La arquitectura del Habano
Durante muchos años fue un producto esencialmente agrícola, y la isla de Cuba apreciada como uno de los territorios donde se cultivaba la mejor hoja del mundo. Tempranamente la metrópoli española estableció el monopolio o estanco sobre el tabaco cubano, para ser convertido en rapé en las fábricas sevillanas y exportarlo hacia el resto de Europa, transformado en el célebre polvo de oro que garantizaba a la monarquía cuantiosos ingresos.
El primer establecimiento que dio inicio a esta cadena de producción fue la Real Factoría de Tabacos de La Habana, encargada de colectar y adquirir con destino a España todo el tabaco en rama cultivado en el país. Entre 1772 y 1781 se construyó en la ciudad, a orillas de la bahía y junto al Real Astillero, un nuevo edificio para la Factoría diseñado por el ingeniero militar Silvestre Abarca, constructor de la fortaleza de La Cabaña, y que consistía en un gran almacén con salas para clasificar las hojas por su calidad, con un amplio patio y azoteas que permitían secarlas.
Aunque estaba concebido como almacén, el inmueble poseía molinos para el mejoramiento del tabaco y llegó a emplear cerca de 600 operarios. Estaba considerado, después de las fortificaciones, como el mayor de los edificios de la ciudad y su valor ascendía a un millón de pesos. Pero su actividad estaba llamada a desaparecer ante los rápidos cambios que experimentarían el consumo y el comercio mundial del tabaco. El siglo XIX se iniciaba con un aumento extraordinario del hábito de fumar en sustitución del uso del tabaco en polvo o rapé. El tabaco torcido y el cigarrillo se expandían con rapidez, y sus humos se extendían desde Rusia a Norteamérica; en un mundo donde las viejas costumbres cortesanas desaparecían y el modo popular de fumar aspirando directamente el humo, heredado de las culturas indígenas, ganaba cada día más adeptos desprejuiciados.
Por esa misma fecha España liberó el comercio colonial de sus rezagos monopolistas, y eliminó el monopolio del tabaco y la Factoría en 1817, autorizando la fabricación del torcido en talleres independientes en Cuba. El gran almacén real dejó de funcionar y fue dedicado a otras actividades durante el transcurso del tiempo, acumulando sucesivas transformaciones hasta la actualidad, mientras una nueva industria urbana del tabaco daba sus primeros pasos en La Habana.
El torcido tuvo una súbita explosión y en breves años aparecieron cerca de 400 licencias para establecer talleres y mesas de tabaco en todos los barrios citadinos. Estas primeras instalaciones tuvieron un carácter un tanto doméstico, pues surgieron dentro de las viviendas y no agrupaban una gran cantidad de operarios.
En 1836 había 306 tabaquerías en la ciudad con 512 operarios. Pero a partir de 1840, cuando la calidad de los habanos fue ganando prestigio en el mercado mundial, algunos talleres aumentaron su mano de obra y comenzaron a transformarse en manufacturas, dando lugar a famosas marcas como Henry Clay, Cabañas, H. Upmann o Partagás, instaladas en edificios construidos especialmente para fábricas. Así fue como, entre 1880 y 1915, se edificaron los mejores exponentes de la arquitectura de esta industria dentro de La Habana.
Los almacenes de tabaco en rama fueron otras de las construcciones tabacaleras establecidas con un carácter independiente de las grandes manufacturas que tenían los suyos dentro. Estaban destinados a la conservación de la hoja para ser exportada o bien para abastecer los pequeños talleres urbanos. En las primeras décadas del siglo XX, cuando la venta del tabaco en rama superaba la del torcido, se levantaron los mejores edificios para almacenes en la ciudad.
Así, la industria del tabaco propició también el desarrollo de actividades paralelas que tenían que ver con la confección de los envases de las marcas, que fueron alcanzando una importancia extraordinaria para presentar los productos de alta calidad con la garantía y el lujo que exigía su elevado precio.
Talleres litográficos y para confeccionar envases de cedro, otros para la fabricación de papel para cigarrillos y hasta una temprana producción de fósforos, funcionaron como industrias auxiliares que debieron su sostenimiento esencial al consumo del tabaco. En 1831 comenzaron a emplearse las marcas grabadas y casi cincuenta años más tarde los habanos habían adoptado plenamente los envases de lujo con las litografías de colores brillantes y dorados que aún les acompañan.
Las manufacturas tabacaleras tuvieron un especial carácter debido a su íntima compenetración con el entorno urbano. Los primeros talleres habían nacido dentro de las viviendas, y la fabricación del tabaco y del cigarro no abandonó nunca ese tipo de trabajo que aprovechaba la labor de soldados, porteros, amas de casa y otros empleados ocasionales, entre los que se pueden incluir los reclusos.
Esa capacidad de proporcionar ingresos a una población heterogénea, hizo del tabaco una industria indispensable que constituía la médula de la economía urbana y reunió en las fábricas a obreros especializados de muy diversa condición social, libres o esclavos, cubanos, chinos o españoles, que junto con los propietarios o marquistas, casi siempre procedentes del norte de la península ibérica, le proporcionaron a la industria un cosmopolitismo esencial.
Sin embargo, esto no impidió que el proceso de elaboración fuera algo genuinamente local, fraguado en la Isla y luego llevado a otras regiones del mundo como La Florida o Islas Canarias, sin perder su autenticidad e identidad de origen.
En la era del maquinismo y de los arrabales industriales con sus sombrías chimeneas, La Habana mantuvo una industria peculiar por no estar segregada en el espacio, sino por el contrario, situada en medio de zonas céntricas. Se trataba de una producción limpia, predominantemente manual, sin desechos, ruidos, humo, ni malos olores, que apenas exigía agua ni combustible para sus escasas máquinas, y que por estas razones pudo compartir sitio junto a paseos, teatros, sociedades de recreo y cafés, en pleno corazón de la ciudad; además de permitir a los obreros escuchar a un lector que les distraía y educaba mientras torcían los habanos.
La arquitectura de las manufacturas del tabaco reprodujo en gran parte una distribución tomada de las grandes casas coloniales, con sus almacenes y entresuelos en los bajos, y una amplia escalera que conducía a los salones altos, ventilados y luminosos. De hecho, algunas de las mejores viviendas de la ciudad fueron convertidas en fábricas de tabaco.
Los almacenes tuvieron una estructura más excepcional con el fin de climatizar y conservar el producto libre de impurezas y de plagas, así como prolongar su comercialización mediante el control de la temperatura y del ambiente. La primera etapa de almacenamiento y curado dio origen a las casas de tabaco en los propios campos, una edificación característica de las vegas cubanas, que databa de la década de 1830, cuando se comenzó a construir, como aún se hace, orientada con respecto al sol y a los vientos, altas y techadas de guano, con los costados de tabla de palma, y un singular aspecto cónico, donde la hoja de tabaco descansa y fermenta por varios meses antes de ser conducida a la ciudad.
Esta actividad, ya en la urbe, se prolongaba en los almacenes que contaban con una arquitectura sólida de soluciones aislantes, como patios cubiertos, escasos vanos, paredes y pisos tapizados de madera, y una localización sobre sitios de relativa humedad, no secos o excesivamente expuestos a las corrientes de aire.
El aspecto común de la arquitectura industrial distaba mucho del que ofrecían estas edificaciones donde se elaboraba el tabaco. Sus fachadas estaban diseñadas con el mismo estilo decorativo de las demás construcciones que las rodeaban dentro de la ciudad; y muchas manufacturas tabacaleras no renunciaron a los pisos de mármol, ni a las puertas talladas de maderas valiosas, a las hermosas rejas de hierro fundido o a los vitrales. Los almacenes exhibieron fachadas que no desmerecían de las de un banco o edificio de oficinas, y en varias ocasiones los propietarios o empleados tuvieron reservado en ellos espacios para sus propias viviendas. La arquitectura del tabaco parecía animada del mismo espíritu refinado y cuidadoso que acompañaba la confección de las vitolas, de cuidadas formas, colores y olores, o la habilitación litografiada de los envases.
No obstante, el funcionalismo de la organización industrial también ha dejado sus huellas en la industria del tabaco y su arquitectura. En 1902 la American Tobacco Company, empresa filial del trust del tabaco norteamericano, que ya controlaba casi un 90% de la exportación del producto cubano, comenzó la construcción de una nueva instalación, una fábrica monumental situada tan céntrica como las anteriores, pero con una estructura moderna de hierro al modo de los buildings, desornamentada, a prueba de fuego, con elevadores y espacios interiores convertibles.
Sin embargo, la manufactura tradicional del tabaco, en poder de empresarios independientes, logró sobrevivir respaldada y confiada en la exclusividad artesanal que convertía cada marca de habanos en un producto irrepetible, dotado de una individualidad incapaz de ser reducida a las exigencias de uniformidad del consumo industrial masivo.