El Caribe, mezcla de culturas y religiones
El Caribe ha sido estudiado por numerosos investigadores, a partir de sus características históricas, políticas y socioculturales. Su definición aún sigue siendo muy controvertida: unos aúnan sus pueblos por su geografía o historia, otros lo hacen por su cultura. Sin embargo, es insoslayable que posee una intrínseca unidad, a pesar de la pluralidad étnica, lingüística y religiosa que lo caracteriza.
La región caribeña fue el escenario del “descubrimiento” o el “encuentro” de dos mundos que hasta entonces no habían tenido contacto. Por aquí comenzó la conquista que luego se extendería a tierras continentales. Fue punto de confluencias de las potencias europeas, primero España y, luego sus grandes rivales –Francia, Inglaterra, Holanda– los cuales desempeñarían un papel hegemónico en el desarrollo de estos pueblos, determinando sus costumbres, lenguas, religión, estructuras y relaciones sociales.
La colonización europea engendró tempranamente el problema de la mano de obra. La población autóctona, casi exterminada en las regiones insulares, fue reemplazada desde el siglo XVI. Así surgiría la trata negrera, uno de los comercios más desdeñables de la historia, cuyo objetivo fundamental consistió en la deportación de esclavos desde diversas regiones del África negra –sobre todo de la parte occidental– con la finalidad de garantizar la fuerza de trabajo.
Desde 1501, arribarían a las Antillas y a tierra firme alrededor de 15 millones de africanos de diferentes grupos étnicos. Yoruba, lucumí, bantú, mandinga, arará, mina, fanti, fon, mayombe, entre otros, llegaron al Caribe. Cada uno traería sus costumbres, idiosincrasia, lengua y religión, que se transformarían a partir del nuevo contexto al que se enfrentaba este hombre desprovisto de su cultura material.
Los esclavos no sólo perdieron su libertad de vida y trabajo, sino también su memoria colectiva e imaginario social, a través de los cuales los pueblos transmiten y recrean, de generación en generación, sus experiencias y modos particulares de ser.
Sus reacciones fueron diversas. Una que prevaleció y, en gran medida, determinó la supervivencia de la cultura de que eran portadores; fue la de aquellos que se sobrepusieron a las penas físicas y morales del exceso de trabajo y a la deculturación impuesta por el colonizador a toda costa y buscaron refugio en las montañas o en las selvas, donde constituyeron comunidades cimarronas para preservar en lo posible su libertad e identidad. Allí realizaban sus labores y se autoabastecían de alimentos, lo que les permitía subsistir, en tan adversas condiciones.
El cimarronaje, considerado como un fenómeno de resistencia cultural, aparece con toda su fuerza en la religiosidad del hombre esclavizado, en tanto no cedió su conciencia religiosa a otras prácticas, incluso, a las del colonizador que las imponía fervientemente. Así, El Caribe se pobló de orishas, loas, ngangas y tambores, lo que trajo consigo el sincretismo que, ya en siglos anteriores, había tenido lugar en tierras africanas a partir del contacto con el Islam.
Creatividad y firmeza caracterizaron este proceso sincrético, donde se asimilaron patrones de culturas milenarias que, en la mayoría de los casos, eludieron la condición dominante-dominado.
Paralelo a esto, los esclavos eran sometidos a un adoctrinamiento religioso que se correspondía con la necesidad de los amos de darles una lengua franca –la del colonizador–, y una religión –la católica–, que vinculara a los esclavos de diferentes etnias entre sí.
En 1685, con el dictamen del Code Noir –que expresaba que, después de un período corto, los esclavos debían ser adoctrinados y bautizados en la fe católica– a los africanos se les prohibió participar en sus celebraciones religiosas, lo que los obligó a mantenerlas en secreto: la religión se convirtió en un culto arcano; los creyentes, en conspiradores; las reuniones sagradas, en células de rebelión. Sin embargo, los dueños de las dotaciones ignoraban que las fiestas de los esclavos, su música y sus bailes, eran las formas tradicionales de convocar a las deidades ancestrales y de celebrar su liturgia. De esta manera, lograron mantener sus concepciones religiosas.
Las rebeliones de esclavos que ocurrían continuamente eran, sin duda, testimonio de una voluntad de librarse, en primer lugar, de la explotación económica a que eran sometidos; en segundo, de luchar contra la dominación de la cultura del colonizador quien, en todo momento, excluía los patrones de los oprimidos. En los procesos de opresión cultural, las comunidades subyugadas desarrollan gradualmente ciertas tácticas defensivas para preservar los valores de su cultura frente a las impuestas por el opresor.
A pesar de que, tras siglos de explotación, se perdieron muchos valores de las tradiciones africanas hoy perviven manifestaciones culturales de raíz africana transmitidas oralmente de generación en generación: música, danza, remanentes lingüísticos, costumbres culinarias y religión, forman parte de la identidad caribeña. Específicamente, en torno a la religión –entendida como un sistema unificado de creencias y prácticas sagradas–, las analogías entre elementos religiosos aborígenes, hispanos y africanos, hicieron posible un constante intercambio, del cual se fue formando una nueva religiosidad que ha variado según el contexto y el estatus de sus practicantes en cada una de las épocas.
Esas similitudes permitieron la pérdida de algunos rasgos, la adquisición de otros y el surgimiento de nuevos componentes, sin olvidar que el hombre, en ningún otro terreno, es más conservador que en la religión.
Por su parte, el proceso evangelizador de Europa no pudo eliminar las prácticas animistas y las creencias paganas de origen africano, lo que, de alguna manera, también contribuyó al arraigo de algunas concepciones religiosas.
Las religiones populares caribeñas –para distinguirlas de las eclesiales– se caracterizan por su asociación a la vida cotidiana y a los problemas y culturas de los pueblos. En ellas se encuentran sincretizaciones del catolicismo con cultos indoamericanos o africanos: la presencia de elementos festivos, del mito y la superstición; las peregrinaciones e imágenes; exvotos y promesas, además de un carácter utilitario. Resultado de estos procesos son los sistemas religiosos caribeños de raíz africana. Por ejemplo, en Haití, se practica el vudú, manifestación religiosa que llegó al Caribe en el siglo XVIII. Su historia está estrechamente relacionada con el proceso de formación étnica nacional y se remonta al período de la llegada de los primeros esclavos a la parte occidental de la isla de Santo Domingo bajo dominio francés.
En Venezuela, por otra parte, tiene lugar el culto de María Lionza, el cual aúna simbólicamente los tres grupos étnicos existentes en este país: la figura de María Lionza –español–, del indio Guaicaipuro –indígena–, y del negro primero, Pedro Camejo –africano.
La Regla Osha, la Regla Conga o Palo y el Abakuá de Cuba, son sistemas religiosos que se basan en las concepciones que trajeron los esclavos de los diferentes grupos étnicos que llegaron a la Isla en la etapa colonial. Sus ritos –particulares para cada uno– son profesados hoy por gran cantidad de personas, lo que les confiere gran arraigo popular en el seno de esta sociedad.
Por su parte, el Culto a Changó fue establecido en Trinidad y Tobago por esclavos procedentes de la antigua población yoruba y de otras islas del Caribe que llevaban elementos de estos ritos, los cuales se desarrollaron a lo largo del siglo XIX y se combinaron con la práctica del catolicismo. Changó es el apelativo genérico que designa al culto de los orishas yorubas y se manifiesta de forma parecida en Granada. En tanto los Shouters, práctica que tiene lugar en estos dos países, son una secta que tiene sus raíces en el movimiento de los shakers –sociedad de creyentes, fundada en Inglaterra a finales del siglo XVIII– y en la religión bautista llevada a Trinidad y Tobago por misioneros norteamericanos. Anteriormente esta secta se conocía con este nombre, pero sus adeptos rechazan el término. De ahí que también se les conozca como Spiritual Baptists De igual forma, los rastafaris desempeñan un importante papel socio-político en Jamaica –lugar de origen– y en otras islas del Caribe. Este movimiento parte de la filosofía del jamaicano Marcus Garvey (1914-1940), quien enfatizó en la superioridad del negro en la sociedad. Los rastafaris incorporan una combinación de religiones africanas y de narraciones del Antiguo Testamento.
Cada uno de estos cultos, que muchas veces le dan al Caribe ese original matiz con que muchos suelen identificar a la región, son una fusión de elementos dinámicos que se recontextualizaron a partir de las exigencias de su entorno. Si bien hay cierta homogeneidad en la liturgia, en muchos casos, existe una gran diversidad de ritos. Ya el antropólogo cubano, Don Fernando Ortiz, nos revelaba en 1940 la característica esencial de todo el devenir caribeño con el uso del término transculturación, para expresar la riqueza de matices que aparecen cuando diferentes pueblos se ponen en contacto en un mismo espacio.
Es innegable que a partir de la convergencia de estas grandes culturas, se produjo una asimilación y pérdida constantes de valores, a partir de los cuales emergió una nueva realidad, compleja y diversa, que trajo consigo que en el Caribe se formara una cultura mestiza, dinámica y única: la caribeña.