Santuario de la africanía cubana.

Un espacio urbano de indudable interés para el transeúnte común y para el especialista se en­cuentra en pleno co­razón de La Habana.

De 40 millones de africanos transportados a América, más de un millón de ellos fueron asimilados por las plantaciones cubanas, a partir del primer cuarto del siglo XVI. A ese medio trasplantaron sus hábitos, costumbres y prácticas religiosas, que sufrieron grandes transformaciones como resultado de un largo y contínuo proceso de sincretización por la influencia de la iglesia católica y de su evangelización. Este fenómeno, común en toda América, es muy evidente en Cuba en las religiones de origen africano representadas por la Regla Osha o santería y el Culto a Ifá, de procedencia Yoruba, con base en Nigeria, así como la Regla Conga, Palo Monte o Palo Mayombe, esta última oriunda del área Bantú, una de las más antiguas y extensas de Africa. Junto a ellas tomaron lugar la sociedad secreta Abakuá, integrada sólo por hombres, también proveniente de Nigeria y los cultos de los Arará y Ganga, del antiguo reino de Dahomey, hoy Benin, y de otras áreas del occidente de Africa. Cada una de las religiones de origen yoruba o bantú, con gran arraigo en la población cubana, tiene sus dioses y santos u orishas y nkisis (espíritus), a quienes veneran y rinden tributo cotidianamente para obtener su gracia en un recíproco "toma y daca". La mayor de esas ofrendas es la consagración de los creyentes a su "ángel de la guarda", que los convierte en babaloshas o iyaloshas, babalawos (sacerdotes del Culto Ifá) o paleros. La iniciación en cualquiera de estas religiones, además de resultar muy costosa , implica contraer serios compromisos que deben ser respetados por el creyente hasta su muerte. Los ritos y ceremonias a las deidades africanas tienen su base en las prácticas originales, pero todas, por lo general, han sufrido sustanciales cambios por la influencia católica e iniciativa personal de algunos sacerdotes de esos cultos. Sin embargo, según el nigeriano Wande Abimbola, sacerdote de un alto nivel en la religión yoruba, Cuba es el país de mayor ortodoxia en esas prácticas, seguida por Brasil. Olofi, dios de los yorubas, es la deidad suprema de santeros y babalawos, mientras que Nzambi posee los mayores poderes para los paleros. Dentro del Panteón de cada una de las religiones provenientes del sur del Sahara, los orishas, con una amplia gama de bondades, ocupan también lugares jerarquizados. Toda la cultura cubana tiene de una u otra forma presente en sus manifestaciones, esas viejas raíces que conservan una gran fuerza dentro de la población de la ínsula El Callejón de Hammel, situado en la popular barriada de Cayo Hueso, en el norte de la Habana, es uno de los lugares más atractivos para cubanos y turistas extranjeros por su exótico mural, de intenciones expresivas, representativo de la rica herencia legada a Cuba por Africa. Extendido a lo largo de más de 100 metros, de los 200 que abarca la vieja callecita, la obra muralista se presenta como una exposición abierta con la pintura de Salvador González. Cubren el espacio dioses, orishas, nkisi, gigantescas aves en vuelo, iremes o diablitos, respaldados por explicativas y sentenciosas inscripciones que alertan sobre la vida, peligro y muerte como elementos complementarios para la comprensión integral del mensaje. Círculos y símbolos, en crea­tiva abstracción, se acercan al contorno del Ate (Tablero para la adivinación en el Culto a Ifá, procedente de Nigeria). Todo estampado, con hábil maestría, aparece en las viejas paredes, dominadas por una rica policromía en la que el color rojo toma el mando como tributo a Shangó (Rey de Oyó, dios de la guerra, del rayo y del trueno en la religión yoruba). Elemento complementario del gran objetivo, en el espacio se exhibe una gigantesca "Nganga", prenda o fundamento del Panteón de la Regla Conga, Palo Monte o Palo Mayombe, cobijada en la reproducción de un pequeño bohío. En un local de pe­queñas dimensiones, situado a la entrada del Callejón, se venden yerbas porque, según leyendas africanas, el monte y sus plantas son portadores de espíritus be­nefactores, aunque también se refugian en él los espíritus que vagan por su maldad. En una miniatura de cuarto por local, el artista ha abierto una galería de exhibición y venta de su obra personal. Lleva por nombre Merceditas Valdés, célebre artista cubana. Numerosos cuadros con un tronco principal de siluetas y símbolos rituales cuelgan de las paredes de la galería, en espera de un interesado comprador. Convertido en un templo popular de la cultura cubana, bendecido por Olófi, al decir de Salvador González, el Callejón de Hammel es una puerta abierta y excelente anfitrión de visitantes. En el conjunto, que parte de antecedentes esencialmente africanos, tiene, de alguna manera subyacente, elementos de otras culturas como la indígena, hispánica y asiática que mucho han influído en la identidad del cubano.

Un Hombre de Fe comprometido con sus ancestros Salvador González pasa los 50 años de edad. Comenzó sorpresivamente su obra artística mural en el Callejón de Hammel en 1990, en atrevida incursión como autodidacta, y triunfó. Ocho países de América, el Caribe y Europa han sido escenarios de su creación o de disertación sobre ellas. En algunos de ellos ha quedado estampado su arte creativo, en murales, siempre con el sagrado compromiso de divulgar la cultura cubana, a partir de sus raíces africanas. El Callejón de Hammel es el santuario de su obra cumbre: un amplio mural que cubre la superficie de edificios enclavados en esa callejuela que le ha dado nombre en la escena internacional del arte. Sorprendido en el reposo, en una tarde soleada y calurosa de este isla tropical, luego de su recorrido habitual por uno y otro lados de la vieja callejuela, Salvador habla de las motivaciones y fundamentación de su obra que ha convertido en panteón de sus antepasados. - Mi obra es mezcla de surrealismo y abstracción, siempre a partir de la más pura esencia de la cultura africana. Es la transmisión de un mensaje con criterios bien definidos sobre movimiento y abstracción, presentes en toda su realización muralista. De esa forma creo llegar mejor a los espectadores porque hay un espacio más amplio de meditación. Salvador posee una especie de fuerza de particular magnetismo. Conversador incansable, se detiene a cada dos o tres pasos en su contínuo andar, desde me­dia mañana, por el Callejón o áreas aledañas, para hablar con sus vecinos que lo detienen en curiosa in­terrogación o para contarle, a veces, situaciones de la mayor intimidad, confiados en su habitual tratamiento, casi paternal. De sus aspiraciones iniciales como muralista confiesa que estas surgieron por el deseo de trabajar, de to­mar por asalto las paredes. Insiste en aclarar que su obra no fue un proyecto preconcebido, sino el anhelo de un artista de ponerse a prueba ante el ojo crítico del pueblo, una de las más duras experiencias por la que debe pasar todo creador. De lo que no caben dudas es que, si bien no hubo un proyecto original como afirma su autor, la coherencia de su expresión artística indica que su ejecución parte de ideas bien organizadas que, quizás , fueron enriqueciéndose en la marcha con nuevas iniciativas. En torno al tema, el artista plástico expresa en su obra y verbo, más que inclinación, devoción por la cultura de sus antepasados africanos y el compromiso personal de contribuir a perpetuarla. Vestido con un traje de diseño típicamente africano, es­tampado con rayas, entre beige y carmelita, los ojos de Salvador parecen tomar el color de la variada gama de colores que se juntan en el pictórico panel cuando se para frente a él para recrearse . Con marcada pasión refiere que la cultura afrocubana fue por años duramente cuestionada quizás por el interés de situarla en un nivel inferior, como una subcultura. Precisamente con este y otros trabajos en la plástica, Salvador concreta ese propósito de salvaguardar los valores, tanto éticos como filosóficos y científicos de esa "cultura ancestral". -Cuba no puede desprenderse de ese legado que Africa simbólicamente le entregó con mucha sangre y sacrificios -Aunque no generosa, por las propias características del sistema esclavista, la dominación hispánica en Cuba se desarrolló, sin embargo, con alguna flexibilidad, resquicio que aprovecharon los esclavos para llevar a cabo sus prácticas religiosas mediante los cabildos y sociedades de socorro mutuo que, tras una aparente aceptación de la hegemonía católica, alababan a sus orishas. De esa manera se asentaron hasta nuestros días la Regla Osha o santería, el culto a Ifá y la Regla Conga o Palo Monte, y la secta secreta de los Abakuá, esta última existente sólo en Cuba. Todas de origen africano, esas manifestaciones religiosas tienen un gran y creciente arraigo en la población y según el sacerdote nigeriano Wande Abímbola, de reconocida autoridad en la religión yoruba, en Cuba es donde están mas extendidas sus prácticas y en la que se expresan con mayor ortodoxia. En relación con el mismo tema, el artista recalca que el abordarlo en su mural tiene el ob­jetivo de subrayar que la cultura africana se mantiene viva y de expresar su respeto a todos esos valores ancestrales. Interrogado acerca de si el contenido de su pintura es expresión de un compromiso religioso, Salvador se presenta como un hombre de fe, que responde con su expresiva obra a perpetuar los valores legados por sus antepasados. Sobre la base de esos principios, explica el respeto que tributa a los mayores (ancianos) porque en ellos se resume toda la riqueza cultural, algo más importante que él mismo, que trasciende su propia obra porque forma parte de su identidad cultural. En cada una de las líneas, trazadas con fina imaginación, los murales de este artista llevan implícito su concebido men­saje, probablemente de más fácil comunicación para los creyentes. Al efecto su creador explica: - La obra responde a códigos de muy fácil comprensión y su mensaje está presente en la variedad de temas, trazos y en los propios colores utilizados, siempre desarrollados a partir de valores auténticamente africanos. Objetos representativos de las prácticas más extendidas en el país componen el atractivo complejo artístico. Acerca de ellas, el artista explica: -La Ngangá es más que una muestra de religiosidad. Se ha convertido en verdadero símbolo para los cre­yentes y una curiosidad para los que no lo son. A ella unos y otros visitantes tributan un especial respeto. Dice al respecto que, como por magia, lo que concibió como una pieza escultórica, la Ngangá, y por extensión todo el Callejón, ha tomado carácter de una especie de templo del barrio al que reverencian vecinos y transeúntes de lejanos lugares y hasta turistas extranjeros. Siempre, con un pensamiento positivo, Salvador insiste en aclarar por qué, según la leyenda, las ngangás, pequeños o enormes calderos, centro del ritual del Palo Monte o Palo Mayombe, poseen una carga de especial energía espiritual, conceden gracias o castigan, de acuerdo con la manipulación y propiedades de su dueño. Con el mismo origen, se dice que a los congos -dueños de ngangás- se les entregó en Africa el poder de la "brujería", término peyorativo dado a las prácticas religiosas de los negros de esa etnia. Sus cultos, igual que la santería fueron perseguidos, aún después de la abolición de la esclavitud en Cuba (1886) y dentro de la República mediatizada (1902-1959). Insiste en que el símbolo africano en exhibición como muchos otros, muestra, sobre todo a las nuevas generaciones, los valores ancestrales de una cultura, cuya existencia se remonta a milenios y explica que ningún artista que se respete a sí mismo puede estar al margen de esta realidad. - La obra del Callejón es una ofrenda social a la comunidad, una obra de participación. Todos los domingos grupos de danza y músicos, entre ellos afamados percusionistas, cantantes y actores, poetas, poetisas y escritores, ofrecen su arte en el lugar en el que cabe todo tipo de manifestación artística. -No es el arte efímero para la comunidad. Es el arte perpetuo, estable, dentro de la población, quien recibe esos valores éticos, esa documentación e información que necesita porque es bueno, porque forma parte de su propia identidad. Con energía sostenida, tras recorrer una y otra vez el viejo Callejón para mostrarnos y explicar en detalles el lenguaje de su obra, Salvador se detiene en un pequeño rincón, muestrario de sus cuadros, en el que perpetúa su rica imaginación. Convertido en un templo popular de la cultura cubana y bendecido por Olofi, al decir del popular artista, el Callejón de Hammel, es una puerta siempre abierta a los visitantes.