Las selectas colecciones históricas de la plástica cubana e internacional parecieron caber en el cuadrado edificio que se construyó con ese fin en la década de 1950 por el gobierno de la última de las dictaduras, antes de la Revolución. Era un inmueble tan cuadrilongo y exiguo de ornamentación, que muchos lo criticaron porque, además, aquel museo inaceptado había surgido de las ruinas del mercado colonial del Polvorín.

El asunto fue que, aunque la propaganda pagada lo calificaba como una joya arquitectónica, y otros reconocían a la cuadrada edificación como innovadora en La Habana de la época, lo cierto es que sus formas contrastaron con el entorno urbano en pie en esta zona de extramuros, de predominante eclectismo criollo y hasta con bellas muestras del decimonónico neoclásico. Y hasta nuestros días, de cuando en cuando, aflora la vieja polémica a pesar de sus años.

El aspecto y la disposición interna del original Bellas Artes cambió radicalmente con el remozamiento general de hace unos años, cuando la Revolución que lo heredó pudo emprender el soñado moderno Museo de Bellas Artes de nuestros días. Sus preciosas colecciones necesitaron del renovado e hipermoderno edificio-cajón y también del antiguo Palacio del Centro Asturiano, frente al vecino Parque Central, separados entre sí por unos pocos cientos de metros, porque para sus tesoros no alcanzaban los locales. En el antes ascético inmueble construido en el espacio del Polvorín, ahora con reformas y ornamentación para bien, pudo centrar y exhibir la mayor y más valiosa colección de la plástica cubana, de la que se afirma se mantiene en un boom mundial permanente. Sus locales fueron humanizados con criterios artísticos y dotados de luz suficiente, temperatura adecuada y confort y se diseñó una distribución moderna, acorde con los mejores centros similares del orbe.

Por su parte, a las enormes y bellísimas salas eclécticas del viejo Centro Asturiano, también organizadas y adecuadas según la óptica museística de nuestros días, les tocó conservar y mostrar los tesoros cubanos de la plástica internacional. Procedente en su mayoría de España, Italia, Alemania, Flandes, Inglaterra y Francia, entre otros países, de conocidos e ignotos artistas y escuelas, algunos en series únicas o individualmente inapreciables de la colección internacional, que integra desde hace muchos años, el patrimonio nacional. Se reserva en este enorme pabellón una sala especial para los más de cien vasos griegos y otros objetos artísticos procedentes del Antiguo Egipto y de las clásicas Grecia y Roma, que conforman la famosa colección del Conde de Lagunillas, considerada como una de las mayores y de más calidad del mundo.

La institución organiza visitas dirigidas y libres a sus salas permanentes y transitorias, celebra eventos, exposiciones y actividades artísticas, cursos y celebraciones a las que asisten coleccionistas, expertos y amantes de la pintura, el grabado y la escultura cubana y otros interesados en admirar los tesoros universales que posee. El llamativo edificio dedicado a la pintura cubana ha dejado de ser un elemento contrastante con el entorno citadino, donde coincide la obra barroca, neoclásica y ecléctica de centurias atrás, y hasta el poco reconocido e interesantísimo prebarroco morisco, iniciado en el siglo XVII y que en sus detalles se hace ver ahora como una manera cubana de su arquitectura artística de la teja convexa, el arco de medio punto y los patios floridos.