El poeta y dramaturgo cubano Virgilio Piñera escribió en su largo poema La Isla en Peso, un verso que al comienzo de ese bello texto señala: «la maldita circunstancia de estar rodeado de agua por todas partes». En realidad, esa maldita circunstancia de ser una isla, que para Virgilio era algo satánico y opresivo, es paradójica. En una medida es, en efecto, una condición limitante, pero por otra parte, los hombres y mujeres que vivimos en las islas tenemos la necesidad imperiosa de sacar la cabeza, casi desde que venimos al mundo. Y sacar la cabeza significa olerlo todo, tratar de palparlo todo, de saborearlo todo, de conocerlo todo. Ahí está la esencia de nuestra universalidad, que no digo cosmopolitismo, sino universalidad. Esa circunstancia que como ya dije tiene tantas paradojas, nos hace ver hacia fuera.

El destino y la vocación de casi todo isleño es la migración. Desde épocas precolombinas nuestros aborígenes se pasaban la vida en canoas -primer término de voz taína que se incorpora al Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española-, y eso es muy significativo también, porque tenemos ese ímpetu, esa voluntad de movernos, de buscar más allá de nuestras fronteras. Es una curiosidad casi omnímoda. Yo padezco de ese mal, pero he tenido la fortuna de que mi obra y mi trabajo me hayan permitido recorrer el planeta en varias ocasiones. Yo creo que la condición insular también acarrea muchos trastornos; de personalidad incluso. Conozco a personas que tienen ese afán de buscar el exterior y luego, cuando están en otras tierras, sienten una nostalgia profunda y un deseo de regresar. Es paradójica la situación, porque aunque siempre estamos buscando otros caminos y regiones, el vivir en una isla nos arraiga más. Pero Cuba no es una simple isla. En Cuba han confluido muchas corrientes cosmopolitas, de carácter político y cultural, y la cercanía con las grandes metrópolis del arte y de la cultura han hecho que nuestro medio, nuestras expresiones sean muy ricas y estén siempre en la vanguardia.

Yo creo que buscamos la identidad. Nos afanamos casi patológicamente en buscar la identidad porque hemos sido colonia, primero de España y después, semicolonia, seudorrepública, como queramos llamarle, de los Estados Unidos, y eso nos da cierta vulnerabilidad, cierta fragilidad. Esa es la causa por la que obsesivamente estamos siempre tratando de definir nuestra identidad. También porque somos jóvenes, estamos en pañales, estamos empezando a crecer; somos un embrión. En otros países del mundo no se habla de la identidad. En Francia no se habla de la identidad; la identidad está ahí, en Alemania tampoco, está ahí. Tienen siglos y siglos de historia, de honda tradición. Nosotros tenemos que buscar una definición de nuestra identidad, porque a veces nos sentimos frágiles, como dije, vulnerables, y tenemos que asirnos a un madero, a una canoa, a lo que sea. Ese es el origen de tantos textos y estudios que se hacen constantemente en Cuba sobre el tema. Yo mismo he sido un buceador tenaz de esa identidad. No porque esté inseguro de lo que soy ni de donde vivo, sino porque he querido dar mediante mi obra a mis compatriotas, a mis congéneres, un poco más clara, la receta de la identidad.

¿Qué es la identidad? La identidad, como la insularidad, es algo muy inasible y muy cambiante. Nosotros no somos los mismos cubanos que fuimos en el siglo xviii o en el xix. Hoy nuestra identidad está compuesta por otros valores, por otras formas de expresión, por otros contenidos. Entonces la identidad es algo completamente cambiante. Hoy somos más ricos, porque tenemos la herencia de las culturas española, africana, francesa, asiática, y estamos tratando de ver cómo eso, todo mezclado, al decir de Nicolás Guillén, nos descubre, nos revela en lo más profundo de nuestro ser. Pero es tan relativo, tan cambiante…¿Por qué decir que el cubano es alegre, gracioso, bailador, si es también dramático, profundamente reflexivo, si el cubano es un ser preñado de contradicciones? Yo no he llegado todavía a ninguna conclusión definitiva sobre qué es lo cubano. Me molesta mucho cuando en el exterior me hablan de Cuba y menean la cintura. No es que esté en contra de la música cubana, al contrario, me encanta la música cubana desde el danzón, pasando por el son, la rumba, el mambo, hasta la salsa. Pero es que el cubano es otra cosa; sino no hubiéramos hecho este país como lo hemos hecho, como lo hemos forjado. Hemos tenido intelectuales de gran valía, que incluso han contribuido a la definición de lo que es nuestro continente, ya no Cuba sino nuestro continente. Hay que ver la obra de José Martí, de José Lezama Lima, de Jorge Mañach; de tantas figuras importantes que han aportado a esa esencia de lo cubano, a lo que Fernando Ortiz llamó ese ajiaco de ingredientes tan diversos.

La cultura no es un lujo, la cultura no es un ornamento que se coloca para salir a la calle y exhibirlo. Es una necesidad, como dice Fernando Ortiz, es una energía, y en esa energía está también el fermento de la identidad. Yo creo que un país que ha vivido más de 45 años en un proceso revolucionario complejo, difícil, contradictorio, expuesto a grandes sacrificios y a grandes riesgos, es un país que además de bailar y reír, es un país que piensa, reflexiona, goza y sufre. Por eso es que todos estos procesos desde el punto de vista sociológico y hasta psicológico tienen que ser interpretados con mucha profundidad y desde muchas ópticas. El tema de la identidad es muy complicado, muy resbaladizo y no me gustaría caer en una definición manida o superficial.

Vivir en una isla es peligroso, pero a la vez, como comenté anteriormente, lo arraiga mucho a uno. Decía Juan Ramón Jiménez en un viaje que hizo a Cuba, que la isla de Cuba era un bocado delicioso, pero que entrañaba muchos peligros. El poeta español sabía a lo que se estaba refiriendo. Yo creo que estaba hablando de esa característica de los cubanos que te abren las puertas de su casa de par en par, pero para que te abran el corazón hay que entrar muy a fondo y con mucho tiempo. Por eso es bueno no confundirnos y no dar una definición simple, improvisada o aventurada de la identidad.

Fernando Ortiz, el gran sabio cubano supo muy bien a partir de sus métodos de investigación y sobre todo del concepto de la transculturación definir la identidad nacional. Y aún así hoy, el concepto de transculturación también tiene sus limitaciones. Porque en la actualidad estamos hablando de la hibridez, de la fusión, es decir de una serie de elementos que funcionan gracias no ya a las lecturas, a las expresiones culturales que siempre han existido, sino también a todos los recursos de comunicación y a nuevas tecnologías que contribuyen a integrarnos a las corrientes contemporáneas. Estamos menos aislados por lo tanto la transculturación ya no es sencillamente la fusión de los elementos africano y español con el asiático, que a su vez crean un tercer producto que es lo cubano. No, ya eso es harina de otro costal, ya eso es pasado. Ahora estamos hablando de la hibridez, de múltiples influencias, de culturalismo, de diversidad cultural, y la situación se hace más difícil para llegar a una definición categórica, no tanto de la identidad sino también de la insularidad.

Porque nosotros somos un país de múltiples expresiones culturales, de múltiples lenguas -aunque hablamos el español y es nuestra lengua oficial-, pero aquí hay quien tiene todavía como un tesoro que guarda en su cabeza, formas lingüísticas africanas, que son crípticas, ritualistas, pero están ahí y esas definen y marcan el mapa étnico de este país. Entonces, mi única respuesta a las preguntas ¿qué es la identidad cubana?, ¿qué es la insularidad?, es aquel aforismo de Sócrates, el filósofo griego, cuando dijo: «solo sé que nada sé».

La Habana, El Vedado, 21 de marzo de 2005.