Eusebio Leal, Fiel a La Habana
Pensando en mí, me imagino yo ciudad, creo que los achaques que tiene son los que puede sentir uno cuando ha vivido tan largo tiempo. Cinco siglos es poco en comparación con ciudades antiquísimas como Atenas, en Grecia, o Estambul, en Turquía. Pero es mucho para nosotros en nuestra América. La Habana forma parte de esa nueva ola que se inaugura con la conquista y la colonización española. Y posee una amplia escala de valores. Hay un valor simbólico: es la capital de la nación, la cabeza; pero al mismo tiempo es también muy representativa de todos los valores culturales, intelectuales, políticos, históricos y sociales del pueblo cubano. También es un catálogo de la más hermosa y deslumbrante arquitectura que alcanzó la Isla, con rasgos que pueden hallarse también en Camagüey, Santiago de Cuba o Trinidad.
Por ejemplo, esa arquitectura morisca, de influencia hispana y musulmana, está muy caracterizada en el centro histórico. Después, ese tímido, pero apasionante barroco de la Catedral de La Habana, contenido más en un estado de ánimo, en una especie de sentimiento o atmósfera que el escritor cubano Alejo Carpentier describió con brío en El siglo de las luces, su gran novela.
Está la ciudad neoclásica, con El Templete, el monumento dedicado a la fundación a La Habana, una especie de pequeña maqueta que se reproduce también con gran originalidad en otras ciudades de Cuba, como Matanzas o Cienfuegos. Y luego, esa ciudad del eclecticismo que es tan impresionante, en Centro Habana, llena de gárgolas, atlantes, figuras extraordinarias, criaturas imaginarias. Allí se cuela casi subversivamente el art nouveau (edificio Cueto de la Plaza Vieja) y luego con mucho esplendor el art déco, como en el edificio Emilio Bacardí, para hacer aún más intenso el discurso de la arquitectura. Y, por último, La Habana de la modernidad, que llega a su esplendor de la mano del arquitecto vienés Richard Neutra en la Casa de Schulthess, una de las más bellas del reparto a donde nos lleva la Quinta Avenida.
La Habana es una ciudad viva, de sabiduría y de memoria: en esta metrópolis animada hallamos la acrópolis de la sabiduría que es el bello campus de la Universidad y el gran cementerio monumental, la necrópolis, bella también.
Nuestra tarea es fomentar la idea de conservación de la memoria de la ciudad, no solo cuando se trata de conmemorar su quinto centenario, sino en la vida de todos los días. Le he dedicado más de tres décadas y confieso que a veces predicar esa causa era como hacerlo en el desierto. Deseo afirmar que la cultura ha sido casi un lema de nuestro Plan Maestro para la rehabilitación y restauración del centro histórico. Todo proyecto de desarrollo que prescinda de la cultura solo genera decadencia. Por otra parte, el factor humano es muy importante. Me gustaría lograr que estas conmemoraciones se conviertan en una pasión popular. Si no trascienden al pueblo se reducirán solamente a un discurso oficial, mover algunas piedras e imprimir algunos papeles.
Uno de los desafíos a los que se enfrentan las ciudades declaradas Patrimonio Mundial es la dificultad de conciliar el turismo –en ocasiones masivo– y la conservación de los valores patrimoniales. Y hay que velar por que La Habana no desaparezca bajo una marea de turistas. Pero, a la vez, creo que no se debe demonizar al turismo, una actividad necesaria, un factor económico importante, y en el caso de Cuba –dado su aislamiento–, una oportunidad también para iniciar un diálogo directo con visitantes provenientes de todas las regiones
Debo confesar que casi he perdido la batalla contra el mar, una batalla que solamente podría librarla Neptuno con su tridente. No puedo olvidar las imágenes de las olas demoledoras rompiendo contra el Castillo del Morro, erguido desde hace siglos frente al mar y este último penetrando en la ciudad, cubriendo de sal los jardines del Prado, desgastando los cimientos de palacios antiguos y edificios modernos. Son visiones dantescas que se repiten a cada paso de un ciclón. Hemos perdido la batalla contra el mar, pero debemos ganar nuestro combate contra el cambio climático. Grandes desafíos y nuevas aventuras nos esperan., en la restauración de ¨la sonrisa de La Habana¨, nuestro Malecón
Es cierto que todo me ha llevado siempre a La Habana. Han sido realmente muchos años de trabajo y de empeño. No me arrepiento. Si hubiera otra vida que esta que conocemos aquí abajo, mi alma vagará eternamente por La Habana. Ha sido el mejor de mis amores, la mejor de mis pasiones, el mayor de mis desafíos. Realmente no sé por qué siempre vuelvo misteriosamente a ella, en la luz y en el silencio, en la vida y en el sueño.