Ayuntamiento Municipal
Cementerio de Santa Ifigenia

Si Santiago de Cuba no poseyera la fascinante historia que hoy la acredita como la más heroica de las ciudades cubanas, tan solo un contacto con su gente y su cultura bastaría para fijarla en la memoria del visitante. Y es que Santiago enamora desde el primer paso, por la cordialidad, el calor humano, el espíritu bohemio y musical, que corren como ríos desbordados por sus ondulantes arterias. Lo primero que sorprende la vista es su arquitectura, una peculiar simbiosis de los estilos coloniales con el vistoso ecléctico de los primeros años de la República. Edificaciones como la Casa de Diego Velázquez, primer gobernador español de la isla; el Ayuntamiento Municipal, construido en 1950 siguiendo planos del siglo XVIII; y la imponente Catedral, dan fe de un contraste del que puede disfrutarse con solo llegar al céntrico Parque Céspedes. Otros sitios representativos de la arquitectura santiaguera son el Museo Emilio Bacardí, inaugurado en 1928, y que atesora importantes colecciones artísticas, históricas y arqueológicas; la Casa del poeta romántico José María Heredia, el cantor del Niágara; y el Castillo del Morro, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1997. Ellos forman parte de la veintena de museos que confirman la natural confluencia entre historia y cultura que ha ocurrido en Santiago de Cuba. Prueba de ello son también los más de 30 Monumentos Nacionales diseminados en el amplio perímetro citadino, entre los que resalta el Cementerio de Santa Ifigenia. Esta joya del arte funerario en Cuba, de 133 mil metros cuadrados de extensión, fue abierta en 1868, y en ella reposan los restos mortales de numerosos próceres de las gestas libertarias, como el Héroe Nacional José Martí, y el Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes.

Un calidoscopio musical Fundada en 1515 entre las primeras villas coloniales, Santiago ha sido el escenario en que mágicamente se han mezclado los principales ingredientes de la cultura cubana. Desde la llegada de los españoles y los esclavos africanos, hasta las sucesivas oleadas de chinos, árabes y franco haitianos, los santiagueros se fueron moldeando entre ritmos y tradiciones diferentes, que los convirtieron en personas alegres, hospitalarias y, sobre todo, muy musicales. No es de extrañar entonces que esta ciudad haya visto crecer dos de los más importantes géneros de la música cubana: la Trova y el Son. Ni que sus calles guarden los pasos de algunos de sus más ilustres representantes: Pepe Sánchez, Sindo Garay, Miguel Matamoros, Compay Segundo, Eliades Ochoa. Ni que en la concurrida esquina de Heredia y San Félix, donde antes estuvo el bohemio Cafetín de Virgilio, hoy la Casa de la Trova reciba a los más autóctonos cultores de la música santiaguera. Como tampoco es de extrañar que haya sido en esta ciudad donde trabajase hasta su muerte en 1803, el presbítero Esteban Salas, notable músico del Barroco americano cuyas obras aún pueden escucharse, junto a las de otros compositores cubanos y extranjeros, en la antigua iglesia de Dolores, convertida en una acogedora sala de conciertos. Pero esta musicalidad alcanza verdadera dimensión popular cuando se camina Santiago adentro. Cuando se baja hasta la calle Martí y se escucha a la centenaria Conga de Los Hoyos. Y se comprueba cómo, en el sonido de los tambores y la corneta china, se manifiesta esa mezcla de herencias que hace posible el rítmico contagio del auditorio hasta hacerlo bailar desenfrenadamente, más allá de cualquier diferencia social. O cuando se llega a la intersección de San Bartolomé y Maceo, sede desde 1961 de la Tumba Francesa “La Caridad de Oriente”, una sociedad cultural de siglo y medio cuyos orígenes se hallan en la inmigración francesa ocurrida en tiempos de la Revolución de Haití. En sus toques, sus cantos, sus coloridas danzas, sobrevive aún el fermento inicial que, transmitido de padres a hijos, dio lugar a esta auténtica manifestación del folclore oriental.

Calor de pueblo Santiago es su gente. Y su gente, además de una musicalidad desbordante, es dueña de un desenfado, una jovialidad, un orgullo por sus raíces, que la identifica en toda Cuba. Nadie como los santiagueros para disfrutar el lado alegre de la vida, y nadie como ellos para trocar este atributo en la verdadera fiesta popular que son los Carnavales. Celebrados cada año alrededor del 25 de julio, día del patrono Santiago Apóstol, sus inicios se remontan hasta las festividades religiosas de fines del siglo XVII. Durante estos días recorre las calles un desfile de congas, comparsas y carrozas, que el pueblo observa desde las aceras y balcones, para luego fundirse a la delirante procesión al compás de los tambores. Una tradición que no puede separarse de las fiestas carnavalescas es la del ron. Desde los primeros años de la colonia, la ciudad vio nacer una verdadera escuela para la producción de esta bebida a partir de las mieles de la caña de azúcar, la que en la actualidad muestra su exquisitez en la excelencia de marcas como Caney, Matusalén, Varadero, y Caribbean Club. Pero más allá del Carnaval, de la cultura santiaguera emana un calor solo comparable al de su tropical verano. Ya sea en sus empinadas calles, sus instituciones culturales, o en sus animadas peñas deportivas, donde se discute de béisbol o se juega el típico dominó oriental; Santiago de Cuba extiende al visitante los lazos de hermandad de un pueblo que nunca renuncia a la alegría.

Santiago posee más de 30 monumentos nacionales e innumerables sitios que hay que visitar. En la imagen, de arriba a abajo: Ayuntamiento Municipal; Cementerio de Santa Ifigenia; Parque Céspedes y el Castillo del Morro “San Pedro de la Roca”.