Trinidad y el Valle de los Ingenios fueron proclamados en 1988 Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Quien tome agua aquí no se olvida de Trinidad”, dicen los más viejos, y la vida parece darles la razón. Pocos viajeros pueden dejar de volver alguna vez de nuevo a la mágica villa, la tercera fundada por el Adelantado Don Diego Velásquez en Cuba, a la que hasta hace apenas unos setenta años solo se podía llegar en barco.

Quizás este aislamiento geográfico, fruto de su encierro entre montañas, que todavía hoy parecen defender con furia las intrincadas carreteras que la comunican por Topes de Collantes con Villa Clara, las curvas de la vía hacia Sancti Spíritus, o los innumerables cangrejos en el camino hacia Cienfuegos, salvó a una de las villas primadas de Cuba de la destrucción impuesta por la modernidad, legando así un patrimonio arquitectónico colonial, que le valió a Trinidad ser declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad en 1988, junto al Valle de los Ingenios.

Este centro histórico urbano, con 1 211 inmuebles que concentran los más altos valores de la arquitectura y el urbanismo del período colonial, está puntilleado de balaustres torneados de madera, complejos trabajos de rejería, paredes asombrosamente decoradas a mano, ricos jardines interiores, y leyendas ancestrales que complementan la exclusividad del centro histórico.

Incluso, ya destruidos por el tiempo, pero como testigos de un esplendor constante, se alzan las ruinas de los innumerables ingenios del fértil valle de la zona, que pueden ser vistas desde un paseo en tren, tirado por una locomotora de vapor decimonónica, que aun resuella como en los tiempos que arrastraba los vagones de azúcar hasta el puerto de Casilda.

Pero la mejor exponente de leyenda y poderío, levantada para vigilar el trabajo esclavo o prevenir posibles sublevaciones, es la Torre de Manaca Iznaga, una construcción de piedra de 45 metros de altura, que junto al pozo de igual profundidad parecen darle la razón a quienes creen en la leyenda de los dos hermanos, que compitieron por el amor de una misma mujer a ver quién alcanzaba la mejor profundidad en la tierra o la mayor altura en el cielo.

Pero Trinidad guarda muchos más encantos, desde una noche de folcklore en las ruina del Teatro Brunet, un buen almuerzo con pollo criollo en el Rancho Guachinango, una excursión a caballo y después en canoa por el río Ay, una procesión de Viernes Santo que parte de su Parroquial Mayor -antigua iglesia de la Santísima Trinidad-, hasta un refrescante trago de canchánchara, mezcla de aguardiente, limón y miel que utilizan todavía los güajiros cubanos para curar cualquier resfriado.

Y es que sin profanar la magia que mantiene vivo su vetusto patrimonio, Trinidad guarda con celo la riqueza arquitectónica de los siglos XVIII, XIX y primeros años del XX, la cual conjuga con una variada artesanía popular, y ofertas culturales como las que se pueden apreciar en renombrados museos como el de Ciencias Naturales, de Historia, y el de Arquitectura, además de la Casa de la Trova, la Galería de Arte Universal, el Fondo Cubano de Bienes Culturales y sitios únicos como el Callejón de las Tejedoras.

Cinco siglos después de fundada, Trinidad, la Ciudad-Museo, ha logrado burlar el tiempo y además de ser rica en cultura y tradiciones, tiene para ofrecer al visitante una amplia y diversa oferta de confortables instalaciones hoteleras, que permiten también apreciar su pródiga naturaleza, las profundas cuevas, apacibles ríos y ricos fondos marinos de variada flora y fauna.

Patrimonio de Trinidad son también las mejores playas de la costa sur de Cuba -Ancón y María Aguilar-, a sólo 12 kilómetros del centro histórico de la ciudad, que en la Península de Ancón se extienden por varios kilómetros de finas arenas y apacibles segmentos de costas, desde donde se aprecian extraordinarios fondos marinos, que hacen pensar a quien los ve si acaso la arquitectura trinitaria no copió a la propia naturaleza para reproducir en tierra el paraíso que se encuentra en el mar.