Plástica y cocina se hacen cómplices en la obra de uno de los pintores cubanos contemporáneos más sensuales.

En el discurso visual de buena parte de su obra adquieren especial protagonismo las frutas cubanas y algunos elementos primigenios de la cocina como sartenes, cucharones, jarras… ¿Qué intenta decirnos Montoto con esas figuraciones tan asociadas a la alimentación?

«Pienso que influyen muchísimas razones, por un lado nuestra tradición cultural hispana (Velásquez, Zurbarán, Rivera…) que ha alimentado siempre mi carrera, y por otro el contexto propio, quizás he estado signado por el medio en que me he desenvuelto, primero una niñez pobre, ambiente rural, sin ninguna riqueza…

«En la filosofía de mi obra se ha ido haciendo más fuerte en el sentido de la economía de medios, siempre me ha gustado expresar y comunicar cosas con la menor cantidad de medios posibles, sin aspavientos, amontonamientos o barroquismos, una pintura minimalista.

«Hay una contradicción propia en mi obra importante, si bien me apropio de la visualidad del barroco histórico, al mismo tiempo mi pintura no es barroca, es mas bien clasicista, esto mucha gente lo ha visto como una contradicción, la visualidad parece ser formal pero no lo es. Si fuera así, llenaría esos escalones, muros, piedras de frutas. Sin embargo, de modo contrario, siempre aparece la escasez, que yo pretendo que sea lo más fecunda y productiva posible.

«Ahora bien, la fruta aparece específicamente en mi obra como un elemento de sensualidad, que indudablemente tiene que ver con mi personalidad, si yo no fuera una persona sensual, extremadamente sensitiva al mismo tiempo, entonces ambas cosas no las reclamaría para mi obra.

Justamente en un ambiente donde la visualidad era oscura, yo necesitaba jugar con elementos contradictorios que me salvaran de la improductividad y rispidez de esos ambientes, que aportaran sensitividad, sensualidad y deseo.

«La fruta en mi obra activa el deseo, el apetito, no solo de comer sino carnal, sensorial porque generalmente mis frutas son suaves, exploto la jugosidad de los frutos para recordar un poco la misma psicología con la que el cubano compara la fruta con la piel, el sexo, el disfrute carnal».

¿Cuáles frutas le son más cercanas?

«Por el color, las frutas que tienden a lo rosas son más atractivas, más sensuales. También depende de cuanto te gusta comerte una fruta…una de las que más disfruto es la papaya, su color por sí solo despierta el apetito. A mí me encanta, es difícil que en casa no haya papaya, es una de nuestras frutas preferidas, también me gusta mucho el mango, el aguacate (esa ambivalencia entre fruta y vegetal), y lo que nosotros los cubanos llamamos vianda…»

¿Qué reflexión le provoca lo que está ocurriendo a nivel mundial, las preferencias por lo natural en el mundo desarrollado, la internacionalización de la cocinas típicas?

«Hoy la mayoría de los restaurantes del mundo son eclécticos, cartas que te permiten paladear un plato asiático, latinoamericano o europeo como algo cotidiano.

«Los gustos se hacen cada vez más plurales, versátiles, expansivos, los paladares se han ido adaptando, como el oído humano lo ha hecho a escuchar lenguas cada vez más diversas en todas las grandes ciudades cosmopolitas, a tomar una gran variedad de bebidas, incluso desconocidas…

Nos vamos haciendo democráticos, muy abier-tos a lo diferente, las fronteras se abren, se borran, nos encantan las curiosidades de pueblos diferentes. Diría que dentro de los flujos culturales de esta centuria, los de la culinaria y las prácticas alimentarias tal vez sean los más dinámicos y móviles».

Por el año 2000, tuvo una experiencia con los Vinos Fantinel S.A, al diseñar la etiqueta principal para el Merlot, suceso sin antecedentes en Cuba, país sin tradición vinícola y justamente cosechado en Pinar del Río, su tierra natal: ¿qué motivaciones tuvo para este trabajo?

«Fue una experiencia muy extraña, en principio nunca me hubiera propuesto esto. Generalmente las cosas que me piden las trato de ajustar a la visión estética de mi pintura, no al revés.

«En este caso, desde las primeras conversaciones para acotar lo que se iba a hacer, mostré mis dudas de por qué mi pintura, pues probablemente lejos de sumar valores a los Vinos Fantinel le restaría o dañaría la imagen, pues yo pondría una sola uva; de poner un racimo ya no es mi pintura, me costaría mucho conseguir eso sin lastimar la esencia de mi obra.

Entonces me dijeron ¿y si pusieras tres uvas?, y me dije, bueno hasta ahí si llego…y podría agregarle una hoja de parra y me gustaría aún más tomar al instrumento que se usa para cortar la vid.

«Entonces me trajeron una tijera, me gustó más pintar la tijera. El resultado, traté de hacer una composición lo más precaria posible, que se pareciera a mi pintura y no ofendiera a los vinos…Creo que quedó bastante feliz y además utilicé un título bien cargado como en todas mis obras: “Historia elemental del vino”».

Su obra ha sido motivo de campañas publicitarias de empresas dedicadas a la prestación de servicios de alta restauración en Cuba, como fue el caso de Palmares o el Hotel Inglaterra. ¿Qué sensaciones conviven entre cocina y plástica, más allá de la metáfora discursiva intencional?

«Ambas son actividades humanas de diverso tipo, pero que confluyen en algo fundamental, acotado sabiamente por Aristóteles, que es el sentido de la techne y la poiesis, esas dos cosas juntas formaban el descubrimiento de lo productivo. A través de la techne el hombre descubrió la habilidad del hacer, el construir o fabricar algo que no estaba, así produce un artefacto artístico lo mismo que un plato para comer.

«Descubrió que se podía cocinar la carne, condimentar, echarle sal para mejorar su sabor, digamos que en general hay un elemento de techne en toda actividad humana, tanto en el arte como en la cocina, pero hay también un acto de poiesis, es decir de creatividad, y es en la razón poética donde el hombre encuentra y dimensiona al arte como lado de belleza, como lado estético, de expresividad, y en la culinaria el hombre descubre también un lado estético, que estimula el placer de los sentidos, un lado hedónico, que hace comulgar a la alimentación, y las prácticas culinarias y rituales gastronómicos con el arte.

«A veces hablamos de la cocina, del arte, como terrenos bien definidos e independientes, y en realidad un taller de artista es una especie de cocina, donde se machacan los condimentos de la obra que va a salir, un lugar donde necesitamos mezclar cosas, adicionar, romper, rasgar, quitar, cortar, millones de elementos que tienen que ver con el arte..y eso mismo pasa en la cocina, son actividades paralelas y muy similares donde tenemos que adicionar, quitando, “probando”…

«Un área de complicidad que podemos establecer es la de la accidentalidad, para mí la cocina y la obra de arte, sobre todo la plástica son experimentales, son experien-cias vívidas, únicas e irrepetibles, cuando el artista trata de pintar un cuadro a partir de una receta conocida, por mucha experien-cia que tenga si fuera a repetirlo en cada obra nunca sería igual. En la cocina pasa lo mismo, sabes la cantidad de sal que tienes que poner a un determinado plato, la pimienta, pero ni a todos los que siguen la misma receta les queda igual al otro día, ni a uno mismo.»