Como cada diciembre desde 1979, La Habana volvió a vivir la fiebre mágica del séptimo arte durante los diez días del 19 Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, el acontecimiento cultural más esperado en la isla y que la isla más espera.

Es en verdad fiebre y para quien desee adentrarse en el alma de los criollos, intentar comprenderlos en otra faceta que no es baile y risa pero tampoco lo deja de ser, ésta es una ocasión especial, diríase que única. Como toda fiesta que se respeta, los preparativos comienzan desde mucho antes. Para los organizadores, una vez concluido el anterior certamen; para el público, en cuando el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) da la voz de “en sus marcas” y todos se colocan en sus puestos en espera que suene el disparo de salida. Aquí empieza la estrategia. Se adquieren con antelación las entradas para los cines, se miran antecedentes de los filmes concursantes o de las múltiples muestras que suelen concurrir al festival para no fallar en el tiro, se conspira con amigos y vecinos a fin de trasladarse juntos y al final, se abre el telón que da comienzo a la ininterrumpida fiesta. “Es un clavo, ni entres”, frase de clara advertencia de que la cinta no gusta en absoluto y que el interesado debe dar media vuelta y seguir con su música a otra parte; o, “¡Mamey!” indicativa de que la película tiene cinco estrellas, es MB en la máxima calificación de la escala de popularidad, uno de los más codiciados premios del Festival.

Nostalgia y cine, cine y nostalgia La Habana vuelve a recordar su carácter bohemio, que duerme escondido en algún lugar querido de cada cual y la gente se lanza a jornadas que no parecen terminar nunca, saltando de un cine a otro y cada cual más comunicativo que nunca antes. Por ser La Habana una ciudad detenida en el tiempo es, quizás, una urbe nostálgica por excelencia y no son sólo los autos de época, el museo rodante como se le dice, también el cine aporta lo suyo. Nos referimos a la estructura, las edificaciones. Está el Yara, uno de los tantos nombres que ha tenido ese cine situado en L y 23, la esquina más movida de la ciudad. Cuando el Yara fue Radiocentro, llegó a proyectar el Cinerama (“Las siete maravillas del mundo”), ese caro experimento que intento incorporar la tridimensionalidad a la pantalla plana de largo por alto. Otras bellezas nostálgicas son el Acapulco, puede que el mejor del país, La Rampa, Payret y el Riviera, todos de finales de los 40 o los 50, con puntales por las nubes e inmensos para dar cabida a multitudes de adictos al séptimo arte. Hay otros hechos que no deberán perderse por nada. El am-biente del Hotel Nacional, sede del festival, es uno de ellos. Hollywood en miniatura, pequeña Cannes, aquí uno se tropieza con Victoria Abril, Mario Benedetti, en ocasiones con el glamuroso y genial Pedro Almodovar o Jorge Perugorría, Eliseo Subiela, Isabel Santos, algún día con Robert Redfort. No es raro, antes pasaron por los pasillos de este hotel de estilo ecléctico construido en 1930, se sentaron en las sillas de estos bares y pidieron al barman —¿qué vamos a pedir para parecernos a Jack Nicholson en “Resplandor”?— luminarias como Johnny Weismuller, Ava Gadner, Buster Keaton, Errol Flyn, Frank Sinatra… Para quienes quieran viajar a Cuba para disfrutar de este ambiente y ver de una sola vez lo mejor realizado en América Latina y una selección de lo creado en el resto del planeta durante el año, tampoco constituye problema alguno. Las oficinas de Cubana de Aviación, transportista oficial del festival, brindan la información necesaria y todas las facilidades. Lo demás es subir al avión y descender en La Habana, cada vez más hospitalaria. Pero el festival plantea un problema insoluble, el mismo de siempre: ¿Cómo verlo todo? Ese es el reto. En esta oportunidad fueron cerca de 60 filmes concursando, lo más selecto de la cinematografía latinoamericana de 1997, más las muestras de España, Italia (con un aparte para cintas napolitanas), China, Noruega y el cine independiente de Estados Unidos a cargo de Sundance; filmes británicos, de Canadá. En suma, mucho más de un centenar de obras al alcance de la vista. A ello hay que sumar los homenajes y retrospectivas, dedicados en esta oportunidad al siglo de la firma francesa Gaumont, al documentalista Santiago Álvarez, que revolucionó el género con “Now” y a su compatriota cubano Humberto Solás, el creador de “Lucia” donde la actriz Raquel Revuelta se deja caer enamorada en una cama pidiendo que le den, ¡oh!, una gardenia. Además, hubo sesiones dedicadas a Robert Altman, a Volker Schlondorf, recordado por “El tambor de hojalata”, a Margarethe Von Trotta y su “El honor perdido de Katharine Blum” y a los hermanos fineses Aki y Mika Kaurismaki. Una vez que todo esté a punto de concluir, queda la gran noche, la noche que se viste de largo y se cubre con los estallidos de los flashes: la entrega de los premios Coral, una simple estatuilla de coral negro por la que directores, artistas, darían gustosos el alma al Diablo y serían Fausto con tal de ganarla. Se premia con el Coral las obras que concursan en ficción (largo, medio y cortometraje), a la mejor ópera prima, documentales y videos, cartel —toda una escuela en Cuba en los 60—, guión inédito y el Premio a la Popularidad. ¡Viva el cine!

Premios ’97

Premio Coral (ficción): «Martín (Hache)», Adolfo Aristaraín, Argentina. Premio Coral (Mejor Direcctor),Adolfo Aristaraín, Argentina. Premio Coral (Actuación femenina), Cecilia Roth, (Argentina), por «Martín (Hache)» y «Cenizas del Paraiso». Premio Coral (Actuación masculina), Miguel Angel Sola por «Bajo bandera».