El inigualable encanto de La Habana extramuros
Pocas ciudades pueden presumir como La Habana de la variedad y cantidad de encantos naturales y opciones recreativas localizadas en la periferia de sus dominios. Crecida hacia los lados, con pocas edificaciones altas y barrios extensos de casas y edificios que apenas sobrepasan los pocos pisos, la capital de todos los cubanos se extiende hacia sus horizontes, y con ella sus lugares recreativos diversos.
Hacia el este, oeste o sur, la urbe cuenta con no pocas opciones recreativas, que combinan desde exquisitas playas hasta sitios de insospechada diversidad natural, sin dejar de tener lugares afamados en todo el mundo por la rica tradición cultural o histórica que atesoran.
Para ser todavía más sui géneris, la principal ciudad de Cuba posee hacia el Este un circuito azul, con playas enlazadas una tras otras y presididas por la calidad del producto de Santa María del Mar, en tanto rumbo al Sur prosperan las zonas verdes de la urbe, con un abanico de propuestas, a la cabeza de las cuales se sitúa con justeza el Parque Lenin, vecino del recinto ferial más grande de la Isla: EXPOCUBA.
CITA CON EL ANILLO VERDE Considerado el pulmón oxigenador de la ciudad, el Parque Lenin fue inaugurado el 22 de abril de 1972, en ocasión del 103 natalicio de Vladimir Ilich Ulíanov (Lenin), de quien existe allí un monumento esculpido por el artista emérito de la extinta U.R.S.S., Lev E. Kerbel. Realizado en mármoles perla y siboney, el conjunto se alza en una colina y devino el mayor erigido a esta figura en América y uno de los más grandes del planeta.
Levantado por increíble que parezca en una zona antes deforestada, en su vasta zona natural de 745 hectáreas hoy alberga más de 1 500 000 árboles, los cuales custodian numerosos restaurantes, cafeterías y kioscos, un rodeo, parque de diversiones, discoteca, un centro hípico, una laguna para la navegación en bote, un acuario de peces de agua dulce, un complejo de piscinas, anfiteatro a cielo abierto, galería de arte e incluso una línea del ferrocarril propia, gracias a lo cual puede recorrerse también en tren.
Atractiva resulta por igual la visita a su vecino: el Zoológico Nacional de Cuba, donde cientos de especies viven sueltos libremente en praderas acondicionadas para ello, o al Jardín Botánico Nacional, justo frente al recinto ferial EXPOCUBA, donde en 600 hectáreas comparece ante la vista de todos los interesados un verdadero y auténtico catálogo viviente del reino vegetal. Fueron necesarios cuatro lustros de duro quehacer (1968-1988) para dar el punto final a tan acabada obra.
Allí se exhiben 150 000 ejemplares de cuatro mil especies de la flora cubana e internacional. Tan selecto vergel se encuentra dividido en dos grandes áreas fitogeográficas: la de la ínsula y la inmensa mayoría del mundo tropical y subtropical.
A pie o en auto es posible deambular por sus calles interiores. Cámara en mano, intrépidos curiosos pretenderán captarlo todo o casi todo: las maravillas de su pabellón de los cactus, el bosque húmedo tropical y así una por una las bellezas y rarezas de las muestras vegetales, organizadas científicamente. Representaciones de la Mayor de las Antillas, América, África, Asia y Oceanía se dan la mano en tal recinto, donde cada detalle merece ser tomado en cuenta.
Pero si un rincón sí no puede dejarse de recorrer, es su Jardín Japonés, donado al archipiélago en 1989 por ese territorio asiático. Diseñado por el arquitecto nipón Yoshikuni Arake, el lugar irradia armonía y una paz que aquieta el alma. Y a su lado, el restaurante vegetariano de la institución, por precios muy módicos, permite saborear las más increíbles fantasías culinarias elaboradas con vegetales.
CIRCUITO AZUL Sin embargo, si usted es de quienes prefieren la vida marinera, esta ciudad-balneario le ofrece a solo 20 minutos de camino de su centro vital un collar con 10 kilómetros continuos de playas.
Bacuranao, Mégano, Santa María del Mar, Boca Ciega y Guanabo comparecen una tras otra ante la mirada de los bañistas, quienes arriban seguidos de cerca por el color azul, compartido por cielo y mar, desde la Avenida del Malecón y secundada luego por la Vía Blanca o Monumental, tras su circulación por el Túnel de La Habana.
Los pocos kilómetros de distancia a transitar pueden parecer una eternidad para quien desea lanzarse ya al agua, y así dar sosiego al casi eterno calor tropical local.
Aunque la de mejores condiciones deviene Santa María, por todo ese circuito hay instalaciones hoteleras y extrahoteleras, incluidas bases náuticas, cafeterías y tiendas. Casi al final del periplo se halla Guanabo, con un importante asentamiento humano y también opciones para la pesca y el buceo.
Muy vinculado a ese ámbito de las actividades náuticas, las embarcaciones y las artes de pesca, atrás dejamos al poblado costero de Cojímar, rincón citadino parte intrínseca del entorno cubano de Ernest Hemingway (1899-1961).
«Uno vive en esta isla porque en el fresco de la mañana se trabaja mejor y con más comodidad que en cualquier otro sitio», reconoció él mismo, quien en 1960 estuvo por última vez en Cuba, su residencia oficial por más de dos décadas, y país que acogió como suyo, adonde siempre regresaba pues allí tenía sus libros, y en el que transcurrió casi la mitad de sus años útiles como escritor, duro oficio que le valió los premios Pulitzer (1953) y Nobel de Literatura (1954).
Su amor por este territorio caribeño quizás no fue a primera vista, su incursión pionera por estos lares ocurrió en abril de 1928 y únicamente por 48 horas, cuando vino abordo del barco Anita, en tránsito hacia Cayo Hueso y contando entonces con solo 28 años. No obstante, a partir de 1932 retornaría una y otra vez para sus pesquerías, pasión que lo devoraría al igual que su afán por las cacerías en África, las corridas de toros en la nación hispana y la participación in situ con las armas en la mano, más que por cobertura periodística, en sucesos de las I y II Guerras Mundiales y en la Guerra Civil Española.
Tal fue su relación con este terruño, que en su residencia ubicada en la periferia de La Habana, la Finca Vigía, en San Francisco de Paula, después de su muerte en 1961, quedó instaurado un museo muy frecuentado por nacionales y extranjeros. Desde entonces todo permanece allí, tal cual lo dejó su afamado morador. Se le recuerda como un hombre corpulento, primero con bigote y luego barba, lentes de armazón de metal, bebedor, fumador, bravucón y de gran ascendencia entre el género femenino. No en balde tuvo tres hijos y cuatro matrimonios.
«Yo siempre tuve buena suerte escribiendo en Cuba», admitió el escritor estadounidense, cuyo conocido periplo habanero lo llevó primero a radicar en el hotel Ambos Mundos, un buen sitio para escribir según él, y luego en su Finca Vigía. Una vez establecido en las afueras de la Ciudad de La Habana, tampoco dejó de ser un habitual en el restaurante-bar El Floridita, donde sostuvo una estrecha e íntima relación con los cócteles cubanos, a base del ron Havana Club. En su barra de madera dura, devoraba la prensa del día y se deleitaba con las combinaciones que su barman Constante le preparaba.
Sus pasos tampoco dejaron nunca de enrumbar hacia Cojímar, en cuyo restaurante La Terraza se hizo figura imprescindible y más que popular. Por allá conoció a Anselmo, su Santiago del libro El viejo y el mar, y por supuesto estuvo casi por siempre junto a Gregorio Fuentes, el capitán de su yate, El Pilar.
Sólo kilómetros más delante de este pueblo marinero, y también sembrado en la costa habanera, Santa Cruz del Norte acoge a los visitantes con su pintoresco pueblo y su famosa fábrica de ron, cuna del afamado Havana Club, único por ser resultado de fórmulas secretas de maestros roneros y el sabor típico de los azucares criollos.
En su cima, y coronando a Santa Cruz, también puede visitarse uno de esos pueblos detenidos en el tiempo, el Hershey, nacido a partir de 1919, cuando Milton S. Hershey, dueño de Hershey Corporation, la industria del chocolate más famosa del planeta, decidió establecer allí lo que fuera uno de los centrales azucareros más grandes del planeta.
Hasta esas casas de piedra, crecidas en las calles trazadas simétricamente, o al jardín que lleva el nombre del magnate, verdadero paraíso en la tierra por la idílica belleza y tranquilidad del lugar, puede llegarse por carretera o desde La Habana tomando el «Tren de Hershey», un peculiar ferrocarril eléctrico construido por el millonario, y que a casi un siglo todavía llega hasta la vecina provincia de Matanzas.
PUEBLOS ENCANTADOS Si su itinerario lo llevó hasta San Francisco de Paula, vale la pena también entonces aprovechar esta oportunidad y dirigirse hacia Santa María del Rosario, a solo cinco kilómetros de la parada anterior.
Fundado en 1732, el poblado rural así denominado dispone como atractivo esencial a su iglesia, construida en el Siglo XVIII (1760-1766). Por ser una de las mejor dotadas del país tempranamente adoptó el apelativo de Catedral de los Campos de Cuba. En su interior sorprenden las preciosas tallas en madera y las pinturas de José Nicolás de la Escalera, el primer pintor cubano de que se tengan noticias.
Distante hoy a solo 15 kilómetros de la capital antillana, esa villa logró igualmente descollar en etapas pasadas por contar con baños de aguas minero-medicinales de muy buenas propiedades.
Y si quiere seguir su rumbo por esos lares, mejor lléguese a Guanabacoa, un pueblo de indios fundado por acuerdo del Cabildo de San Cristóbal de La Habana el 12 de junio de 1554, y que todavía hoy parece conservar su antaño aire de pueblo periférico, a pesar de que la moderna expansión de la urbe la han insertado en su entorno.
La también conocida como «Villa de Pepe Antonio», en honor al criollo que junto a batallón de voluntarios enfrentó a los ingleses cuando invadieron La Habana en 1762, en su casco histórico pueden observarse verdaderos patrimonios arquitectónicos como el Liceo Artístico y Literario, donde el Héroe Nacional cubano, José Martí, pronunciara su primer discurso; así como la Ermita de Potosí, una de las edificaciones más antiguas de la Isla, así como la Iglesia Parroquial y los Conventos de Santo Domingo y San Francisco.
Guanabacoa, considerada también como una de los centros de la religión yoruba más importante de la Isla e incluso del Caribe, es vecina de otra famosa villa extramuros, Regla, conocida en casi todo el mundo por su santuario consagrado a la Virgen que lleva el nombre de este pueblo.
La Virgen de Regla, patrona de la Bahía de La Habana, representación de la Virgen María pero con piel morena, es una de las más veneradas en Cuba y su iglesia, al pie de la ladera, justo donde desembarca la lancha que comunica al pueblito con la ciudad a través de la bahía, es también una de las que más visitas recibe de devotos o curiosos de todas partes del mundo.
El caserío, crecido en las faldas de la loma, es también un importante centro cultural y cuna de innumerables sitios de culto de la religión afrocubana. A su lado, el vecino pueblecito de Casablanca, también desde antaño ganó en importancia, especialmente cuando los ingleses tomaron La Habana en 1762, precisamente porque esta elevación estaba desprotegida.
Once años y millones de pesos costó, bajo la dirección del brigadier Don Silvestre Abarca, terminar la fortaleza de San Carlos de La Cabaña, la más grande edificación militar construida por los españoles en el continente, y tan cara resultó que las leyendas afirman que el monarca ibérico se asomaba a los balcones de su palacio real en Madrid, afirmando que una fortaleza tan cara debería poder verse desde allí.
SANTUARIOS Y PARRANDAS Otro sitio de la periferia que atrae a las personas se localiza casi en el centro del territorio de las dos provincias habaneras, a unos 20 kilómetros de la ciudad. Justo entre los municipios de Boyeros y Bejucal, aparece en el paisaje con su carga emotiva el Mausoleo del Cacahual, que toma tal designación por las alturas donde se asienta, y adquiere renombre por acoger en sus terrenos los restos del Lugarteniente General Antonio Maceo y su ayudante, el capitán Francisco (Panchito) Gómez Toro.
Los cadáveres de estos dos patriotas fueron trasladados hasta allí por el coronel mambí Juan Delgado, quien los rescató de las fuerzas españolas, tras la caída en combate de ambos héroes el 7 de diciembre de 1896, en la zona de San Pedro, cuando combatían en la guerra de independencia cubana.
Devenido en parque funerario, y por sus valores declarado Monumento Nacional, ambas tumbas se hallan en el medio de una gran explanada de prados y bosques de laureles, con paseos peatonales y una pequeña terraza techada, donde se muestran en un mapa las acciones del «Titán de Bronce» contra el colonialismo español. También allí fue sepultado en tierra, según su voluntad, el dirigente revolucionario Blas Roca Calderío, quien fue secretario general del Partido Socialista Popular y miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba; y el memorial acogió, además, los restos de Juan Fajardo Vega, el último mambí en fallecer, en 1991, lo cual constata la continuidad histórica de la Revolución Cubana durante más de un siglo.
Solo a pocos kilómetros del lugar y visible desde el mirador de El Cacahual, se encuentra otro de los sitios de casi obligada visita en Cuba, el poblado de El Rincón, famoso en el mundo por su Santuario de San Lázaro, a quienes muchos van a pagar promesas al «santo milagroso» o a dejar ofrendas para la deidad de la Regla de Ocha: Babalú Ayé.
Con el sanatario de leprosos a un lado, la Iglesia de El Rincón, además de la edificación principal, con su rico y ornamentado altar y sus varios santos accesorios, también cuenta con una pequeña fuente de agua en sus jardines, a la cual van a buscar el preciado líquido los creyentes, convencidos de sus propiedades milagrosas.
Pero si quiere divertirse, no dude entonces en caminar un poco más y llegarse al vecino Bejucal, donde dos bandos eternos: La Espina de Oro y La Ceiba de Plata, protagonizan cada año una de las fiestas populares más pintorescas de Cuba: Las Charangas de Bejucal.
La música y la conga de Los Malayos -simbolizados por el color rojo y el gallo de lidia- y de La Musicanga -con el escorpión y el azul -, se enfrentan cada año tras desfilar las carrozas por las calles, cuando en la vieja plaza de Bejucal, entre multitud de fuegos artificiales, ganan por el aplauso la potestad de izar su estandarte sobre el pueblo.
HABANA EXTRAMUROS Quien visite La Habana puede descubrir sus encantos interiores o la belleza del verde y el azul que la rodea, ya sea viajando hacia el sur, el este o enrumbando sus pasos al oeste, donde la Marina Hemingway espera a los yates en su magnífico canal, o donde Santa Fé y su vecino Baracoa, pintorescos pueblitos marineros, acogen al visitante con sus playas pequeñas, los apetitosos pescados todavía prendidos del anzuelo o el arpón, y en especial el calor de su gente, hospitalarios siempre.
Si en su Centro Histórico y en su zona moderna la capital exhibe sobrados encantos, tales atributos tienen también excelentes complementos allende sus fronteras. Trazada originalmente entre murallas, de las que hoy apenas se conservan pocos fragmentos, la cosmopolita urbe hace mucho dejó de estar aprisionada por las piedras y se expandió, cual muchacha zalamera, hacia todos sus confines.