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Habanos en La Habana

Al fondo del Palacio Capitolio, por una calle accesoria cercana, junto al Museo de la Revolución, o en otras de las calzadas habaneras, pueden hallarse las grandes fábricas manufactureras del habano de marca. Estos inigualables puros torcidos a mano, hechos con excelente tabaco negro de Vuelta Abajo, provincia de Pinar del Río, poseen cientos de años de tradiciones, conformados por técnicas artesanales, agricultura naturista y amor al oficio. Nunca en el pasado logró triunfar la máquina torcedora que aumenta el rendimiento del tabaco y del horario laboral.

Y no pasó de ahí tampoco porque únicamente puede montarse el puro hoja a hoja, con los ojos abiertos y los dedos hábiles que parecen bailar torciendo suavemente los mazos diferentes que corresponden a la mezcla, según fórmulas ancestrales. No se ha inventado aún una diestra celda fotoeléctrica ni un sensor computarizado que logre superar al torcedor o torcedora, ante una hoja de tabaco, de textura específica, color o sabor propio para determinada vitola de una marca reconocida. Su proceso manual es tan curioso como antiguo, desde los tiempos de las manufacturas reales españolas, quizá inspiradas en la fisiocracia europea de tres o cuatro siglos atrás. Hoy este proceso cumple la liturgia silente de una técnica a la que no le hace falta progresar, todos quieren conservarla como está, tan antigua como los caserones de La Habana extramuros donde fueron fundadas las manufacturas por emprendedores apellidos hispanos que han dejado su ortografía en los envases de exportación.

Las tabaquerías del habano en La Habana funcionan cual museo vivo que atrae a fervientes fumadores, amantes gratuitos del puro cubano porque así se heredó de los abuelos, o por la trivial curiosidad del que principia. El torrente de turistas que llega a la Partagás, por ejemplo, es incesante y casi mudo, pues el público se inhibe cuando suena la chaveta y el operario empieza su actuación, en interés de crear un Churchill de novela, de cuando se le hacían al Primer Ministro británico en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, en la manufactura de los Romeo y Julieta, solo cuando había cosechas prósperas que daban hojas extragrandes.

Que cada día haya más damas interesadas en sus tabaquitos, o en todo un puro, no necesariamente se sabe explicar, pero viendo trabajar a un torcedor de ley, en su propia mesa, se comprenden estos amores inexplicados.

Los habanos certificados no pueden concebirse en serie, sino uno a uno, porque dentro de cada marca, cada puro suele diferenciarse en los detalles… pero parecerse en los detalles. Es su hechura y sabor, su fuerza y su sabrosura, como decimos en Cuba, lo que se reconoce como su garantía de legitimidad y de la calidad suprema del habano, que es una denominación de origen, además de un bonito y bien ganado nombre.

No pocas personalidades mundiales llegan de incógnitas a La Habana y visitan ciertas Casas del Habano, como la que se halla en la vieja manufactura de Partagás, o en el Hotel Cohiba, en interés de escoger personalmente su exquisito puro de Cuba. Miles de visitantes a la ciudad hacen lo mismo y no esperan, los encienden… de inmediato.

Fernando Dávalos