Un fascinante espectáculo ofrecen al visitante las Cataratas del Niágara, cuyas aguas separan a Canadá de Estados Unidos

No son las más altas ni las más caudalosas del mundo, pero sí las más conocidas. Se calcula que hasta quince millones de turistas viajan cada año para presenciar el impresionante espectáculo de las Cataratas del Niágara, una de las maravillas naturales de nuestro planeta. Su nombre, en lengua de los aborígenes iroqueses de Norteamérica, significa «trueno de agua».

Esa imponente muralla líquida separa a Canadá de Estados Unidos, y reúne el torrente de los lagos Erie y Ontario. Más de cinco millones de litros de agua por segundo caen por la hondonada, a una profundidad de casi cincuenta metros. El farallón se extiende por un kilómetro.

Desde la orilla canadiense se aprecia la mejor vista panorámica de las Cataratas del Niágara, pero de una y otra parte los visitantes tienen a su disposición diversas opciones para observar las cascadas con diferentes perspectivas. A unos les basta con admirarlas desde lejos. Otros se animan a cruzar un puente peatonal que une los bordes del barranco, o a descender por un túnel para contemplar la corriente desde atrás. Los más osados se arriesgan a emociones mayores: desafiar el desenfreno de las aguas rugientes y acercarse a ellas a bordo de unas barcazas llamadas «Maid of the mist», o sea, «Doncella del rocío».

Se dice que las Cataratas del Niágara, hoy día todo un espectáculo turístico, fueron descubiertas para el mundo occidental por el explorador francés Samuel de Champlain en 1613, aunque los principales honores se los lleva el monje benedictino Louis Hennepin, al hacer la primera descripción por escrito del majestuoso paisaje, en 1678. A José María Heredia, poeta cubano calificado como primogénito del Romanticismo hispano, se le llama también «el cantor del Niágara». En las propias cataratas puede apreciarse una tarja de bronce -donada por el pueblo de Cuba- que reproduce los versos de su famosa «Oda al Niágara», escrita el 15 de junio de 1824, tras el encuentro del joven escritor con esta maravilla natural… «Torrente prodigioso, calma, calla tu trueno aterrador: disipa un tanto las tinieblas que en torno te circunda. Déjame contemplar tu faz serena, y de entusiasmo ardiente mi alma llena...»