Gregorio Fuentes
Gregorio Fuentes, antiguo compañero de travesías de Ernest Hemingway, ha llegado a los cien años de edad sin hacerle mucha reverencia a tanto tiempo, como si estuviera seguro de que su alma, al igual que su mito, está destinada a ser inmortal.
Conserva el modo de hablar concluyente, casi bíblico, que tienen los solitarios. Se entusiasma con sus propias anécdotas, las cuenta, les pone colorido, pero por momentos prefiere casi el silencio, entonces la conversación avanza a duras penas con monosílabos, como si él intentara olvidar. Sus respuestas largas, con detalles que a veces edulcoran el mito de su amigo, tienen tanto valor como sus momentos de silencios y negativas, típicos de quién sabe, pero, por discreción, prefiere callar o escabullirse con palabras inesperadas y parquedades. -Le piden con demasiada frecuencia que hable de Hemingway. - Yo comprendo que el único en el mundo que puede decir y saber quién era ese señor soy yo. Sólo yo se quien fue él. Digo que era un hombre como pocos hay en la tierra, humano, generoso, con un corazón grande. Ayudaba a otros a subsistir y les daba su derecho como no vi hacer a nadie. -¿A veces no le agrada conversar tanto sobre esos recuerdos? -No me gusta recordar esos tiempos, vienen todos los momentos juntos. A nadie le gusta acordarse de alguien que ya está muerto y fue su amigo, como su padre. No me gusta recordar, de verdad. -¿Cómo se conocieron? -Nos encontramos en el mar. Su lancha había quedado sin gasolina, estaba al garete. Me hizo señales para que lo recogiera. El tiempo era muy malo. Lo llevé hasta el estado de La Florida, hasta un lugar que él, a pesar de ser norteamericano, no conocía. Un lugar a 75 millas de Cayo Hueso donde entonces él tenía casa. Se volvió loco de alegría. Al llegar, lo llevé a un teléfono de larga distancia para emergencias. El cubano sabe, me dijo. Si uno es marinero, tiene que saber, respondí. Nos hicimos amigos. -¿Que le enseñó usted a Hemingway? -De la vida nunca le enseñé nada. Nunca me metí en su vida. Del mar, sí, muchas cosas. Le enseñé dónde estaba el buen pescado. Los caminos que había que caminar. Los mares que había que navegar. Fue lo único. Así él quedaba contento. -¿Y Hemingway que le enseñó a usted? -No tenía nada que enseñarme. -¿Usted envidiaba la vida de él? -No. Nunca. -¿Cómo usted llegó al Caribe? -Tenía seis años y tuve que luchar para sobrevivir. Mi padre era navegante español. Cuando niño me decía que aprendiera a leer y escribir, pero yo respondía que primero era mejor conocer su oficio. Salimos para Cuba, pero el murió en el viaje. Un señor de Islas Canarias, a quien reconocí por el acento, me ayudó cuando le conté lo sucedido. Desde entonces siempre trabajé en los barcos. En 1926 me casé y tuve hogar. Siempre he vivido junto al mar. El oficio de marinero nunca se pierde, nunca se va a perder en el mundo. -¿Se parece el Hemingway de la prensa al Hemingway real? -En muchas cosas sí, en otras muchas no. -¿En qué no se parecen? -De eso no me gusta hablar. ¿Cómo hay gente que no se ha dado cuenta de quién era ese hombre? Era una persona con un corazón humano que a pocos he visto. Era un hombre para todos: niños, pobres, mujeres derrotadas. Respetaba a todos, y a todo el mundo le daba su regalo. Yo fui su cocinero, marinero, capitán de su barco, compañero. En las cosas que podía ayudarme, me ayudaba. Yo siempre trataba de que él quedara contento. Yo era todo para él, y él era todo para mi. -¿Usted hubiera arriesgado la vida por él? -Yo le decía: a donde vaya usted, voy yo; y si muere usted, muero yo. -¿El le contaba sobre la vida privada? -Nada. Sólo me comentaba los libros que escribía. Una vez me dijo que iba a preparar uno que sería de los dos. Me pidió ir por cayos e islas cercanas. Fuimos. Escribió entonces “Islas en el Golfo”. -¿Es cierto que usted también vio el combate de un pescador con una aguja que después inspiró “El viejo y el mar”? -Claro. Le preguntamos si quería ayuda y él respondió: váyase a la mierda, norteamericano. Le dejamos refrescos y alimentos. Papa tenía un corazón muy humano. -¿Ha leído los libros de Hemingway? -No me hace falta para saber de que tratan. -¿Se los regalaba? -¡Cómo no! -¿Ha visto las películas sobre los libros de Hemingway? -No. -¿Ustedes hablaban de política? -Nunca hablábamos de política. Yo miraba, observaba y callaba. -¿Le comentó alguna vez aquel único encuentro con Fidel Castro, durante el torneo de pesca de la aguja? -Nunca, nunca hablamos de eso. -¿Usted recuerda como él le dio la noticia del Premio Nobel? -Estaba yo en el Pilar, arreglando quien sabe ya si los motores o el tanque de gasolina, y el llegó, y me dijo: “mira, tenemos dinero. A esto también tiene derecho usted”. -¿Hemingway le habló de su niñez? -Nada. -¿De los padres? -Nada. -¿De mujeres? -De algunas aventuras como hombre. -¿Bebían juntos en el barco? -El mismo trago, whisky. El aguantaba el compás mientras yo iba a buscar los “buches”: uno pa’ ti, otro pa’ mi, le decía. En esos ratos el manejaba el barco como si fuera yo. -¿Cómo era cuando se molestaba? -Nunca lo vi de mal humor conmigo, ni con nadie. Conmigo siempre tenía buen humor. Era una relación pacífica. Eramos hermanos. -¿La última vez que se vieron sabían que se estaban despidiendo? -Yo sabía que estaba enfermo. Me dijo: cuídese bien, como usted ha sabido cuidarse. Cuide bien mi Pilar, como lo ha hecho siempre. -¿El le dijo que estaba enfermo? -Yo lo supe por los médicos. Sabía que no podía escapar de la enfermedad. Los médicos advirtieron que se mataría, lo tenía metido en la cabeza. El conocía lo que podía la enfermedad. Yo siempre pensaba, cualquier día se mata. -¿Usted recuerda otros problemas de salud de él? -Su problema de salud era la leucemia. Era todo lo que tenía. Yo no notaba trastornos de los nervios, pero si lo sentía quejarse. -¿Es verdad que tenía unas 200 cicatrices? -No es cierto. Yo recuerdo sólo que su cuerpo era fuerte. -¿Cómo eran sus manos? -Igual que las mías, de hombre fuerte. -¿Y sus ojos? -(Silencio largo) No le sé decir. Ya no recuerdo cómo eran. -¿A usted le sorprendió la noticia de la muerte? -No. -¿En los últimos tiempos hablaba del suicidio? -En los últimos tiempos, sí. En los buenos tiempos, no. -¿Quedó algo por decirle? -Nada. Lo dijimos todo. -¿Cree que Hemingway hubiera aprobado tener el yate en Finca Vigía? -Seguramente. El me lo dejó a mi para que lo cuidara como yo lo había sabido cuidar, y yo siento que hice lo que tenía que hacer. Donde mejor está su barco es en su casa. Lo visito de vez en cuando. Si por mi fuera, lo vería todos los días. -¿La casa está como en los tiempos de entonces? -Todo está conservado allí. -¿Después de los cien años que espera? -La muerte, igual que todo el mundo a esa edad. -¿Usted tiene miedo a...? -Miedo a nada. -¿Miedo a perder la memoria? -Ni a perder la memoria. -¿Ya terminó el objetivo de su vida? -No pienso en eso, ni en los años que voy a vivir. -¿Por qué brinda en sus cumpleaños? -Sólo doy las gracias a todos y me convenzo de que son mis amigos. -¿La imagen que le queda de Hemingway es la de un solitario, un hombre muy concentrado en su vida, apartado? -Sí, es verdad. Así lo considero siempre y lo admiro. -¿Cree que de no haber estado enfermo, él se hubiera ido de Cuba? -No, nunca. -¿Usted aún sueña con Ernest Hemingway? -Lo tengo en el alma.