Camagüey
Santa Lucía y sus 20 kilómetros de playa. En el norte de Camagüey, pero esto no es todo: contando las islas cercanas de sus Jardines del Rey, aún sin desarrollar, se totalizan unos 125 kilómetros de finos arenales junto al mar abierto (el 27 por ciento de las playas de todo el país). Por ahí está Cayo Romano, la tercera isla del archipiélago cubano, con sus incapturables caballos salvajes de origen desconocido; también Sabinal, con su faro que es el más alto de Cuba y sus playas, con algunas facilidades, y Paredón Grande, de arena igual y con un faro decimonónico sobre el Canal Viejo de Bahamas, que levantaron esclavos, chinos y presidiarios, y una maquinaria francesa original que es de museo. La de Santa Lucía es la única de tierra firme abierta al mar, sin rocas ni acantilados, visibilidad subacuática de 20 metros, y temperatura media de 26 grados C., ideal para el buceo y los deportes náuticos. Se han fomentado varios hoteles de primera categoría, en medio de la vasta playa primitiva que parece no tener fin, con mucho para descubrir. Su acceso es por el aeropuerto internacional de la ciudad de Camagüey.
Camagüey en su laberinto. Se trata hoy de la tercera ciudad de Cuba en número de habitantes, pero fue de las primeras siete villas fundadas por los conquistadores hispanos en el siglo xvi. Su centro histórico se conserva como en los primeros años de la colonia, con sus calles tortuosas y callejones estrechos –como el llamado de la Funda del catre, por donde no caben dos caballos apareados-, que son una curiosidad por descubrir. Cuando la villa creció próspera e independiente de La Habana y del gobierno de la colonia, siglos atrás, fueron añadiéndose estas callejuelas enrevesadas y curveadas y con plazuelas pequeñísimas, cual si fueran ampliaciones carnosas de un bulbo urbano. En sus tiempos de Puerto Príncipe llegó a edificar una decena de iglesias suntuosas, conventos y grandes residencias, y estaba tan desvinculada del resto de Cuba, que no percibió en sus construcciones la entrada del neoclásico europeo, a principios del siglo xix, con la excepción de una sola quinta familiar en toda la ciudad. Se quedó en el barroco cubano y en todo lo anterior, pero mantuvo su lujo y confort como todavía se puede ver. Dio gracias al sorprendente comercio de rescate, que le permitió vender cueros y carnes saladas a los bergantines de todas las banderas que se arrimaban por sus puertos fantasmas, principalmente de la costa norte, entre sus islas playeras. Hoy sus fiestas de San Juan envuelven a barrios enteros de la ciudad moderna, pero un par de centurias atrás culminan, después del rebrote de sus pastizales en primavera, el encierro de los grandes rebaños del ganado mayor dispersos en las vastas estancias, listos para su venta y sacrificio. La ocasión se celebraba por todo lo alto porque significaba las grandes exportaciones clandestinas, de contrabando, y la entrada de dinero a esta urbe que fue libre cuando nadie lo era, gracias a su extensión y lejanía del poder colonial, lo que tal vez contribuyó a arraigar en sus vecinos la idea de la independencia, que luego se peleó allí con las armas en la mano.
El Santo Sepulcro de plata. La iglesia de La Merced, en el corazón de Camagüey, fundada a principios del siglo xvii, posee tres naves cubiertas con bóvedas de cañón y una gran torre con trazos del estilo barroco. Obra del artista mexicano Juan de Benítez, en su interior puede verse un impresionante catafalco hecho con monedas de plata, con la imagen de un Cristo yacente, que salía en las procesiones de Semana Santa. Aunque su origen no fue revelado nunca, todos en la ciudad lo asocian a una sentida tragedia familiar: la muerte de un joven, hijo de una familia encumbrada, a manos de un hermano de crianza, hijo del ama de llaves de la casa. Esta desgracia todavía conmueve a los que visitan La Merced y su convento aledaño.
El hasta luego de un pirata atrapado. El viejo templo de San Juan de Dios y su antiguo hospital, de igual nombre, en el viejo Puerto Príncipe, tienen una larga historia de devota santidad y generosa entrega al prójimo. Su altar mayor está dedicado a la Santísima Trinidad y tiene la particularidad de poseer una imagen humanizada del Espíritu Santo, única en Cuba y la segunda de Hispanoamérica. Empero, la antigua villa colonial acumuló otra historia paralela de asaltos y saqueos de piratas, atraídos por la riqueza del contrabando local. Todavía en los principios del siglo xix se estimaron merodeando por el archipiélago cubano unos dos mil filibusteros. El francés Jean Lafitte, negrero y atracador conocido, se dispuso a tomar la ciudad pero al desembarcar por la costa sur pudo ser atrapado y llevado al hospital de San Juan de Dios debido a sus heridas. Días después, la noche del 13 de febrero de 1822, el osado pirata logró deslizarse por los muros del santo lugar y escapar, no sin antes dejar sus muletas a la puerta de su habitación, a manera de una chanza silente.