómetros para llenar bolsillos y reversos de sombreros con ejemplares chicos o grandes, blancos o multicolores. Moverse en El Caribe por toda el área de especiación de los moluscos gasterópodos, es una suerte de clase magistral de zoología y en particular de malacología, pues si bien es cierto que el Oceáno Índico es el emporio por excelencia de esos animales, lo es también la llamada provincia Antillana que abarca desde La Florida hasta las costas caribeñas de América del Sur. Por ese mecanismo humano de asociación de un objeto con otro, es posible comparar a una Cyprea cervers con el pelaje dorado de un camélido y algunos Quincontes o Cassidaes traen a la memoria una camisa a cuadros. Nada mejor como aperitivo que unas aceitunas deliciosas y eso parecen por su forma las Oliva reticularis Lamarck, las que, sin embargo, imitan desde el dibujo de su concha a las redes de pesca. Los litorales, tanto de Cuba como de Santo Domingo, Guadalupe, o las porciones norte de México, Nicaragua, Costa Rica o Colombia, dan frutos elocuentes de diversidad y belleza a través de estructuras duras, firmes y moldeadas de mil maneras que fueron, antes de significar un obsequioso mensaje de amistad o de ser parte de alguna singular colección, el hogar de moluscos marinos de cuerpos blandos. Nos acompañan desde siempre y, gracias a sus oportunos hallazgos, se han podido fechar períodos remotos del Cámbrico y en especial estratos del Cenozoico, pues los caracoles, pertenecientes a la clase de los gasterópodos, se nos adelantaron en poblar la Tierra sin hacer distinción en la geografía y ecosistemas planetarios. Las regiones tropicales conocen de su profusa existencia. Aunque la principal atracción está en su estructura cálcica externa conocida como concha, sería injusto desconocer al ser vivo que la produce: un molusco cuya cabeza bien delineada luce dos pares de tentáculos con ojos. Su increíble poder de desplazamiento se debe a su solo pie musculoso, portador de gran cantidad de energía y capacidad de locomoción, a través de una serie de contracciones musculares ondulatorias. Estos animalitos suscitan jugosas evocaciones a los paladares exóticos en franca adhesión a los escargots, caracoles de la cocina francesa, producto de la cría en tierra, o a la Caracola Reina del mar de las Antillas. La Cittarium Pica Linneo, conocida como cigua, extinguida ya en la Florida y que vive en las costas rocosas antillanas, es una excelente carnada de pesca por ser algo así como un imán vivo, y alegría también de los pescadores, dadas las muchas recetas de arroz con cigua en armoniosa compañía con una cerveza bien helada.
Fronteras de sonidos y nácares Todo el colorido caribeño parece estar en ella: el rojo del Sol en el horizonte, el ardor amarillo de los arenazos, el azul avioletado de un cielo a punto de abrirse a la noche. La Strombus gallus linneo, de unos 197 milímetros, con un rotor de la concha de 120 a 200 milímetros, tiene forma de cresta de gallo y su canto interior se escucha como el suave susurro de las olas. Es posible colectarla al viajar los miles de kilómetros que separan a La Florida de Brasil. Difícil sería establecerle fecha al primer gesto humano de aproximarse al oído una caracola, con lo cual se pudiera especular, pero nunca fue un juego infantil y sí curiosidad innata por descubrir qué escondía prodigio natural semejante. La Cassis Tuberosa Linneo lleva en sí misma toda la energía de las aguas o un distante llamado de tritones y sirenas. A su apariencia alargada y carmelitosa, más a semejanza de los suelos que de los medios acuosos, se añade un sonido muy “cotizado” entre expertos y neófitos. La sonoridad interior de las grandes caracolas encontradas en las playas por los indios Taínos, en el Caribe insular, o Arauacos, en la franja continental americana del sur, impulsó sin dudas a los pobladores originarios de la región a buscar una mejor utilización a “las casas” de los moluscos. Su configuración tubular y su increíble resonancia, las convirtieron probablemente en uno de los primeros instrumentos musicales. Se sabe que en Cuba a la Strombus gigas linneos, comunmente conocida como Cobo o Guamo, se le cortaba un ápice la punta y ya estaba lista para transmitir mensajes a distancia. En la magistral obra El huracán, su mitología y sus símbolos, el sabio cubano Fernando Ortiz se acerca a una temprana cosmovisión caribeña y americana, donde la furia del mar y el viento, entonces inexplicables fenómenos metereológicos, se condensaban en la figura de los Gamos o Cobos. Hubo una asociación imaginativa de la morfología en espiral de los cobos con el paso de los huracanes y las trombas marinas, tal vez por sus líneas espiroideas amén de sus vibraciones. Mas su relación no quedó sólo en esa perspectiva, por lo que estos “gigantes” caracoles se convirtieron, además, en elemento sagrado de los aztecas. Quetzaltcóalt los tenía como un gran símbolo de poder, con propósito mágico-religioso y hoy por hoy, se les encuentra en los restos arqueológicos de esa importante civilización americana, o sea, en lugares de interés histórico, turístico y cultural. El Tecciztli (vocablo indígena) o Gran Caracol, fue el emblema de la luna y eficiente trompeta. Asimismo, los indios del río Orinoco le veían utilidades espirituales al incluirlos en sus ritos religiosos. Por otra parte, en las culturas antillanas Guanajatabey y Auanabey, clasificadas entre las concheras, era frecuente la pulverización de los cobos para mezclar éstos con hojas de tabaco que, al ser inhaladas, producían el éxtasis y visiones de los behíques (brujos o chamanes). Muy emparentados con los gasterópodos por ser moluscos resguardados por una cubierta (de carbonato de cal, fosfato y conquilina) conocida como concha, los bivalvos (ostras y mejillones) son otros de los seres vivos del mar que se tienen entre los elementos preciados de los arrecifes coralinos y las playas tropicales. Siguiendo la lógica de su nombre, estos constan de dos láminas protectoras, unas veces gruesas como material ígneo, y otras delicadas como finas capas de cera brillosa o porcelana francesa de Limouge. Pese a la profusión de estos ejemplares en El Caribe, no es posible afirmar que los bivalvos de la región clasifiquen como excelentes productores de perlas, tan admiradas y buscadas universalmente para la elaboración de joyas. Sin embargo, el animal alojado en el manto protector produce capas de nácar que, sin llegar a convertirlos en una ostra perlífera del Japón o del Golfo Pérsico, ofrece a la vista increíbles imágenes. Abombado, el Amunsiun Laurenti nada tiene que envidiarle a un estuche perfecto creado por un artesano hábil, pues la naturaleza supera cualquier acto consciente. Las juntas de estas dos conchas están tan bien alineadas que al cerrarse son casi imposibles de abrir sin correr el riesgo de partirlas. En cambio la Asaphis deflorata linneo, al “desplegar” sus dos mitades, revolotea cual mariposa aleteante de amarillo flameado con pinceladas moradas. Y un corazón espinoso de color casi negro es la Trachycardium muricatum linneo, que llega a asustar por su “luto”, el que paradójicamente irradia vida al asomar su interior blanquiamarillo. Todos ellos, los bivalvos, tienen otro denominador común y es su provocación a la caricia, dicho así por muchos conquilólogos (coleccionistas de conchas) quienes pagan altas sumas de dinero para deslizar los dedos por materiales lisos y tersos como la piel de un bebé. El Parque Nacional Natural Corales del Rosario, en Colombia, que abarca 119 506 hectáreas, cuenta con el principal parque submarino del país, admirado en toda su extensión sumergida a lo largo de 30 islotes y cayos. Sus visitantes buscan no sólo pecios y aventuras de buceos: las caracolas y conchas de playa generan más de un ¡Oh! de grata sorpresa. La cayería Jardines del Rey, en Cuba, suscita similar interjección por igual motivo, y qué decir de la playa El Macao, en República Dominicana, considerada por la UNESCO una de las mejores del Caribe. Su denominación toca muy de cerca a los moluscos, ya que los macaos son cangrejos oportunistas que al tener un cuerpo blando necesitan de una “coraza” y como son incapaces de producir ninguna, se apoderan de las que recalan por el vaivén de las olas.
Habitantes de tierra adentro “Caracol, caracolillo, saca tus cuernos al sol” así reza una tonada heredada por los ancestros españoles, quienes tras mucha observación, supieron que los moluscos de tierra firme prefieren la humedad y la sombra. Los bosques cubanos están habitados por curiosas especies de Fasciatus y de Zachrysia auricoma, cuya alimentación esencial se basa en los líquenes de los troncos de los árboles, por lo cual constituyen, tal y como indican los malacólogos, agentes naturales muy útiles para la sanidad vegetal de esos ecosistemas. Suelen tener colores parduzcos con bandas negras o carmelitas, y hacen de las lluvias sonadas fiestas, oportunidad esperada para “inundar” hojas y tallos con sus abundantes colonias. Esta otra aproximación a la naturaleza, diferente al famoso esquema de sol-playa, permite incursionar, además de en la modalidad del turismo ecológico, también en la del científico. Para ello, Cayo Santa María, al norte de Villa Clara en Cuba, o el lago natural Grand Etang en las Islas Guadalupe, son reservorios ideales para andar con lupa y haciendo anotaciones, luego de divisar, en el último sitio mencionado, una Pomacea glauca. Las palmas de la fama se las llevan las polymitas, endémicas de Cuba, y en particular las polymitas picta, venusta o las versicolor, localizadas en Baracoa, en el oriente del país. Se dice que ninguna concha de otro molusco, ni tan siquiera la de los marinos del Pacífico, se le compara en belleza y perfección cromática. Su fortaleza visual radica en tonos puros lo mismo de amarillo, carmelita, rojo y hasta de algunos azules. Esta fabulosa especie se encuentra, en la actualidad, protegida por regulaciones legales de estricto cumplimiento, ya que su recolección indiscriminada en el pasado reciente, con fines ornamentales, puso en peligro su existencia y la de animales que dependen de ella para alimentarse. Tal es el caso del Gavilán Caguarero, objeto de búsqueda de incontables expediciones especializadas.Pese a esos casos, Cuba está considerada como el paraíso de los malacólogos. Ornamentos para el recuerdo Cada nación del Caribe tiene su peculiaridad y atractivo que suele ser “perseguido” como trofeo por los viajeros. Una recomendación útil: visite entonces las plazas y mercados de artesanías. En espacios abiertos y casi siempre repletos de mesas y estanterías, los vendedores presentan réplicas en miniaturas de los arrecifes de coral, o exóticas lámparas-candil de conchas, fabricadas a partir de braquiópodos, entre otros valiosos objetos. Los mismos terminan por ocupar espacio en más de una maleta, gracias a la habilidad de los comerciantes. Algo similar ocurre con los collares y aretes confeccionados con tellinas, bivalvos pequeños y delicados de colores tenues, o los pulsos hechos con coquinas llamadas popularmente habichuelas de mar por sus tonalidades verdosas. El tonel cepa de las Antillas Menores adquiere mayor prestigio que sus semejantes a partir de la producción de perlas semipreciosas de color rosáceo, que llegan a cotizarse bien por poseer la dualidad de adorno popular con visos de joya cara. Jamaica, Trinidad Tobago y hasta Cancún se vanaglorian de sus Murex, que por sí solos, sin transformar intencionalmente ninguna de sus partes, clasifican como objetos bellos. Existen los Murex brevifrons de excepcional color negro cual mariposa nocturna, o los Argo, con ornamentos tales como ramificaciones arbóreas. Desde épocas precolombinas, las conchas han despertado interés. En tiempos recientes se hallaron en enterramientos mayas de la península de Yucatán, México, conchas variadas y en abundante cantidad, con lo cual se sostiene la hipótesis de que coleccionarlas no es un hobby moderno. La suntuosidad, elegancia y belleza sin par, obliga a abrir los ojos ante conchas y caracoles. No es posible mantenerse ajeno a esos cofres de maravillas.
El turismo científico es otra modalidad de aproximación a la naturaleza. Cayo Santa María, al norte de Villa Clara en Cuba, o el lago natural Grand Etang, en las Islas Guadalupe, son reservorios ideales para ello.
En el Caribe hubo una asociación imaginativa de la morfología en espiral de los cobos con el paso de los huracanes y las trombas marinas, tal vez por sus líneas espiroideas amén de sus vibraciones.
Se dice que los Orishas, deidades afroamericanas, “hablan” o transmiten sus mensajes a través de los Cyprea Moneta o Cauríes, caracoles marinos, o de los nombrados “cinturitas”. Evocando su poder adivinatorio, un sacerdote de ese culto sincrético interpreta 12 de los 16 caracoles permitidos por el complejo y rico sistema Oddun de los Yorubás. A la manera en que caen los caracoles se le llama letra y si lo hacen hacia arriba están en condiciones de “hablar”; de lo contrario, se recomienda visitar a un babalao, es decir, se asume que al consultante no le van bien sus asuntos, en otras palabras, tiene problemas. Llegadas de la lejana África, las creencias locales se adaptaron a las nuevas formas de vida que incluían a la esclavitud, episodio trágico para unas cuantas generaciones de hombres y mujeres que se vieron obligados a proteger sus cultos. Tanto en Jamiaca, Cuba, Brasil o en el Vudú Haitiano, los dioses están representados por elementos de la naturaleza como piedras y caracoles, con la función de ayudar y guiar la vida diaria.