La más espectacular fiesta del mundo
Apenas se han apagado las luces y los ecos de las fiestas navideñas y de año nuevo, cuando el resto del planeta se apresta sin muchos deseos al regreso de los fatigantes días de labor cotidiana, los brasileños echan una mirada de pícara malicia a su entorno y, con toda razón, piensan que lo mejor está todavía por venir y se prometen festejar en grande en los carnavales.
La mayor fiesta del mundo, luminosa, vibrante de música y colores, de danza y alegría, comienza a prepararse enseguida bajo un fuerte calor veraniego, que se mitiga a orillas del mar, en luminosos días de playa y noches refrescadas con cerveza helada, o la mucho más sana agua de coco, lo mismo en Copacabana e Ipanema, en Río de Janeiro, que en las nordestinas ciudades de Salvador de Bahía y Recife.
El carnaval de Rio, el más famoso de todos, gestado a lo largo del año en las escuelas de samba, entraña un afanoso trabajo de acopio de dinero y recursos, de elaboración de los trajes fantásticos, inimaginables, confeccionados en los más increíbles materiales, deslumbrantes, con justeza llamados “fantasías”, en lugar de disfraces.
Así transcurren los días de enero y las primeras semanas de febrero, entre los ensayos de la coreografía y la música, interpretada por baterías que llegan a sumar 400 integrantes, armados de tambores, bombos, redobles, cuicas y cencerros, entre otros instrumentos que harán subirhasta niveles de fiebre la temperatura de las hermosas sambistas.
Cada fin de semana es una fiesta en las cuadras de las escuelas de samba –grandes espacios cerrados, techados o al aire libre, donde en competencias de virtuosismo en la improvisación del canto y el baile se escogen los temas del “enredo” o trama novelesca que desplegarán sus carrozas y los tres mil o cuatro mil “foliones”, esos locos por la danza que saldrán a darlo todo en el Sambódromo.
El ritmo carnavalesco va contagiando pueblos y ciudades. Al fin y al cabo, es verano en Brasil, tiempo de vacaciones, de descanso, o por lo menos de menos trabajo y más diversión. Muchas de las promesas, planes y votos de Año Nuevo quedan aplazados hasta después de los carnavales, quiere decir, finales de febrero o principios de marzo.
El impacto internacional es mayor cada año. Algunas escuelas de samba, tienen sus bloques de extranjeros –grupos de hasta 400 apasionados de la samba- que vienen de diferentes países con su “fantasía” ya reservada y se incorporan a los preparativos desde días antes del estallido inicial de la fiesta, o a veces la propia víspera, no importa. Allí, en “su escuela” reciben la letra del tema musical –que es obligatorio cantar a coro durante el desfile- y desde el propio aeropuerto, desde hoteles o casas de huéspedes, parten hacia los puntos de concentración, donde se mezclarán con sus comparsas de negros y mulatas, de la gente más simple de este inmenso pueblo, fusión de las más variadas migraciones, desde alemanes hasta japoneses.
La gigantesca manifestacion cultural que se expande de norte a sur y de este a oeste del gigante sudamericano irrumpe durante la madrugada, en la nordestina ciudad porteña de Recife, capital del estado de Pernambuco, con una tradicional espera del nacimiento del sol a orillas de la playa, disfrutando de un desayuno con caldo de pata de gallina. Una multitud que llega a sumar más de medio millón de personas toma las calles en una colorida celebración que no se detiene más.
En la colonial Olinda, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, los desfiles de disfraces antiguos y grupos musicales de instrumentos centenarios, idénticos a los de la época de la dominacion portuguesa, se acoplan a las bien conservadas edificaciones de los siglos XVI y XVII, verdaderas joyas de la arquitectura.
Hasta la gigantesca mole de acero y concreto de Sao Paulo, con sus más de 10 millones de habitantes, abandona las maneras elegantes de banqueros y hombres de negocios del poderoso centro financiero, y deja que sus céntricas avenidas o barrios populares se contagien de la fiebre carnavalesca. Una nota aparte merecen los carnavales de Salvador de Bahía, la primera capital del país, hoy llamada “la capital de la alegría”, por el carácter propio de sus pobladores, amistoso, juguetón, chistosos, siempre animados y dispuestos a guiarlos en un paseo por el centro histórico, el famoso Pelourinho, donde en las empinadas calles adoquinadas se puede degustar el sabor original de estas fiestas.
Pero es en Río, en el famoso Sambódromo, un trecho de 590 metros de largo de la avenida Marqués de Sapucaí bordeado de gradas y palcos, coronado al final por la justamente llamada Plaza de la Apoteosis -diseñada por el genial Niemeyer- donde durante tres días se desarrolla un espectáculo único, inigualable que mezcla de manera masiva música, danza, teatro y plástica, con derroche de imaginacion y creatividad, en el mayor escenario al aire libre del mundo.
Algunos críticos apuntan el acentuado carácter comercial y turístico de los carnavales de Río, que cada año atraen a más de 300 mil visitantes foráneos y otras decenas de miles de brasileños de todo el país, pero lo cierto es que la raíz popular, la estirpe africana transformada en cinco siglos de fusión de razas en un modo inevitable de bailar y divertirse sigue viva allí, dentro y fuera de la avenida iluminada por la más novedosa tecnología.
Lo mismo desde las gradas y palcos cómodos palcos, que desde los más exclusivos “camarotes” montados por poderosas empresas -a los que se accede por restricta invitación- o en los que es preciso pagar altas sumas para gozar en directo y sin peligros de ninguna clase, con los más exquisitos servicios de comidas y bebidas que se puedan imaginar, la fiesta no tiene límites.
La noche corre alegre y feliz, entre desconocidos y famosos artistas del cine y la televisión, opulentos hombres de negocios ataviados con sencillas camisetas de colorines, personajes de la nobleza europea sumidos en el mayor anonimato, y hasta prominentes figuras políticas nativas y foráneas, igualados todos en el goce de una rara oportunidad de liberar el espíritu y la carne, abandonarse al primigenio placer de cantar y danzar, sin que nadie repare en virtuosismos técnicos, ni regla alguna de etiqueta. El buen comportamiento es gozar de la vida, vivir a plenitud esas horas imposibles de olvidar.
Imágenes candentes de fuegos artificiales, de carruajes enormes poblados de esculturales mujeres escapadas del paraíso, brillantes decorados y el sonido multiplicado por cientos de altavoces, seguirán desfilando delante de los ojos y repercutiendo en los oídos aún después de la fiesta, al día siguiente, como si una fuerte droga desconocida hubiera inundado todo el cuerpo y los sentidos, para fijarlos para siempre en el recuerdo. Esos recuerdos que pasarán a ser el relato de momentos inolvidables para compartir con familiares y amigos, cuando uno esté de regreso en el hogar.
Mucho se habla de peligros, crímenes y otros delitos cometidos a la sombra de los carnavales de Brasil, pero en gran parte no es otra cosa que producto del morbo sensacionalista de cierta prensa que procura vender a cualquier precio. En realidad, hay que verlo para creerlo. Cientos de miles de personas festejan en las playas de Copacabana o de Ipanema, en las plazas y calles, donde corre a raudales la cerveza, la locura y el placer, sin el menor incidente.
El Metro, que funciona toda la noche durante esos días, garantiza una transportación segura. Pero, además, un abundante número de taxis, con choferes debidamente identificados, aseguran el trasiego hacia hoteles y hospedajes de todo tipo.
Claro, no es cuestión de juntarse al primer desconocido que se acerca, ni aventurarse en barrios apartados con cualquier pretexto, por atractivo que parezca, ni salir a la calle con grandes sumas dinero, ni en paseos solitarios, sin destino fijo. Si no se cuenta con el apoyo de una familia local de confianza, lo mejor para los visitantes es apoyarse en los servicios de una agencia de viajes reconocida, que facilitará guías y medios para disfrutar sin sobresaltos de la Cidade Maravillosa, como la denominan sus pobladores.
Ademas de los desfiles en el Sambódromo, durante una semana los festejos populares se apoderan de plazas y calles, donde corre abundante la cerveza, la locura y el placer, y por encima de todos los riesgos, nadie impide a los cariocas, a todos los brasilenos y sus huéspedes, disfrutar la más espectacular fiesta del mundo.