Cine Latinoamericano, poética de la diversidad
Francia, Italia y España, las más importantes plazas cinematográficas del viejo continente, comenzaron a tenerlo en cuenta desde hace algunos años ya no como algo exótico o exuberante llegado de un lejano paraje. El séptimo arte latinoamericano impuso su presencia gracias a su incuestionable calidad y diversidad.
Este último término ha sido el más socorrido por críticos y especialistas en el quehacer fílmico de la región. La diversidad tanto de miradas como de estilos, llegó para instalarse en un cine que en la década de los 80 resurgió con nuevos bríos en países que antaño habían gozado de épocas de oro.
Guillermo Arriaga, guionista de la laureada cinta mexicana Amores Perros, comentó durante el 23 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana realizado en diciembre último que "América Latina tiene más historias que contar que otros países. Existen contrastes muy fuertes, situaciones difíciles, pero al mismo tiempo hay alegría de vivir y una fuerza vital a la que se suma una creatividad sin limites".
Se debe defender toda posibilidad de cine, desde la comedia hasta la tragedia más reflexiva. "Lo importante es que sean historias bien contadas, con personajes que nos lleven a pensar en quiénes somos", afirmó.
Fue así como se presentó en el 2001 el panorama fílmico latinoamericano. Largometrajes como los chilenos Taxi para tres (Orlando Lubbert) y La fiebre del loco (Andrés Wood) se alzaron con palmares en citas como San Sebastián (España) y La Habana, o Biarritz (Francia), respectivamente.
A estos se sumó el éxito de las cintas mexicanas Y tu mamá también (Alfonso Cuarón) y Perfume de Violetas (Nadie te oye), de Marise Systach, la uruguaya En la puta vida, ópera prima de Beatriz Flores Silva, o las brasileñas A la izquierda del padre (Luiz Fernando Carvalho) y Domésticas, de Fernando Meirelles y Nando Olival.
Cabría añadir las argentinas La ciénaga, primer trabajo en largo de Lucrecia Martel exhibida en la rigurosa cita de Berlín, Alemania, y ganadora del primer premio Coral en La Habana, La fuga (Eduardo Mignogna) y El hijo de la novia (Juan José Campanella).
Nacido como necesidad de reflejar la situación de la región con un lenguaje propio, el cine latinoamericano ha mantenido hasta nuestros días esos presupuestos, asumidos ahora por cineastas noveles que, desde su perspectiva, ofrecen al mundo un cine riguroso, alejado del puro afán comercial. Con una producción que ha ido saliendo paulatinamente de la depresión de la última década, Cuba presentó en el 23 Festival de La Habana Las noches de Constantinopla (Orlando Rojas), Nada (Juan Carlos Cremata Malberti) y Miradas (Enrique Alvarez).
Si bien las definiciones sobre el presente y el futuro de la cinematografía de la región encuentran los más variados calificativos, tanto directores como actores y productores señalan que la coproducción seguirá siendo la tabla de salvación para cinematografías que, sin el apoyo de capital foráneo, no podrían subsistir.