Lo maravillosamente real
Porque aquí el que no tiene de congo tiene de carabalí. Es una frase muy conocida que en Cuba se utiliza para afirmar que no hay quien se escape de portar en sus genes rasgos de la raza negra, pero también para aludir que, como sentencia el pegajoso tema compuesto por Adalberto Álvarez, El Caballero del Son: algunos dicen que no creen en ná y van a consultarse por la madrugá…, expresión clara de que la religiosidad popular se manifiesta aquí por todos lados.
Se trata de una tradición resultado del sincretismo que se produjo cuando los esclavos negros traídos de África mezclaron las creencias bantúes de sus comunidades, sobre todo aquellas de las etnias de los Congos, Carabalies, Angolas y Yorubas, con el catolicismo español. Fue la única manera que encontraron de soportar el desarraigo de su cultura y de su religión. Como tampoco pudieron mantener sus cantos, sus ritmos, sus credos ni sus dioses –al menos no libremente– decidieron invocarlos en las fiestas católicas de sus amos.
Se inició de ese modo un interesante y complejo proceso de transculturación que todavía hoy marca la vida cultural y espiritual de los cubanos, y que día tras día se hace evidente en las calles de La Habana, donde a cada paso el transeúnte se puede «sorprender» con muestras que pudieran clasificarse dentro de lo que muchos denominan «lo real maravilloso».
Se descubre en esas esquinas donde van a parar llamativas ofrendas, que ya no solo se reservan para las ceibas sagradas. En los «recién nacidos» en la Regla de Ocha: los jawós que van de blanco impecable, con sus collares y pulseras de colores de cuentas minúsculas. En los devotos de San Lázaro cumpliendo promesas en reconocimiento por la gracia que se les ha concedido, arropados con trajes de yute, tejido vinculado con el culto a esta deidad...
Fue San Lázaro el santo del catolicismo al cual los esclavos identificaron como Babalú Ayé que, al igual que su orisha, poseía poderes especiales por ser el dueño de las enfermedades y tener la capacidad de curarlas. Por tal motivo cada 17 de diciembre la iglesia del Rincón, al sur de La Habana, en el municipio de Boyeros, es testigo de una de las mayores peregrinaciones que se realizan en el país, protagonizada por decenas de miles de fieles que la visitan para pedir o pagar al Rey de los Milagros, como lo identifican los practicantes de la religión afrocubana, las ofrendas que se le deben por haberle devuelto la salud a algún ser querido.
Pero la transculturación o el sincretismo afrocubano no solo está presente en la Regla de Ocha o santería, de origen yoruba, sino también en la Regla Congo, Mayombe o Palo Monte; en la Arará (que encuentra en la capital un número significativo de seguidores); y en los Abakuá, entidad fraternal masculina que en Cuba ya suma más de 180 años de existencia, la cual nació como símbolo de resistencia en Regla, la tierra por donde entraron los esclavos arrancados de África.
Es este pueblo ultramarino el mismo que adora, además, a la Virgen de Regla, proclamada patrona del lugar desde el 23 de diciembre de 1714. En ese municipio que lleva su nombre, cada 7 de septiembre, tras la misa en el Santuario Nacional de Nuestra Señora de Regla, se celebra una procesión de la imagen de esta deidad de tez negra y vestido azul, que en la religión yoruba equivale a Yemayá, madre de la vida y de todos los orishas, protectora de la bahía de La Habana. Entonces no resulta extraño que dentro de la multitud también estén quienes le rinden honores con sus collares, pulseras, velas, muñecas de piel negra…
Una jornada después, el 8 de septiembre, llega el día de la Virgen de la Caridad del Cobre, pero asimismo el de Oshún, la diosa de la espiritualidad, la sensualidad, el amor y la feminidad. Aunque es en Santiago de Cuba, en el poblado del Cobre, donde radica su Santuario Nacional, en Centro Habana, en la capital, la patrona de Cuba también tiene su iglesia, su morada, donde es venerada tanto por católicos como por creyentes en cultos afrocubanos.
Desde hace siglos, el 15 de agosto, día de Nuestra Señora de la Asunción, las calles alrededor del parque de la Iglesia, en Guanabacoa, se colma de gente deseosa de presenciar el paso de la Virgen, a quienes los pobladores de la villa acuden cuando están necesitados de amparo.
Pero, como en el resto de la ciudad, en Guanabacoa los cultos afrocubanos tienen un especial arraigo. Por ello en cualquier zona es fácil encontrar establecimientos privados donde se venden objetos religiosos, o cientos de casas que te «miran» con un ojo del que sale una lengua traspasada por un puñal... Da igual si se trata de una mansión en el Vedado o Miramar o de una vivienda más humilde en el Cerro, Marianao o La Lisa: las probabilidades de que en sus interiores halles vasos espirituales, velas, herraduras, cazuelas, altares, ofrendas… no son pocas, porque así es La Habana, una urbe donde sobran tambores para dar toques de santo, en los cuales los orishas aceptan gustosos un buen ron rociado y el poderoso humo de un tabaco bien cubano.