El Malecón Habanero donde convergen capitalinos y foráneos.
Plaza de la Catedral.
Plaza Vieja. Importantes sitios de concurrencia en la zona antigua de la ciudad de La Habana.
Castillo de la Fuerza, es uno de los más elevados exponentes de la arquitectura militar.

La Habana, primer destino turístico de Cuba. Aunque en los últimos años se hace ver la preferencia universal por las playas, la naturaleza y las ciudades del interior de Cuba, en tanto crece sin pausa la afluencia de turistas, La Habana continúa como primerísimo destino absoluto para los viajeros que llegan a Cuba desde el mundo entero. Se dice que la capital cubana tiene de todo, desde el atractivo del turismo de ciudad, con sus culturas e historias y sobre todo sus calles repletas del habanero bullanguero y hospitalario. Coexiste también el turismo de reuniones e incentivos y el de playas. La populosa Habana es una media estrella urbana, porque el esquema radial de sus vías se corta de cuajo, para bien, por la línea costera Este-Oeste, ribereña del «gran río azul» como le llamó Hemingway, que son las aguas omnipresentes del Golfo de México y el Estrecho de la Florida, que no se diferencian frente a su frecuentado Malecón. Desde aquí empieza la ciudad hacia adentro, ceñida de fortalezas coloniales, entre estas el eterno Castillo del Morro, inigualable referencia emblemática de La Habana y de Cuba, y sus encantos y curiosidades que siempre están por descubrir y disfrutar.

El lugar más visitado de Cuba es el Centro Histórico de La Habana Vieja, la parte más antigua de la ciudad, porque allí se puede apreciar como la villa primitiva, luego ciudad, se desarrolló en casi medio milenio. Luego de una rigurosa restauración, la Plaza de Armas donde se halla el árbol de ceiba bajo la cual se celebraron los primeros misa y cabildo, ceremonias fundacionales de San Cristóbal de La Habana exhibe los valores arquitectónicos que distinguen su tradicionalidad. La villa original de los conquistadores españoles intentó establecerse cinco años antes en la insalubre costa sur, y poco después se ubicó en las cercanas márgenes del río Casiguaguas, al norte, antes de pasar definitivamente a los bordes de esta abrigada bahía de la misma costa septentrional, lo que pudo deberse a su cercanía del «fabuloso noroeste» -Yucatán, México y la Florida-, entonces en exploración y conquista. Su participación en esta forzada colonización se quedó corta luego del descubrimiento del Paso del Nordeste, entre la Florida y Bahamas, frente a La Habana, que facilitó el acceso a las latitudes atlánticas por donde soplan los vientos contra alisios, que dan por la popa y agregan velocidad a la travesía a España. Esto le valió al primitivo puerto ser la última escala de los veleros cargados de riquezas americanas en la vuelta a la Península y cuando arreciaron los ataques de piratas y enemigos, ser punto de concentración y partida de las protegidas flotas del Nuevo Mundo. Su entorno de tierras fértiles y con agua, y bosques para la reparación y construcción de embarcaciones, convirtió la villa primitiva en ciudad y legó a la posteridad esta gran Habana antigua de callejuelas estrechas, fortalezas y palacios, en cinco siglos.

El Templete y el Salón del Trono. El primero de estos edificios, de corte neoclásico, de principios del siglo xix, está situado junto a la ceiba que marca el establecimiento de la villa de San Cristóbal de La Habana en 1519, y recuerda al existente en Guernica, España, con un gran roble y semejantes fines fundacionales. En su frente, más allá de la Plaza de Armas y de una curiosa calle colonial pavimentada con madera dura, se encuentra el Palacio de los Capitanes Generales, erigido y decorado con fastuosidad entre 1776 y 1791 y considerado la más bella obra de la colonia española, hoy Museo de la Ciudad de La Habana. Entre sus salones y delicadas reliquias se halla el famoso Salón del Trono, preparado para la esperada visita del rey de España.

El Castillo de la Fuerza. La privilegiada ubicación geográfica de La Habana atrajo a navegantes, eclesiásticos y guerreros, pero también a corsarios y piratas que la merodearon amenazantes y la llegaron a saquear e incendiar, como el francés Jacques de Sores en 1555. El filibusterismo destruyó un primer castillejo cuyas ruinas no se han encontrado aún, pero hacia 1577 estaba ya listo, dentro del caserío original e inmediato a lo que hoy es la Plaza de Armas, el Castillo de La Fuerza, de corte renacentista y que ha trascendido intacto como una de las fortalezas más antiguas de América.

¿Una broma a Fernando VII? El controvertido monarca llegó a tener su público en la Cuba colonial, que le erigió un monumento en la Plaza de Armas en agradecimiento por los títulos nobiliarios que vendió a la opulencia criolla, a principios del xix. La obra del escultor Solá, que ocupaba el centro del parque fue sustituida con más justicia hace unos años por la del cubano Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria, y aquella se reubicó junto al Palacio del Segundo Cabo. Su imagen siempre ha provocado la sonrisa de quienes advierten que don Fernando lleva en la mano un rollo de papeles, a la altura de su cadera, que hace creer a su majestad en plena micción en la vía pública.

Las viejas plazas de la villa. En La Habana antigua su historia secular se plasmó en torno a los espacios abiertos, luego plazas públicas, que se hallan hoy como el primer día. La primera de estas explanadas fue la posteriormente estilizada Plaza de Armas, junto al sitio fundacional que se ha conformado como un complejo de relevantes edificios y leyendas. A unos cientos de metros, se fomentó la Plaza de San Francisco, portuaria y bulliciosa siempre, donde se levantaron la Basílica Menor de San Francisco de Asís, hoy restaurada y convertida en sala de concierto, y junto a ella el convento de igual nombre y hoy museo de arte religioso. El concurrido lugar está ceñido por la Lonja del Comercio, el atracadero de los buques crucero de turismo y en medio, la plaza adoquinada repleta de paseantes, palomas y carruajes de alquiler y hasta de un esbelto cruceiro gallego. Sobre una cienaguilla rellenada con el tiempo, surgió también cerca la Plaza de la Catedral en el siglo xviii, con los interiores neoclásicos y su maravillosa fachada barroca. Este espacio peatonal está cerrado por el Callejón del Chorro, que fue el primer acueducto de la villa, del siglo xvi, el Museo de Arte Colonial y la conocida Bodeguita del Medio. Al otro extremo de la villa se encuentra la Plaza Vieja, con su artística fuente y espacios libres que mucho tiempo atrás ocuparon un mercado y en derredor, también muy viejos inmuebles coloniales hoy restaurados. Próximo el Convento de Santa Clara, fundado en 1644 y que conserva en su interior, atrapadas por sus claustros originales, varias callejuelas y casas de la villa primitiva. En la misma calle Cuba hay cuatro iglesias coloniales, de valores constructivos remotos, y casi al lado de lo que fue una de las puertas de las murallas, la Plaza del Cristo, con su pequeño templo conservado, última estación del Via crucis de La Habana antigua.

La leyenda del campanero. Una antiquísima leyenda habanera recuerda el intenso amor de cierto don Juan por una joven vecina de la vieja villa y la oposición de la familia de ésta, que conocía de las otrora andanzas del picaflor. La negativa que recibió el enamorado le infundió una gran tristeza, tanta que llegó a tomar los hábitos de la orden tercera de San Francisco e ingresar en el cercano convento de igual advocación, donde contrito asumió el oficio de campanero, en su elevada torre, aún hoy existente. Cuentan que una mañana le llamaron a tañer los bronces por la muerte de una persona, que resultó su amada doncella, y no se sabe si fueron los vientos de Cuaresma los que cerraron sus ojos con la capucha franciscana, lo cierto es que el frustrado y entristecido amante cayó desde lo alto. Dicen transeúntes que no pocas veces se ven en lo alto, junto al sitio de las campanas, la sombra del hábito monástico que bate la brisa marinera.

Las fortalezas más antiguas. El renacentista Castillo de La Fuerza, dentro de la villa de San Cristóbal de La Habana, es su más remota fortificación. En los finales del siglo xvi empieza la construcción del Castillo de los Tres Reyes del Morro y en la margen opuesta se levanta La Punta, otra más pequeña plaza artillera. Para mayor seguridad se tendió desde allí una infranqueable cadena flotante de eslabones de madera, con enganches aún a la vista, que impedía el paso a embarcaciones atacantes. Pero estas fortificaciones resultaron insuficientes en 1762, cuando la toma de La Habana por los ingleses. Antonelli, constructor de fortificaciones, mucho antes comprendió y advirtió que quien se apoderara de la vecina loma de La Cabaña sería dueño del Morro y de La Habana, debido a su mayor altura y posición, como así sucedió. Luego de la salida negociada de los ingleses, se emprendió un aseguramiento de las fortalezas y la construcción en el lomón de La Cabaña, de la que resultaría la mayor concentración artillera del imperio español americano y una de las mayores del orbe, aunque no combatió jamás. La villa de San Cristóbal de La Habana, contaba con torreones costeros en la boca del río Almendares y en la cercana caleta de San Lázaro, al oeste, y al otro lado en Cojímar y Bacuranao, y se rodeó además de murallas y de los castillos de Atarés y del Príncipe.

Castillos y también museos. El imponente Castillo del Morro, con su farola, fosos y murallas, su semáforo para la navegación internacional y su excelente mirador para la urbe y el mar, sigue siendo un símbolo de Cuba y de La Habana, al igual que la vasta fortaleza de La Cabaña y su artillería, ambos enclaves verdaderos museos vivos de historia. El restaurado fortín de La Punta hoy exhibe restos de naufragios, artillería naval y tesoros hallados bajo el agua, como los encontrados en el gran navío de guerra hispano hundido justo allí mismo, frente al Morro, a finales del siglo xix.

El cañonazo de las 9. La ceremonia es muy puntual porque por ella, cada noche, innumerables habaneros ponen sus relojes en hora,. Se lleva a cabo con una batería especial desde las principales murallas de San Carlos de La Cabaña, frente a La Habana, y sus protagonistas son jóvenes soldados ataviados cual artilleros de tiempos del rey don Carlos III, que dio su nombre al enclave. Se cuenta que el monarca hispano, al conocer el costo de la vasta fortaleza, pidió un catalejo y se asomó a una ventana de su palacio, en Madrid, para ver sus obras, que por el dinero invertido decía «deben verse desde España».

La Cabaña se rinde al Che. En los primeros días de enero de 1959, la enorme fortaleza, con sus áreas de artillería moderna añadidas y al servicio del ejército de la última dictadura (de Batista), se rindió a la columna de barbudos guerrilleros del Che Guevara, que avanzó desde la ciudad central de Santa Clara, al desplomarse el dispositivo militar represivo de entonces. Hoy se conserva su despacho y se rememoran las anécdotas del héroe, que vivió en una casa contigua, aledaña al Cristo de La Habana.

El Cristo de La Habana. Colocado a la entrada del puerto, una de las mayores y más llamativas esculturas de la ciudad es este Cristo ciclópeo, obra esculpida en blanco mármol de Carrara, por la artista Gilma Madera.

El encanto de la bahía. El litoral del Centro Histórico suele ser un agradable paseo peatonal. Allí no pocos vecinos atrapan las paletudas mojarras mantequeras con poca pita y anzuelos de mosca y otros peces mayores a curricán, en tanto otros se entretienen con los pelícanos lanzándose contra las bolas de sardinas para llevárselas en el pico. Por la bahía se suele navegar en las lanchitas de pasaje, que enlazan La Habana Vieja con los ultramarinos Casablanca y Regla, en la otra orilla. Próxima al emboque reglano se halla la añosa ermita, de hispana hechura, de la Virgen de Regla, patrona de pescadores y marinos, que es la entrañable Yemayá de los cultos afrocubanos.

Turismo multicentenario. A bordo de los numerosos galeones españoles cargados de riquezas y pasaje de hace mucho tiempo, llegaba desde localidades costeras de México, América Central y el Caribe a La Habana, para esperar y continuar viaje en los convoyes de las Flotas, una población que abarrotó hospederías y tabernas, que hizo abundar, y que debe ser considerado como el primer turismo masivo que recibió la villa colonial, habida cuenta que en su bahía se llegaron a concentrar cientos de veleros trasatlánticos, atentos al viento favorable y a la señal de partida de los barcos artillados de protección, rumbo a Sevilla.

Un paseo a extramuros. Deambular entre las imponentes edificaciones del corazón de la ciudad es una aventura de la cultura y la historia, porque por aquí abundan hechos y obras que no deben ser olvidados al paso del tiempo, luego que el derribo de las inútiles murallas permitiera tender en sus glacis los principales paseos, parques y palacios de La Habana moderna. Surgió así la capital decimonónica, como si los siglos en lo adelante dejaran de pasar, y de este modo el Paseo del Prado con sus grandes leones de bronce, dedicado en su momento a Isabel II de España, e igualmente el Parque Central, serían ahora consagrados a la memoria de José Martí. El muy ilustre Centro Gallego de La Habana, con su llamativa arquitectura, dispone hoy del Gran Teatro de La Habana que es sede del prestigioso Ballet Nacional de Cuba, y el vasto y sobrio Palacio del Centro Asturiano se abre como sala universal del Museo de Bellas Artes. En tanto la zona mantuvo a sus hoteles Inglaterra y Telégrafo de tiempos de la belle epoque, en la elegante Acera del Louvre, y emergió un nuevo y mayor Hotel Parque Central, una versión contemporánea del Teatro Payret y se mantuvo el neoclásico y populoso Hotel Pasaje frente al Palacio Capitolio, obra magna que sirvió a la politiquería, sin desdorar sus valores artísticos y el poco edificante detalle de parecerse a su homónimo de Washington. Desde su inauguración en 1929 hay aquí una impresionante estatuaria italiana, junto a otras obras de arte. Su historia de congresistas corruptos, con honrosas excepciones, fue puesta a término con la Revolución de 1959, que le otorgó otras funciones a ese gran edificio. Pero el hecho más indignante e inolvidable de esta zona de extramuros ocurrió en el monumento a Martí del Parque Central, donde en la noche del 11 de marzo de 1949 un grupo de marines de una flota de guerra norteamericana, surta en el puerto, intentó la infamia de orinarse en lo alto de la venerada estatua del Héroe Nacional.

El Museo de Bellas Artes. El más amplio y valioso conjunto de pinturas y grabados de Cuba, incluida la mayor colección de la plástica nacional y obras valiosas de varios países, están a la vista en los dos grandes edificios del Museo de Bellas Artes de La Habana. Inmediato al antiguo Palacio Presidencial, hoy Museo de la Revolución, se halla el estilizado inmueble de aires modernos, de mediados del siglo xx que cobija la Sala de Arte Cubano, y en el antiguo Palacio del Centro Asturiano, frente al Parque Central, los cuadros y demás obras de arte de Italia, España, Inglaterra, Francia, y de otros países, de los siglos xv al xix, en su denominada Sala Universal. El Museo de Bellas Artes distingue a la famosa colección del Conde de Lagunillas, muy representativa de las culturas antiguas de Egipto, Grecia y Roma, con su salón de vasos griegos, uno de los más completos del orbe, e igualmente conserva entre su riqueza valores de la obra española, contemporánea cubana y mucho de la nueva creativa.

El Museo de la Revolución. El antiguo Palacio Presidencial conserva preciadas reliquias del pasado reciente. En su entorno se conserva el histórico yate Granma, que trajo desde México a Fidel Castro y a los expedicionarios, en 1956, para iniciar la guerra de guerrillas en las montañas orientales. Hay aquí objetos tomados a los invasores de Bahía de Cochinos y restos del avión espía U-2 derribado sobre Cuba durante la crisis de los cohetes nucleares de 1962, y venerados recuerdos de las misiones internacionalistas cubanas en África. El bello edificio, que fue atacado por los revolucionarios cubanos en 1957, es todo un centro del arte decorativo nacional, nutrido de la obra diversa de plásticos de renombre.

El mayor cañón de Cuba. Se trata de un viejo Ordóñez español de 305 milímetros de ánima y 10 metros de largo, que disparó solo una vez y sin puntería contra la flota de guerra norteamericana que en 1898 asediaba a La Habana colonial. El formidable cañón está aún emplazado en la escarpada colina del Hotel Nacional de Cuba, en el Malecón de la ciudad, en lo que fue una beligerante posición artillera de varios siglos. El bello edificio del hotel insignia de Cuba, declarado Monumento Nacional, se mantiene a todo esplendor desde su inauguración en 1930, y ha sido anfitrión de innumerables figuras internacionales de la política y del arte.

Habanos en La Habana. Solo las manufacturas tabaqueras de los puros de marca, de La Habana, pueden estamparles su categoría de Habanos, denominación de origen que identifica a lo mejores del mundo, elaborados con tabaco negro de Vuelta Abajo. En la ciudad hay varias prestigiosas fábricas Premium: Partagás, H.Upmann, Rey del Mundo y otras no menos célebres, alguna con selectas Casas del Habano, donde se muestran y expenden, se conservan en condiciones ideales y pueden fumarse a plenitud, quizás junto a un cafetazo criollo negro y humeante o de un traguillo de puro ron añejo.

El Barrio Chino y el Callejón de Hamel. En el corazón de La Habana surgió a mediados del siglo xix esta colonia asiática, entonces de disimulada arquitectura típica por prohibitivas ordenanzas. No la habitaron los chinos que llegaron a Cuba como virtuales esclavos, sino mayormente los llamados californianos, que dejaron atrás la fiebre del oro en el oeste estadounidense y establecieron aquí sus pequeñas fondas y asociaciones religiosas y regionales, que han llegado al presente, cuando este popular Barrio Chino está poblado también con su descendencia y por expresiones legítimas de la cultura y la culinaria de su gran país, ahora aceptadas y estimuladas. También en el centro de La Habana, el jorobado Callejón de Hamel, está cargado de música criolla, filin y arte, peñas literarias y mucha rumba…sin formalidades.

La Caridad y la aguja de Reina. También por el Barrio Chino se localiza la iglesia habanera de la Caridad del Cobre, en la que cohabitan en altares varias santidades católicas y hasta una Virgen María de caracteres asiáticos, llegada a Cuba hace mucho tiempo. A unos pocos cientos de metros, en la transitada calzada de Reina, se halla la imponente aguja neogótica del Sagrado Corazón, uno de los más bellos templos de Latinoamérica, con valores arquitectónicos y de orfebrería en madera. La Habana tiene abiertos muchos locales del rito católico y evangélico (protestantes), sinagogas y locales dedicados al extendido culto afrocubano, surgido varios siglos atrás, de la confluencia de las religiones de esclavos africanos y el imperante catolicismo colonial.

El cubano… ¡tal cual es! Tal vez no haya mejor ocasión de conocer al cubano real, que ver las multitudes enardecidas por un juego de béisbol en el habanero estadio Latinoamericano. La pasión por sus deportistas y equipos preferidos, la ingeniosidad y sapiencia de sus dimes y diretes para aconsejar a los peloteros desde las gradas, sus alegrías por una buena jugada o lo contrario, se manifiestan allí con naturalidad sorprendente. Igual sucede en la concurridísima esquina de L y 23, en el Vedado, donde los jóvenes suelen ir tras del sabroso helado Coppelia, allí en su cremería gigante, luego o antes de asistir a clases a la Universidad, que está cerca, o de colarse con su pareja furtiva en algún club nocturno o ir a tomar aire fresco en el mismísimo Malecón.

Las increíbles noches del cabaret Tropicana. El más original y conocido cabaret de Cuba, y uno de los más renombrados del orbe, está en La Habana, todavía dentro de la arboleda donde dio su primer show en 1939. El sitio es casi obligado para los amantes del espectáculo y para quienes gusten divertirse con la contagiosa salsa cubana que arrolla, envuelve y marca el paso. Las deslumbrantes presentaciones, donde prima la buena música, el color, la belleza y el buen gusto de bailarines y figurantes, con llamativos y voluptuosos atuendos, redimen cada noche a las estáticas féminas de su maravillosa Fuente de las musas, obra escultórica del italiano Aldo Gamba, localizada en su entrada. La emblemática y no menos estilizada Bailarina de Tropicana, de la creadora cubana Rita Longa, se ha tornado su símbolo universal no obstante tratarse de una danzante clásica, de un cabaret que es principalmente un santuario de la movida música popular.

Los espejuelos de Lennon. Vaya cosa. La admiración criolla por los Beatles pasa por la visita al casi inadvertido monumento a Lennon, que aparece sentado, a tamaño natural, en el banco de un parque del Vedado. Junto a esta emblemática figura los visitantes suelen tomarse fotos, pero algunos no resisten la tentación de hurtar las gafas del gran músico. Más de una vez han sido fabricados y repuestos los espejuelos de Lennon, concebidos en bronce -al igual que la escultura-, por el artista cubano José Villa Soberón.

Hemingway en Cuba. El «escritor americano», como le llamaron al principio los cubanos que le conocieron, comenzó en la habitación 511 del hotel Ambos Mundos, en la calle Obispo de La Habana Vieja, su célebre novela Por quien doblan las campanas, mientras vivió aquí entre 1932 y 1939. Desde su pequeño alojamiento divisaba el mar habanero, que llamó «el gran río azul», donde ya capturaba grandes peces agujas. Por ratos se introducía en las corrientes de peatones de esa callejuela comercial, se aparecía en el restaurante bar Floridita y plantaba una tertulia con personalidades del mundo que visitaban La Habana. Allí inventó con el barman Ribailagua su variante del trago Daiquirí, que se hace con limón, azúcar, ron blanco y hielo frapé seco, para él doble y a base de toronja, sin azúcar y con gotas de marrasquino, que desde entonces fue llamado Papa Special. Luego compró en las afueras la finca Vigía, por donde hoy se afirma deja ver su corpulenta figura ectoplasmática. En aquellos años el escritor hizo patrullas contra los submarinos nazis en aguas cubanas y visitaba mucho el pueblito de Cojímar, desde donde pescaba y fondeaba su yate Pilar (actualmente en la casa-museo de Vigía) y conversaba en la leonera subterránea del restaurante La Terraza con pescadores pobres quienes le aportaron sus historias en la pesquería de los grandes pejes de pico, que luego incluyó en su desafiante novela El viejo y el mar. Hemingway nunca interrumpió sus visitas al Floridita, donde hoy se le puede ver en bronce y a tamaño natural, en su rincón preferido, cual si esperara su frío y cargado Papa Special, que se llevaba en termos para su finca de San Francisco de Paula, en La Habana periférica.

La milagrosa del cementerio. Se trata de una joven cubana de principio del siglo xx, fallecida al momento de dar a luz, junto a cuya alba sepultura e imagen escultórica suelen reunirse seguidores, que le reconocen hechos sobrenaturales a Amelia Goiry, desde hace años con el sobrenombre de La Milagrosa. La necrópolis habanera Cristóbal Colón, con su artístico gran portón principal donde se precisa en una señal de tránsito que se trata únicamente de una entrada sin salida, es un virtual museo de arte funerario con unas diez mil obras de creadores del país, españoles e italianos, que lo avalan entre los más ricos e importantes cementerios del orbe.

La Plaza para un millón. Fue en las últimas décadas cuando adquirió su historicidad la Plaza de la Revolución José Martí, en La Habana, en primer lugar debido a las extraordinarias asambleas de pueblo en las que se rebasó muchas veces el millón de participantes. El imponente lugar, concebido a mediados del siglo xx como moderno centro administrativo, opera hoy como escenario político. Dedicado al Héroe Nacional de Cuba, su gran obelisco de 138,5 metros sobre el nivel del mar es el mirador más alto de La Habana. A su alrededor edificios relevantes como el Palacio de la Revolución, que es compartido por las oficinas del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros, de un lado, y del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, al otro. La explanada frontal, aún sin terminación, junto a un gran Martí en mármol blanco, ha servido a actos y desfiles masivos de más de un millón de cubanos, muchos convertidos en asombrosos diálogos directos de Fidel con el pueblo. Ese detalle es conocido por los turistas del mundo que a diario recorren y fotografían este vasto espacio abierto. Otro motivo entrañable de esta gran plaza es la efigie del Che Guevara en la fachada del Ministerio del Interior, trabajada con arte a partir de la famosa foto del héroe guerrillero cubano-argentino, tomada por el cubano Korda y que ha dado la vuelta al mundo como símbolo universal de rebeldía contra la injusticia.

Protestas en La Colina. La tranquila apariencia neoclásica de la Universidad de La Habana, con sus sobrios edificios y figuras grecolatinas, en el pasado se alteraba corrientemente con las tánganas de protesta de sus estudiantes contra las arbitrariedades, el entreguismo y la malversación de los gobiernos de turno. De la histórica rebeldía de los universitarios se conserva en la plaza central del alto centro docente, en La Colina, una tanqueta de guerra arrebatada al ejército de la última dictadura por los estudiantes, devenidos guerrilleros, con sus columnas de combate, antes de 1959. Pero las desiguales batallas campales de los universitarios allí con la policía tomaban casi siempre por su gran escalinata frontal que da a la concurrida calzada de San Lázaro, por donde luego bajaban los estudiantes con gritos de denuncias y carteles de protesta y eran esperados a balazos y chorros de agua. La Universidad de La Habana, hoy mayormente dedicada a Humanidades, conserva los restos mortales del presbítero patriota Félix Varela, depositados en su Aula Magna, donde se postró y oró el Papa Juan Pablo II en 1998, durante su visita a Cuba. El recinto de La Colina, entre sus imponentes edificios para las diversas carreras y centros científicos, guarda su valioso Museo Antropológico Montané y el de Ciencias Naturales Felipe Poey,

Los museos franceses. Está el Napoleónico, que conserva objetos personales del Gran Corso, acumuladas por un opulento azucarero cubano, napoleonista contumaz, hoy en exhibición en la Dolce Dimora, a un costado de la Universidad de La Habana. En este edificio que imita con extraordinario gusto y rigor un palacio florentino medieval, se dice que aparece la imagen fantasmagórica de su original propietario ítalocubano, legislador cómplice de la dictadura machadista de 1930. Por su parte, el Museo de Artes Decorativas se instaló en la lujosa y amplia mansión del barrio del Vedado, perteneciente a una acaudalada familia que, en 1926, encargó la decoración del inmueble a afamados artistas franceses. Se conservó por épocas allí mucho arte en muebles finos y cerámicas, y todavía, ya en el siglo xxi, se descubrieron disimuladas en paredes varias valiosas pinturas antiguas, hasta entonces escondidas de la mirada agradecida de los visitantes.

El anillo verde de La Habana. Es el vasto pulmón natural de la capital cubana, donde se localizan plantaciones de árboles frutales (especialmente de mango), arroyuelos convertidos en tranquilos lagos-embalses e instituciones vinculadas a la ruralidad del país, como el bien dotado Jardín Botánico Nacional y su excepcional Jardín Japonés, diseñado con «serenidad armónica» por el arquitecto Joshikuni Arake. Cerca se halla el Zoológico Nacional, donde los animales parecen vivir sin rejas; el parque Río Cristal de belleza bucólica cubana, junto a un centenario convento; y hasta la lidia criolla de gallos finos en la finca Ancona, al sur de la ciudad.

Ferias, convenciones y negocios. La Habana es una cita conveniente para el llamado turismo de eventos e incentivos, porque al ofrecer tantas opciones diversas de descanso, paseos y entretenimientos, incluida la playa y visitas a sitios de interés, se presta para combinar eventos con estas excelentes posibilidades extra. La ciudad dispone de hoteles de gran categoría, habilitados con facilidades para la celebración de estas reuniones, y de manera especial el gran Palacio de las Convenciones de Cubanacán, en una zona verde dentro de la mitad oeste de la urbe, con todo lo necesario incluido un moderno hotel. Cada año se efectúan en La Habana cientos de reuniones internacionales de carácter científico, empresarial, técnicas, y especializadas, algunas con sus propias ferias expositivas y comerciales. El evento de mayor concurrencia es la Feria Internacional de La Habana (FIHAV), de cada otoño, que tiene lugar en el parque ExpoCuba, en el sector sur de la capital cubana, con pabellones y áreas al aire libre. Cuba hoy mantiene abiertas sus posibilidades de intercambio y negocios, de gran interés y versatilidad.

Los tesoros del Potosí. Su capilla rectangular recuerda las antiguas mezquitas de las aldeas de la España del sur, por su predominante estilo morisco-criollo del siglo xvii, aunque este pequeño templo antiguo se halla en la localidad habanera de Guanabacoa, junto a su viejo cementerio. Sus enterramientos se encuentran en el suelo y paredes bajas de la iglesia del Potosí y luego en sus alrededores inmediatos. Algunos de ellos pertenecen a señalados vecinos de la villa de San Cristóbal de La Habana, como el propio de Juan de Acosta, capitán de maestranza y constructor de baxeles de los astilleros habaneros de la colonia, que fabricaron grandes veleros de guerra con mucha artillería, como el Santísima Trinidad, de 140 cañones. Su tumba está ubicada en el vestíbulo principal de Potosí, justo en el sitio por donde hay que entrar, y tiene grabada una filosófica enseñanza: «Pasagero que oi me pisas/Párate a considerar/que has de venir a parar/en ser como yo, cenizas…»

La ciudad científica del Oeste. Hacia el aludido rumbo en La Habana se extienden los numerosos laboratorios de investigación y las industrias de este polo científico, donde se logran y producen numerosas vacunas de gran efectividad y medicamentos, hoy ya conocidos en muchos países. Por sus cercanías se encuentran también los curiosos pabellones, rematados en cúpulas, del Instituto Superior de Arte, levantados hace casi medio siglo con abundantes piezas de arcilla local.