A SUS 79 AÑOS DE VIDA ESTA MONJA CATÓLICA ITALO-CANADIENSE CONTINÚA DANDO MUESTRAS DE SU DEVOCIÓN A DIOS Y A LA CALIDAD DE LOS INGREDIENTES, ESOS IMPRESCINDIBLES PARA ELEVAR LA GASTRONOMÍA A SU NIVEL MÁS PURO, SALUDABLE Y AUTÉNTICO

De las muchas palabras que servirían para describir a la chef y monja Sor Angele Rizzardo,  posiblemente la más justa sería incansable. Y no es para menos. En los últimos 60 años ha consagrado su vida al binomio religión-cocina, con notorias incursiones en la televisión y en la radio, además de la creación de miles de recetas que se consideran parte del patrimonio culinario canadiense. Ha conocido personalmente a los papas Francisco y Benedicto XVI, es guía turística, fue ganadora del premio Max Rupp que otorga la Sociedad de los cocineros y pasteleros de Quebec, apadrina 16 hospitales y recauda anualmente entre 12 000 y 15 000 dólares por concepto de ventas de su queso Soeur Angele, con los cuales ayuda a niños de bajos ingresos de 70 países.
Recientemente, de la mano del grupo hotelero Meliá, llegó hasta Cuba para sorprender con sus creaciones. Excelencias Gourmet no dejó pasar la oportunidad de conocer a esta mujer que, con una franca sonrisa que no se le desdibuja del rostro, profesa su amor y fe por Dios y los fogones.

— ¿Cómo llegó al mundo de la cocina?
—Mi influencia fue la cocina italiana, la mediterránea.  Yo nací en Venecia donde hay mucho pescado y turismo. Esa es una cocina de sol, cálida y simple, pero con mucho sabor.
“Tenía doce años cuando comencé a trabajar por las tardes, después de terminar las clases, en el Café Bramezza perteneciente a una pareja de ancianos. Hacía muchas decoraciones de platos, risottos, pasteles... Las personas que venían se quedaban sorprendidas al verme porque era una niña pequeña. Tal es así que para preparar el café espresso debía subirme encima de una silla y así alcanzar el mostrador”.

— En los años 50 decide mudarse a Canadá ¿Qué impacto tuvo esto en su vida y en su afición culinaria?
— Cuando dejé Italia para ir a Quebec yo no hablaba francés, solamente italiano. Incluso el inglés se me hacía muy difícil. Trabajé muy duro en esos años hasta que apareció una oportunidad. La Embajada de Italia buscaba una persona que pudiera elaborar comida italiana e internacional, y allí encontraron un lugar para mí. Yo entonces vivía con una pareja. La señora era francesa y el señor italiano. Ella me enseñaba el idioma de su país y yo en cambio le mostraba cómo cocinar al estilo italiano.
“Siempre continué perfeccionando mis habilidades en la cocina. Después trabajé durante 16 años en un centro de investigación alimentaria. Me convertí en profesora y enseñé el arte de la cocina. Llegué a tener 400 estudiantes en un año, la mayoría hombres, que eran los que en esos años se dedicaban a la profesión de chef”.

— ¿Su posterior entrada a la orden religiosa influyó en su desarrollo gastronómico? ¿Qué cree que le ha aportado a usted como cocinera seguir una vida de fe?
— El 8 de marzo de 1957 entro a la Orden Religiosa Virgen del Consejo. Quería ocuparme de los emigrantes, porque había muchas personas con dificultades para adaptarse a la vida en ese país que era nuevo para ellos.
“Pero la cocina siempre la mantuve. Cocinaba para 300 personas en el convento: desayuno, almuerzo y comida. Durante 20 años estuve así. También empecé a hacer programas de televisión y de radio.
“Yo he tenido tres objetivos sumamente importantes en mi vida: la religión, la televisión y la cocina. Pero siempre hice uno a la vez.
“Tengo además, tres fundaciones para ayudar a los niños de 70 nacionalidades. Les cocino, les enseño idiomas… y además soy la madrina de 16 hospitales. Hago la publicidad en muchas revistas y en la televisión de un queso que lleva mi nombre, Soeur Angele, y el dinero que recaudo se lo doy a esas fundaciones y hospitales, para que los niños puedan vivir en buenas condiciones, estudiar y mejorar”.

— Durante la década de los 70 usted comenzó a tener espacios bastante habituales en la televisión de Quebec. ¿Cómo pudo mantener a la vez popularidad y creatividad?
— En las noches de esos años pensaba y escribía recetas de cocina. Llegué a hacer unas 30 000, que derivaron en muchísimos libros y recetarios. Algunos me dicen que yo soy el patrimonio de la gastronomía canadiense.
“Hoy todavía sigo haciendo programas de televisión en Canadá. Adoro cómo los jóvenes me muestran mucho respeto. Eso es emocionante. La televisión es un mundo de puras emociones”.

—Hace unos 25 años usted tuvo un primer contacto con el presidente cubano Fidel Castro, quien personalmente fue a verla a la escuela de Hotelería de Quebec y le pidió que viniera a asesorar en la creación de una escuela culinaria cubana. ¿Cómo ha sostenido en el tiempo esa relación con Cuba? ¿Qué opinión tiene de la cocina de este país?
—Yo conocí la cocina cubana cuando vine por primera vez a Cuba. Fidel me invitó y asistí a la inauguración del hotel Paradisus de Varadero donde le cociné algunos de mis mejores platos. Yo estaba sorprendida de ver cómo él organizaba todo para la apertura del hotel, la comida, la atención con los turistas… disfruté muchísimo la estancia.
“A partir de ese momento siempre incluía a los cubanos en mis rezos, por su alegría y su incomparable manera de ser. Fidel me invitó a venir a Cuba cuando yo quisiera y a mantener esa amistad con el pueblo cubano”.

— ¿Cuál fue su vínculo con la emblemática cocinera cubana Nitza Villapol?
—Vine a Cuba a principios de los años 90 para entregar la distinción “El tenedor de oro” a una personalidad cubana. Finalmente decidimos que esa persona era Nitza Villapol.
“Nosotras hicimos un programa de televisión juntas. Lo que más recuerdo es que abrí el refrigerador y vi que solo tenía tomates. Así que ella preparó un dulce de tomate. Simplemente genial. Eso se transmitió tanto en la televisión cubana como en la canadiense y todas las personas de Quebec aprendieron a hacer el dulce de tomate de Cuba”.

— Si tuviera que señalar las potencialidades de la cocina cubana, ¿cuáles serían?
— Lo más importante es encontrar los buenos alimentos. Los mariscos, los frijoles, el comino… son de los ingredientes más reconocidos, pero para mantener una cocina de calidad, ante la afluencia creciente de turismo, se requiere de materias primas frescas. Es bello hacerlo de esa forma para incluso contribuir a mantener la salud de las personas en medio de una era de la comida chatarra. Se trata de combinar la tradición con lo novedoso y contemporáneo, pero siempre partiendo de elaboraciones con alimentos frescos y de calidad.
“Comer bien es importante. Le puedo decir que yo tuve cáncer y los doctores me recomendaron quimioterapia y un amplio tratamiento. Yo respondí: ´No, yo voy a comer´. Nunca dejé de cocinar, y al poco tiempo el doctor me llamó y me preguntó cómo estaba y yo le dije: ´Muy bien´. Me curé comiendo”.

— Cuando está frente a los fogones, ¿qué tipo de platos se le antoja preparar?
— A mí me gusta la cocina internacional. Adoro hacer cualquier plato cuando tengo los ingredientes frescos. Para mí es esencial la calidad de la materia prima, un buen aceite, un buen vinagre, siempre de buena calidad. Eso es primordial, porque la salud es vida y la buena cocina es salud.