Happy Toguether, del maestro Won Kar-Wai.
Charles Chaplin su alter ego, Charlot, emplea la comida como símbolo de su ausencia, el hambre.
Tom Jones, la escena de los amantes devorando(se) figura entre las más famosas del cine.
Parodia de parodias, magistral uso del pastiche y el intertexto. La última cena pasada por aguas buñuelescas.
Una de las películas más taquilleras del cine brasileño tiene la cocina como principal elemento diegético, asociada a la esencia contextual, la energética Bahía.
Fresa y chocolate (Cuba), la legitimación de las diferencias mediante los sabores.

A juzgar por la cantidad de filmes con temáticas o al menos, referencias culinarias, pudiéramos afirmar que el cine no solo se ve y se escucha sino que también se saborea. 

Prácticamente desde sus inicios a finALes del siglo XIX, la pantalla ha mostrado escenas de alimentos y bebidas; tan antigua es su presencia, que las llamadas «comedias de pastelazos» prácticamente inauguran el séptimo arte. 

Asociados a lo festivo pero desde un ángulo serio, incluso solemne, los pasteles (o cakes, como les llamamos por acá) constituyen emblemas de celebraciones (bodas, cumpleaños, etc.); son pequeñas obras arquitectónicas, miniaturas que remedan construcciones y, a la vez, signos de grandes momentos: mirarlos, entonces, estrellados sobre atónitos rostros deviene acto risible, cierto que elemental y hasta burdo, pero de cualquier manera cómico.

 Una asociación que desde muy temprano se dio en el séptimo arte fue el de lo gastronómico con el erotismo: el acto exquisito de degustar platos resulta una metáfora elocuente de ese otro tipo de “comida” que implica el deseo sexual. Es casi infinita la lista de obras que, en alguna secuencia o cubriendo todo su relato,  mezcla ambos placeres: la mesa y la cama, a veces verdadera extensión una de la otra.

Las películas sobre cenas, restaurantes, cocinas o sobre sus protagonistas (chefs de cocinas, meseros, propietarios o simples anfitriones que preparan banquetes en sus casas) tampoco escasean: a veces son meras recreaciones de esos hechos y personajes, pero en la mayoría de los casos se extiende su significado a otras parcelas existenciales, pues los alimentos alegorizan relaciones sociales, familiares, eróticas —como ya se ha dicho—, políticas y de todo tipo.

Tanto el drama como la comedia, el documental, el corto de ficción o el animado han sido hollados por los tenedores y las copas: no hay género ajeno a lo culinario en el cine, y son muchas las obras que los tienen como temas, subtramas o alguna referencia importante.

Hay otras vertientes: el alimento con signo negativo, el hambre literal y simbólica que en el cine latinoamericano ha forjado toda una estética (las obras del Cinema Novo brasileño, los Nuevos cineS argentino y  mexicano…)  denunciando mediante muchos de sus títulos las diferencias sociales  y la lucha de clases a partir de los años 60.

En el cine cubano revolucionario, lo culinario ha sido una presencia importante: filmes como La última cena (1976, Tomás G. Alea), Los sobrevivientes (1978 , ídem),  Fresa y chocolate (1994, Alea/Juan C. Tabío) o El viajero inmóvil (2008 , Tomás Piard) así como varios cortos de los nuevos realizadores (entre ellos, Gozar, comer, partir, de Arturo Infante) han empleado creadoramente códigos alimentarios.

Otros significantes de interés en las relaciones del cine y la comida son: 

La gordura (sobre todo en la mujer) resultado de la gula, objeto de burla a veces (La Gran Comilona, Cachimba, comedias de El gordo y el flaco) o legitimada como opción (Chica XXL, Las mujeres reales tienen curvas…). También flagelando a actores responsables de ella como mal social: las trasnacionales de comidas rápidas (documental Super Size me!).

La comida como parámetro y marcador de peculiaridades y conflictos regionales (filmes de la India, Asia y África) e internacionales (documentales Focacia Blues, Food. Inc, The End of the Line) y de grupos étnicos (Madame Brouiette, La joven de las especias, Sol de otoño, El brindis).

El ser humano como alimento de: animales depredadores, monstruos y entes  (películas de vampiros, dinosaurios, tiburones, insectos gigantes y hombres-lobos); o del propio hombre: canibalismo, ora literal (Holocausto caníbal,  El silencio de los corderos,  Sweeney Tood: El barbero de la calle Fleet, Crónicas chilangas), ora tropo –de confrontaciones culturales, encontronazos sociales, hibridaciones o por el contrario incompatibilidades de todo tipo (Delicatessen, El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante,  Macunaíma, El hombre del palo-brasil, Qué sabroso era mi francés, La última cena,  Los sobrevivientes, el documental Food.Inc).

Estas y otras líneas de análisis he intentado desarrollar en mi libro Co-cine. El discurso culinario en la pantalla grande (2011, ediciones ICAIC), que recoge algunos de los títulos más representativos  que vinculan el arte de las imágenes móviles con el antiquísimo “oficio” —también arte— de comer y beber.