La importancia social y cultural del humorismo, sobre todo el gráfico, es incuestionable, así como la de sus más destacados artistas, quienes por la propia esencia crítica de ese fenómeno, han influido en el desarrollo de las ideas y en el afianzamiento de nuestra identidad. El ejercicio del humor en Cuba es cualidad inseparable de nuestra gente; no lo limita frontera alguna y trasciende el tiempo y las circunstancias, al punto de que se manifiesta hasta en los más dramáticos instantes. Cada cultor es un intérprete y le imprime a su obra el sello indeleble de su personalidad y de su particular visión del mundo y sus contemporáneos.

Creo que la obra de Manuel, y basta decir Manuel para saber que nos referimos a Manuel Hernández, ilustra como pocas estas reflexiones. Los caminos recorridos los ha ido conquistando a fuerza de talento y trabajo, mucho empeño creador e imaginación. Nació y creció en una modesta familia de origen campesino, en la finca paterna, en el valle de Guamacaro, entre Cárdenas y Limonar, el cual, en la época en que nació Manuel, 1943, ya era famoso por la malanga que allí se daba. Su infancia fue, como la de cualquier niño o adolescente campesino. Ese mundo lo conoce perfectamente porque lo sufrió, lo vivió, lo disfrutó.

Su timidez lo tornaba retraído, poco comunicativo. Quizás por ello mismo era muy apegado a la tierra, a la naturaleza; pero sentía la necesidad y la urgencia de aprender, de modo que leía todo libro que le caía en las manos. Observador minucioso del universo que lo rodeaba, tenía la certidumbre de que quizás podría pintar, esculpir o escribir. Era algo que lo impulsaba, que lo obligaba, como una fiebre, y le era imposible sustraerse de aquella pasión.

Lo interesante en Manuel es que descubrió la ironía antes que el humor, precisamente por el carácter incrédulo, desconfiado, irónico del campesino cubano. Ahora confiesa que no sabía contar cuentos ni era simpático, pero sí escuchaba atentamente a los guajiros cuenteros, más o menos comediantes, que uno encuentra dondequiera.

El humorismo en la obra de Manuel, lo que él llama sus "chistes", no agrede ni tiene la intención de humillar, más bien quisiera que la presunta víctima también lo disfrutara. Los chistes agresivos le molestan. Él, por su parte, siempre trata de ser sutil. Pone como ejemplo el chiste actual de un personaje que sirve en una cafetería para el turismo. Dice una mujer:

- Oye, qué comunicativo es, qué amable. Y la otra mujer replica: - Y, sin embargo, tiene la casa llena de rejas y perros.

O sea, que no se trata, como dice Manuel, de que el tipo es "malo" o que no tiene remedio, sino más bien de tocarle la piel, no de sacarle los huesos. Manuel entiende que uno tiene su identidad, que no puede escapar de ella ni cambiarla y que el humor que se cultiva en las zonas rurales difiere del que se practica en el entorno urbano. No olvida que mudarse para la ciudad de Matanzas, cuando tenía 13 años, fue como desarraigarse de un mundo y entrar en otro, tan diferente del conocido por él que hasta en el sentido del humor eran muy distintos; por ejemplo, el suyo tenía visos intelectuales en los inicios, era más procesado, pero siempre buscaba que no se redujera al chiste por el chiste, sino que tuviera una intención, un sentido. Una periodista norteamericana observó que lo mejor de su humorismo era lo que no decía, es decir, lo que había detrás, lo que se infería del chiste, lo que sugería.

En el Servicio Militar Obligatorio se descubrió a sí mismo como caricaturista. Hacía trabajos de propaganda, dibujos y pinturas en carteles y vallas. Pero vio que con las caricaturas los mensajes eran más fuertes, llegaban más. Aquella fue para él como una escuela donde se entrenaba perfilando su labor. En ese momento conoció a Posada, prestigioso caricaturista cubano, que dirigía El Sable, suplemento humorístico de Juventud Rebelde. Posada le publicó algunos dibujos en la contraportada de este periódico, hecho muy importante para el artista que trabajaba muchísimo y entregaba decenas de dibujos que fueron publicándose también en otras revistas, al punto que hasta 1990 colaboró en 11 de ellas. Desde Angola, donde permaneció un año, enviaba sus dibujos al suplemento humorístico Dedeté con la misma frecuencia con que lo hacía en La Habana.

Su obra es un gran fresco de la sociedad cubana de los últimos 30 años, no sólo por los miles de dibujos publicados o expuestos, sino también por su capacidad para penetrar, revelar y desmitificar los más variados e insospechados aspectos, problemas y gentes de nuestra contemporaneidad, aunque siempre individualizados en sus cartones. Manuel es un cronista imprescindible para quien pretenda estudiar este tiempo convulso, las debilidades, preocupaciones y complejidad, epidérmica o sinuosamente oculta, de nuestra Isla.

Desde hace algunos años, Manuel el humorista ha redescubierto dentro de sí al pintor y disfruta con enorme placer el ponerse a pintar al cabo de más de 30 años desde que estudió Arte en Matanzas, su ciudad. Y no sólo al pintor, también al ceramista. La primera experiencia en esa modalidad consistió en hacer tres platos que obtuvieron medalla de oro en la Bienal del Humor, en San Antonio de los Baños. Ocurre que en su incursión por la pintura, el artista vuelve a su estado original, el del universo rural, gente de la tierra, que esos son sus personajes, entonces se relaja como cuando uno vive en el campo y está en contacto con la naturaleza. Para él, el mundo del humor es el de la ciudad; el de la pintura, es el campo, es la felicidad. Define el humor como un momento, un detalle, en tanto que la pintura es grande, es un camino. Diríase que consciente o inconscientemente, busca a través de la pintura y de los asuntos campesinos que representa, la niñez perdida, como si intentara recuperar el estado idílico, paradisíaco de su infancia.

Su experiencia con la pintura es la de los sucesivos hallazgos, la de las inesperadas sorpresas. Tal vez también podría repetir con Picasso que él no busca, encuentra. Como artista de raza se exige más a sí mismo, se impone metas más difíciles, más complejas, más altas, y ahí aborda la pintura, como una musa lejana en el tiempo, misteriosa, aparentemente inasible y por ello mismo más atrayente. Un día se le acercó un turista y le dijo que los campesinos en sus pinturas eran poéticos, tranquilos, de vida feliz y ello lo había visto en sus rostros, en su forma de ser. Pero Manuel, eterno inconforme, siempre cuestionándolo todo, me dice:

- A lo mejor el campo no es así tampoco, porque la visión que yo doy es lírica, idílica, un poco soñadora. - Quizás con el tiempo y su propio trabajo aborde otros temas más allá del campesino. Por el momento, le quedan muchas guardarrayas, linderos y campesinas lindas por pintar.

Premios obtenidos

Año 1989: VI Bienal del Humor de San Antonio de los Baños. Medalla de oro (dibujos sobre platos de cerámica) Año 1995: IX Bienal del Humor. Premio especial Jean Effel Año 1997: Feria Internacional del Artesanía FIART 97. Medalla Pablo Picasso que otorga la UNESCO Trabajos en cerámica: Numerosos premios nacionales e internacionales a platos y porrones con temas humorísticos